Joe Biden, con la misión de cerrar la grieta en Estados Unidos



Joe Biden tiene varios problemas urgentes: la crisis del coronavirus, la economía, el racismo y la brutalidad policial, son algunos de ellos. Pero sin dudas la misión más trascendental del futuro presidente será cerrar la grieta que divide a los Estados Unidos, la más profunda de la historia.

No será fácil. La elección fue el resultado de una campaña que se polarizó al extremo y se centró en la devoción o el odio a Donald Trump, sin términos medios. Las urnas no fueron contundentes y el “trumpismo” demostró que sigue vivo.

El escrutinio favoreció al demócrata con un récord de 74 millones de votos. Pero otros 70 millones de estadounidenses apoyaron a la figura más controvertida de los últimos tiempos (logró casi 8 millones más que en 2016), ampliaron la base republicana en la cámara de representantes y sellaron una probable mayoría en el Senado. Además, los trumpistas incorporaron más afroamericanos y latinos a sus filas.

Una multitud festeja en Filadelfia el triunfo de Joe Biden. (AP)

Mientras había fiesta en Washington y otras ciudades “progresistas” del país, en los suburbios y pueblos del interior trumpistas crecía el desconcierto y la certeza de que les habían robado la elección, el mensaje conspirativo que bajaba desde su líder en la Casa Blanca y que en los hechos no se demuestran. No importa la realidad: en el “trumpismo” importa la narrativa, el relato.

Desde que comenzó su campaña Biden se mostró como un hombre que buscaba unir al país y cerrar la grieta. De hecho, lo repitió cuando se estaban contando los votos y en su discurso como presidente electo: “Gobernaré para los que me votaron y para los que no”, es su mantra.

Ha dado algunos pasos en torno a la unidad y la diversidad. Incorporó a Kamala Harris a su fórmula, hija de un jamaiquino y una india, que se convertirá en la primera mujer negra y de origen asiático en la vicepresidencia. Su gabinete también buscará reflejar al Estados Unidos de hoy, con un creciente número de mujeres y de razas. Y es muy posible que sume a figuras republicanas moderadas.

Biden deberá tener una hábil muñeca. Pero, más allá de sus buenas intenciones, el escenario que deberá afrontar es muy complicado. Deberá lidiar con el campo minado que le deja Trump en la transición, con bombas de robo y fraude, con una economía que frenará su incipiente recuperación por el rebrote de coronavirus.

También deberá enfrentar un Congreso dividido y con republicanos que no aceptarán leyes progresistas que podrían espantar a las bases “trumpistas” que no tienen dudas de que Biden es un “socialista radical”.

Tendrá que hacer mucho equilibrio. Por un lado, deberá tender la mano a esos estadounidenses blancos nacionalistas, de clase media baja, sin estudios universitarios, que detestan la elite de Washington y que con la evaporación del Sueño Americano se vieron seducidos por el populismo de Trump. Son aquellos a los que Hillary Clinton llamó “canasta de deplorables” y que ahora volvieron a votar en masa por el magnate. Los demócratas deberán entender que ellos también son parte de los Estados Unidos.

Por el otro, Biden estará tironeado por el ala más de izquierda de su propio partido, que busca espacio y renovación, y cuyo avance encendería sin dudas el repudio trumpista.

En la difícil misión de cerrar la grieta al presidente electo lo ayudará su imagen de “buen tipo” (cae bien entre las clases medias) y su experiencia negociadora de 47 años en el Senado y en la Casa Blanca. En un escenario de guerra, con un Trump furioso tuiteando desde la trinchera, es posible que no le alcance.

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