Variaciones en torno de una canción navideña



The Little Drummer es una canción muy popular del repertorio navideño. Cuenta la historia de un pequeño tamborilero que camino a Belén se une a los pastores que llevan ofrendas al Niño Jesús. El pequeño no tiene nada para ofrecer excepto la música de su tambor, que el recién nacido terminará agradeciéndole con una sonrisa (“Then He smiled at me, pa rum pum pum pum/Me and my Drum”). El tema tiene un lazo con un relato breve de Anatole France, El juglar de Notre Dame, que en 1902 dio lugar a una ópera de Jules Massenet. El protagonista del cuento de France no es un tamborilero sino un malabarista, y el objeto de adoración no es el Niño Jesús sino la Virgen María. Lo único que el juglar tiene para ofrecerle a la Virgen son sus formidables contorsiones; cuando tres monjes disgustados se disponen a expulsarlo de la capilla, la propia Virgen María baja la escalinata del altar y enjuga con un pliegue de su túnica azul el sudor que baña la frente del juglar.

The little Drummer es un villancico de origen centroeuropeo, que en 1941 se conoció en América del Norte en una versión de la compositora, pianista y educadora Katherine Kennicott Davis. La versión de Kennicott Davis tiene la particularidad de que la onomatopeya del redoble del tambor (“pa rum pum pum pum”) se suma vocalmente al final de cada verso. Sobre la base de esa onomatopeya percusiva la Familia Trapp imprimió su sello en la primera grabación de la pieza, en 1951: las voces masculinas hacen un pedal de tambor y las femeninas cantan la melodía (la narración más la onomatopeya). El mismo principio está en base de la también célebre interpretación del Harry Simeone Choral, de 1958, a la que se añade apenas un triángulo (el mismo arreglo se oye en la versión de Frank Sinatra).

Pero la vida de esa canción no se limitaría al tradicional modelo vocal del villancico. The Little Drummer conoció más de 200 versiones diferentes y llegó a los más diversos formatos del pop y del rock. La grabaron Johnny Cash, Bob Dylan, Bad Religion y Die Toten Hosen, entre otras bandas. Las onomatopeyas vocales dieron paso al realismo de tambores y baterías, que en el caso de Bad Religion adquiere un fondo oscuramente marcial. Y es probable que en el mundo del pop ese protagónico redoble de tambores haya terminado adquiriendo vida propia.

¿No podría haber algo de eso en la versión desechada de Your Mother Should Know, de los Beatles, tal como puede oírse en Anthology? (Tal vez Ringo Starr se desquitó cuando en 1999 grabó The Little Drummer en su álbum I Wanna Be Santa Claus.) ¿No podría haber también algo de eso en el arreglo del baterista Steve Gadd para la canción de Paul Simon 50 Ways to Leave your Lover? Por supuesto, no creo estar diciendo nada nuevo; seguramente muchos hayan pensado y escrito acerca de esto. De todas formas, el tema de las migraciones y los residuos musicales sigue siendo un misterio apasionante. En sobremesas familiares he llegado a escuchar cuatro o cinco veces seguidas esa canción de Paul Simon, como si estuviese a punto de descubrir su secreto. Y el secreto sigue ahí, a la vista de todos y oculto al mismo tiempo. La superposición de la batería seca y milimétrica de Gadd con la dulzura melódica de Simon, con esa voz que corre con el agua, produce una impresión por sí sola extraordinaria, pero es probable que en esos redobles de Gadd haya una suerte de memoria universal. Son lo que son y son algo más de lo que son.

Tal vez lo mismo ocurra con el segundo movimiento de la Sinfonía N° 7 de Beethoven, que es una marcha no muy lenta (un allegreto que por lo general se interpreta como un andante), o con las regulares corcheas del piano en el movimiento lento del Trío op. 100 de Franz Schubert. O, para volver al dominio del pop, con Ámbar violeta, la bellísima canción de Fito Páez, otra marcha asordinada de engañosa sencillez.

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