Elecciones en EE.UU.: Joe Biden gana la presidencia y se abre una nueva era con Donald Trump negándole legitimidad



Joseph Robinette Biden Jr, demócrata de 77 años, llamó a la unidad y a “reconstruir el alma del país” en su primer discurso como presidente electo de los Estados Unidos, tras haber vencido en unas ajustadísimas elecciones al controvertido Donald Trump, quien se resistía a aceptar la derrota y renovaba la ofensiva judicial por un supuesto fraude.

Mientras en todo el país los simpatizantes de Biden inundaban calles, plazas y parques con festejos, bailes y cantos a favor del ganador y en contra de Trump, el presidente electo ofreció anoche un discurso de victoria desde Wilmington, Delaware, en el que se lo vio muy lejos de ser “Joe el dormilón”, el apodo que le había asignado Trump.

Joe Biden saluda a sus seguidores el sábado por la noche en Delaware, donde dio su primer discurso como presidente electo. Foto: AP

Entró al escenario al ritmo de un trote y enseguida lanzó un fuerte llamado a cerrar la inédita grieta que se ha profundizado en los Estados Unidos en estos últimos cuatro años. “Debemos terminar esta siniestra era de demonización”, bramó. “Hay que reconstruir el alma y los pilares de este país. Y no pasa por demócratas o republicanos. No podemos pensarnos como enemigos. Estados Unidos es un solo país”, remarcó.

También les habló a los seguidores de Trump. “Entiendo que estén tristes, yo también he perdido elecciones. Pero es momento de estar todos juntos, es momento de unirnos para sanar al país”, pidió.

Biden llegó al lugar rodeado de medidas de seguridad incrementadas en las últimas horas por su nuevo rango de presidente electo. Todos los que ocuparon el escenario lo hicieron con barbijo. Saludaban a la gente que estaba en el estacionamiento en sus autos, con tapabocas y distancia social. Biden se refirió también a la crisis del coronavirus y dijo que su trabajo comenzaba con “mantener bajo control a la enfermedad”. Y que el lunes anunciará un equipo de expertos que se encargará del tema.

La vicepresidente electa Kamala Harris, el sábado por la noche en el acto en Delaware. Foto: AP

Poco antes había hablado Kamala Harris, que hará historia por varias razones: será la primera vicepresidenta mujer, la primera negra y de origen asiático en ese cargo. “Eligieron la esperanza, la unidad, la ciencia, la decencia y, sí, la verdad”, dijo vestida de blanco, el color que usaron las sufragistas cuando luchaban por el voto femenino.

“Joe es un sanador, un unificador”, dijo y agregó que buscarán “sanar el alma de la nación. El camino no es fácil, pero Estados Unidos está listo y también Joe y yo”.

Fue el fin de una jornada que había comenzado con novedades a las 11.30, hora de Washington, cuando las cadenas de televisión finalmente anunciaron lo que el mundo estaba esperando desde el martes, el día de los comicios, en un dramático final que dejó a los estadounidenses desvelados y pegados a las pantallas por varios días. Ya había un ganador: Biden.

Después de un conteo que se extendió inusualmente por un aluvión de más de 100 millones de votos por correo, se anunció que el disputado estado de Pennsylvania se había volcado finalmente a favor de Biden, cuando al principio estaba a favor de Trump. Así, el ex senador y vicepresidente de Barack Obama lograba alcanzar los 270 votos electorales mínimos necesarios para llegar a la presidencia y borrar las aspiraciones del republicano, que buscaba un segundo mandato. Luego Biden sumó a Nevada.

Simpatizantes de Joe Biden se movilizaron para escuchar su primer discurso como presidente electo. Foto Reuters.

El vuelco final hacia el demócrata en esos estados fue gracias al voto por correo –proveniente de distritos muy urbanos y con gente muy temerosa al coronavirus— que se registró luego del sufragio presencial y que fue masivamente a favor de Biden.

Trump se convirtió así en uno de los pocos presidentes de los Estados Unidos que no logró la reelección. Los más recientes fueron Jimmy Carter y George Bush padre.

El presidente viene denunciado fraude –sin mencionar hechos específicos— y dijo que “si cuentan los votos legales, yo gano fácilmente, y si cuentan los votos ilegales, van a tratar de robarnos la elección” y prometió “mucho litigio” en la Justicia.

Cuando ya se anticipaba que Biden obtenía la victoria, Trump dejó la Casa Blanca y se fue a jugar a un campo de golf cercano, en Virginia. Luego insistió en un tuit escrito en mayúsculas que “había ganado la elección”.

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La campaña republicana lanzó una ofensiva legal en Wisconsin, Michigan, Pennsylvania y Georgia para recontar votos y para detener el escrutinio porque alegaba “irregularidades” y que no se permitía a sus delegados acercarse a supervisar el conteo. Algunas demandas fueron rechazadas por la justicia.

No está claro por ahora qué hará con el resto de esos recursos ya que hasta último momento había pedido que frenaran el conteo y que iría incluso a la Corte Suprema porque su liderazgo en algunos estados “había desaparecido milagrosamente”.

Por su temperamento, es poco probable que conceda la victoria a su rival. Habrá que ver hasta cuándo extiende la pelea judicial porque asoma infructuosa: por más que le den la razón en algún estado, Biden tenía varias opciones de ganar porque se imponía en varios.

Biden llega ungido por una cifra récord de más de 74 millones de votos e ingresará a la Casa Blanca el 20 de enero con la misión urgente de cerrar la grieta de un país más dividido que nunca y enfrentar el drama del coronavirus, que rebrota en estas semanas en Estados Unidos y que ya lleva 233.000 muertos aún antes del invierno.

Estas elecciones se habían planteado casi como un referéndum sobre el presidente, un magnate inmobiliario de Nueva York que sorprendió con su triunfo en 2016, cuando ganó por un puñado de votos en estados del “rust belt”, el cinturón oxidado y desindustrializado del país, sobre Hillary Clinton.

Trump impuso un estilo inédito de gestión, con insultos a sus adversarios, peleas con la prensa, denuncias de corrupción, una Casa Blanca caótica –según describieron varios de sus ex funcionarios— y un liderazgo enfocado en el lema de “America first” (Estados Unidos primero), con políticas que rompían la tradición del partido republicano sobre comercio, multilateralismo, inmigración y medioambiente.

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Con ese bagaje encima, más una controvertida gestión de la pandemia, Trump igualmente ha cosechado más de 70 millones de votos –cuatro millones más que en 2016– y tuvo claras victorias en distritos clave como Florida y Ohio. Esto muestra que el “trumpismo” es un movimiento que aún tiene fuerte arraigo en el país.

Biden, que fue senador, vicepresidente y político por más de 47 años, buscó erigirse como la contracara del voluptuoso Trump. Se presentó como un hombre calmo y moderado, con raíces de clase media de una pequeña ciudad de Pennsylvania, que encararía un modelo de país previsible, inserto en el mundo y sin los sobresaltos que reinaron en estos últimos cuatro años.

Si bien Trump logró muchos votos al calificar a Biden como un “socialista radical” y ligarlo a modelos como el de los Castro en Cuba y el de Nicolás Maduro en Venezuela, el demócrata está lejos de posiciones extremas y autoritarias y es un favorito de Wall Street.

Biden llega a la presidencia gracias a una histórica participación que alcanzaba un 66%, que superó incluso a la del 2008 cuando ganó Obama. Hubo 100 millones de votos de ciudadanos que votaron anticipadamente, la gran mayoría por correo, por temor a contagiarse de coronavirus o posibles disturbios en los centros de votación.

Los demócratas lograron superar los votos de 2016 y así lograron incorporar a mucha gente que se había quedado en sus casas en aquella elección que terminaron perdiendo. Jóvenes y afroamericanos fueron clave en la alta participación de este año, aunque este último grupo no estuvo monolíticamente alineado con Biden.

Trump es un hombre que no le gusta perder a nada y no parece dispuesto a abandonar la Casa Blanca. Seguramente peleará hasta que pueda agotar los recursos judiciales o que sus asesores legales lo convenzan de que ya tiene que tirar la toalla. La transición, cuando al fin comience, amenaza con ser un campo de batalla.

Biden dijo anoche que era hora de restaurar la democracia. Y que el mundo entero estaba mirando. “Vamos a liderar no solo con el ejemplo de nuestro poder, sino con el poder de nuestro ejemplo”, bramó.

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