Un Fellini deconstruido – Clarín



En La ciudad de las mujeres (1980), con música del argentino Luis Bacalov, su protagonista Snáporaz (cuándo no, Marcello Mastroianni) se enfrentaba a un congreso internacional de feministas. El, todo un galán, quiere seducir, pero luego una mujer casi lo viola.

Cerca del final, las feministas lo capturan. Y su globo aerostático, con forma de mujer, es agujereado a balazos de metralleta.

En la Fontana di Trevi, Anita Ekberg. Un ícono femenino, y felliniano.

En el cine de Fellini, todo, o casi, es desmesura. Las mujeres, exuberantes. Las críticas que recibía del feminismo no lo amedrentaban. Él se sentía libre, tanto como el Tío Teo que, en Amarcord -quizá la obra que resume mejor que ninguna sus obsesiones y pasiones: la infancia, el mundo del espectáculo, el amor-, se subía a un árbol y exclamaba a los gritos “Voglio una donna”, como quien pide un pedazo de carne.

Si Fellini empezara a filmar en los tiempos presentes, ¿se hubiera deconstruido? Un hombre que se sabía infiel, algo que su esposa, Giuletta Masina, conocía desde el vamos, era el cineasta de las mujeres de las que sus personajes se enamoraban, por su ángel, por sus modos, pero también por sus formas. Fellini provoca(ba) desde su afiebrada imaginación sexual.

Y así como las comedias de Porcel y Olmedo, como las de Benny Hill, parecen de la Edad de Piedra, invito a rever la obra de Fellini. Hoy, en pleno siglo XXI. Y después hablamos.

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