vida y obra de la actriz del desmayo histórico del cine argentino

Es dueña de uno de los desmayos más memorables del cine argentino. Un desplome que incluye un golpe seco de nuca contra la vereda, un síncope de antología. Buscando a mamá Cora en Esperando la carroza, a su personaje, Emilia Musicardi, le da un soponcio tan grotesco que su cara es ya meme eterno de la idiosincrasia nacional.

“Fue el propio Alejandro Doria el que me pidió que me desmayara y yo le exigí dos o tres colchones en el suelo para poder tirarme con todo”, lanza la explicación Lidia Catalano, casi bodas de oro con la comicidad, pero también con la tragedia. “A veces vengo de la verdulería con las bolsas y de un auto sale el grito ‘¡Emilia!’. Es lo más maravilloso que puede pasarme”.

Recuerda con risotada de reidora eximia que en aquel rodaje sus manos no descansaban: “No había reflectores, todo se hacía con el rebote del sol en el telgopor, así que cuando venía una nube a Doria le daba un ataque. Para compensar, en esos recesos, yo pedía a la producción: ‘¡Harina, manteca!’, y las actrices nos poníamos a hacer scones para calmarlo y acompañar con mate cocido. Fue una filmación inolvidable. En la casa de Versalles había un loro que se había aprendido todos los diálogos de China (Zorrilla) y le copiaba el tono. China nos decía ‘¡pero me va a arruinar la carrera este loro!'”.

La imagen viral de "Esperando la carroza" por la que todavía la felicitan por la calle.

La imagen viral de “Esperando la carroza” por la que todavía la felicitan por la calle.

Había obtenido el premio Moliere cuando la sorprendió el pedido de entrevista del director. Para la cita laboral eligió el atuendo más elegante, pero los planes terminaron siendo otros. “Doria me dijo que yo era estupenda para componer a una mujer de la villa, así que le pedí pasar al toilette para despintarme y desarreglarme, y el papel fue mío. Después, me compré una sotana para usar como vestuario y le pedí a mi mamá que me tejiera un monederito al crochet”. 

Lidia Leonor, 76 años, nacida en el Hospital Británico el 11 de septiembre de 1945, es tanto más que la inmortal lavandera, madre de Cacho (Darío Grandinetti), el melenudo con camiseta de Boca de la sátira de Jacobo Langsner. Desde 1974, cuando se plantó en el escenario del teatro Ecos dirigida por Agustín Alezzo en Tiempos de vivir, nunca detuvo esa energía artística. Ni el amedrentamiento en dictadura frenó su paso. Vuelve a instalarse en la piel la sensación aquella, cuando en un teatro de San Telmo aparecían grupos de desconocidos para lanzar pastillas de Gamexane y contaminar la sala. “Estábamos en escena, parábamos, tapábamos la zona con trapos húmedos y con miedo seguíamos”.

Junto a Norma Aleandro en "El secreto de Maró", de Alejandro Magnone.

Junto a Norma Aleandro en “El secreto de Maró”, de Alejandro Magnone.

“Cambiate el apellido”, escuchaba frecuentemente como consejo, aunque sentía “fantástica” la sonoridad de Catalano. Después de todo, más que el sonido, lo importante era no dejar en el olvido la historia de ese clan que llegó desde Controne, Salerno, Italia. Segunda de tres hermanos, sus primeros años transcurrieron en San Luis, donde su padre dictaba clases universitarias de Filosofía. Ya en Buenos Aires, se instalaron en casa del abuelo materno, Felipe, docente de dibujo en el Nacional Buenos Aires. “Contaba el abuelo, amante de la ópera, que lo visitaba el mismísimo Enrico Caruso. Cocinaban juntos los fideos a lo Caruso y se iban al Colón”, evoca.

Educación inglesa con doble escolaridad, casa en Villa Urquiza, de niña Lidia aún no ponía en palabras los deseos a futuro, pero escribía pequeñas piezas teatrales junto a sus primos. Con ellos abría la puerta que dividía el comedor de la sala y se despachaba con espectáculos para la familia, que los adultos celebraban. “También dibujaba y pintaba, quería ser partera, pero alguna vez fui a ver un parto difícil y casi me desmayo. A los 16 me puse a estudiar canto y en paralelo actuación con Hedy Crilla. Fueron cinco años junto a ella, que nos mandaba especialmente a ver a Alfredo Alcón al teatro. Se abrió un mundo, conocí a Julio Ordano y con él creamos un grupo con el que interpretábamos obras cortas de Harold Pinter”.

Pintora de caras, ojos, cuerpos. Lidia en su casa, con una de sus obras.

Pintora de caras, ojos, cuerpos. Lidia en su casa, con una de sus obras.

Aunque parece que la risa es su aliada, no tiene preferencia de máscara. Buceó con valentía en el dolor de Ada Morales, para encarnar a esa madre del filme El caso María Soledad, la historia del crimen en Catamarca que Héctor Olivera llevó a la pantalla grande. Con la misma angustia puso su sello en La historia oficial. La publicidad también tuvo espacio en su currículum. Fue la señora de las muecas dirigida, entre otros, por Luis Puenzo, Eduardo Mignona y Lucho Bender, en avisos de marcadores, Páginas Amarillas, licor, aceite, aerolíneas.

Un capítulo como de ensueño fue ponerse a las órdenes de Alan Parker en Evita. Ganó un casting en 1995, después de que él le pidiera cantar. Lidia le obsequió un aria de ópera, Ser madre es un infierno, lo que le valió el rol de viuda de Juan Duarte (Adela Uhart Hiriborronde), quien en la escena intenta impedir la entrada a la pequeña Eva al funeral del padre. “Usted no es bienvenida aquí, sus hijos son bastardos”, soltaba en inglés Catalano, entre plumas y tules negros, en aquella película protagonizada por Madonna y Antonio Banderas que Pino Solanas repudió como “un manoseo de la historia, una opereta más allá del pobre Parker, inglés con visión inglesa de la Argentina”.

Treinta y tantas películas, el doble de obras teatrales, un premio ACE 2013 como actriz de reparto, un Martín Fierro 2011 por Ciega a citas y Lo que el tiempo nos dejó, grandes chispazos de TV como Nueve lunas, Aquí no hay quién viva o Gladiadores de Pompeya. Este año se lució en doblete en cine: participó de El secreto de Maró, de Alejandro Magnone, con Norma Aleandro, y de Yo nena, yo princesa, de Federico Palazzo. ¿Por qué actuar, por qué seguir eligiendo ese modo de vida, qué fibra toca ese hábito sin sueldo fijo ni horarios asegurados? “Proyectar un sentimiento es maravilloso, sentir algo nuevo y que eso revulsione al espectador, ¿no le parece asombroso?”. 

Emilia Musicardi, entre sus mil personajes, el que todavía provoca más saludos por la calle.

Emilia Musicardi, entre sus mil personajes, el que todavía provoca más saludos por la calle.

Ahora está quieta, pero hubo un tiempo de viajes por el mundo con el disfraz imaginario. Polonia, Francia, España, Italia en gira teatral. El inolvidable raid polaco, por ejemplo, la tuvo pueblo a pueblo interpretando El bochicho, de Emeterio Cerro. Y la aventura de Nueva York la llevó a peregrinar no solo con El Bochicho, también con La coronela, de Alicia Muñoz, sobre una mujer batallando en el contexto de unitarios y federales. “Yo no sé si eran todos argentinos los que me veían, pero sé que entendían lo que yo decía”, se ríe.

Jubilada como docente de dibujo, pintura y cerámica, esa semilla que prendió antes que el trabajo actoral, germina hasta estos días. Si no graba, se entrega a la terapia del puño. En su juventud pasó por la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, preparó a alumnos ingresantes de Bellas Artes, dictó clases en alguna escuela primaria, vendió sus cuadros, se dedicó al muralismo, redujo su trazo. El dibujo parece ser su otro gran canal de expresión, un deshago en el que llena el lienzo de ojos, rostros, cuerpos. “Yo dibujo para contar y para que el otro vea lo que cuento”, intenta explicar sobre esa hermosa compulsión. “Tal vez sea esa una parte de mi locura”.

Lidia Catalano en una escena de "Evita", de Alan Parker.

Lidia Catalano en una escena de “Evita”, de Alan Parker.

Los cuadros y los libros dominan la casa de la fabricante de caras. Los últimos, unos cuantos menos que los siete mil que heredó su papá y donó, bibliografía filosófica, matemática y de física cuántica. Adoradora de la obra de Federico García Lorca, Lidia lee y pinta, pinta y canta. Sabe que aunque sea una injusticia, una de sus mil criaturas, Doña Emilia, seguirá multiplicándose, pululando viral, aún cuando hayan pasado casi 40 años. “¿Si fui feliz? Bueno, feliz es una palabra riesgosa. Una porción de mí se ha entregado, estoy contenta, pero qué se yo qué es la felicidad. Todavía no lo sé“.

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