Tomás Pueyo: “La única manera de ganar es vacunar lo más rápido posible”



A pesar de haber contestado innumerables entrevistas desde que súbitamente se convirtió en un nombre de referencia mundial sobre las estrategias que hay que poner en práctica para domar la pandemia, al joven ingeniero español Tomás Pueyo todavía le divierte el asombro que produce la veloz difusión de sus recetas, que llegaron a decenas de millones de lectores en múltiples lenguas. Tecnólogo dedicado al desarrollo de páginas web, aplicaciones sociales y educativas, videojuegos, bancos online y una diversidad de otros productos, Pueyo llevaba años escribiendo un blog (www.tomaspueyo.com) cuando se dio cuenta de que el SARS-CoV-2 iba en serio.

“Empecé a echarle muchas horas a esto. Dejé todo lo que estaba escribiendo a un lado, porque sabía que era algo importante –cuenta, cuando todavía es muy temprano en la bahía de San Francisco, donde reside–. Empecé a publicar mis análisis en Facebook, y tuve una respuesta impresionante. Hasta que un amigo me dijo: ‘Oye, ¿no puedes poner todo esto en un solo post? Lo hice y explotó. Tuvo 40 millones de visitas”. Se refiere, por supuesto, al artículo El martillo y la danza, en el que proponía cierres generalizados muy estrictos para bajar los casos, seguidos de estrategias más “quirúrgicas” para evitar que subieran. A pesar de no ser epidemiólogo ni médico, Pueyo considera que está en una posición útil para enfrentar una pandemia; entre otras cosas porque trabajó mucho en aplicaciones virales online, “y la viralidad matemática se parece muchísimo a la biológica –destaca–. Las aplicaciones de hace una década, que llegaron a tener decenas de millones de usuarios en pocos meses, crecían a un ritmo del 10% por semana, que es el mismo del Covid. Para mí fue muy fácil entender la dinámica del virus porque la había vivido”.

–A un año de la pandemia, acaba de escribir un artículo señalando 25 errores que explican el fracaso de los países occidentales. ¿Muchos de ellos se produjeron por no hacer caso a expertos de disciplinas ajenas al ámbito de lo sanitario, como acaba de destacar el informe de un panel independiente de la OMS?

–Sí y no. Depende de a quién escuchas. Por ejemplo, un premio Nobel de Química sigue diciendo que si no hubiésemos hecho nada estaríamos mucho mejor. Hay un poco de todo. Luego, hay epidemiólogos que entienden bien la situación y otros como el de Suecia, que defendía que había que dejar libre la circulación del virus. Esto lleva a una pregunta clave para hoy, pero también para el futuro: ¿en quién confiamos?

–¿Cómo saberlo?

–En el pasado, confiábamos en los expertos. A menudo decíamos que un experto es el que tiene un doctorado en un tema. O una persona que lleva muchos años trabajando en eso. Pero una persona es un doctor cuando otros doctores dicen que está listo. Entonces, ese papel del doctorado solo vale lo que otros doctores piensan que vale. Esto nos indica que hay que confiar en aquellos en los que confían más otras personas. Por otro lado, existe también un factor importante que es la experiencia. Si tú tienes un papelito que dice que eres un doctor, pero haces muchas afirmaciones y ninguna funciona, o no has tenido ningún éxito en tu carrera, pues lógicamente se te escucha menos que a una persona que ha tenido muchos aciertos. ¿Si pones todo esto junto qué pasa? Por ejemplo, en mi caso: yo no tengo una formación en epidemiología, eso significa que habría que tener cuidado con lo que digo. Tener cuidado está bien, pero resulta que he acertado en casi todo lo que decía y que muchos otros epidemiólogos también han dicho que había que escucharme. Esa señal es la que hay que tomar en cuenta. Lo que muestra el trabajo anterior, junto con que otros expertos lo avalen. Esto va a ser cada vez más cierto en el futuro. Cuando tienes un mundo como el de internet, al que todos tenemos acceso y en el que todos podemos opinar, vas a encontrar a muchos que no tienen idea y a algunos que tienen mucho más aciertos que las “autoridades” (gatekeepers) tradicionales de un campo. Pasamos de un escenario en el que periodistas, políticos o gente con certificados educativos tenían la principal voz, a otro en el que las personas que tienen razón pueden venir de cualquier sitio y hay que saber analizar lo que dicen por lo que dicen y no solo por el papelito que tienen.

–Muchos análisis sobre lo actuado encuentran una diferencia muy clara entre Oriente y Occidente. ¿A qué habría que atribuirlo?

–La primera explicación es simplemente la experiencia. Corea del Sur tuvo el MERS; China, Hong Kong, Taiwan, el SARS-Cov-1… Sabían que había que tomárselo en serio. Corea del Sur, por ejemplo, tenía una ley de privacidad hecha a medida para una pandemia respiratoria. La desempolvaron y la aplicaron. Y luego tienes países como Australia y Nueva Zelanda, Islandia o regiones como la atlántica de Canadá que supieron ver eso, dijeron “es lo correcto, vamos a aplicarlo” y tuvieron éxito. Occidente no lo hizo. Y aquí también haría una salvedad entre los países más ricos y aquellos con economías emergentes, porque hay una diferencia bestial: en los primeros, la pandemia podría haberse parado, como hicieron Islandia o Canadá, pero no se hizo. Primero, porque no teníamos experiencia y luego por muchos de los errores que menciono en el artículo. Entre otros, no cerrar las fronteras, porque se creyó que daba una mala señal, o no reducir la privacidad, pese a que estaban mandando a todo el mundo a sus casas durante semanas o meses.

–Muchos atribuyen esa disparidad a diferencias culturales. Opinan que la población de este lado del mundo no hubiera aceptado restricciones como las que se pusieron en práctica en Wuhan, Pekín, Corea…

–Para mí, un contraejemplo que lo refuta es el de Australia. Son hiperindividualistas y, sin embargo, mira lo que hicieron. Sí, es verdad que en los países asiáticos, donde prevalece el confucianismo, tal vez sea más fácil tomar medidas sociales, pero no es lo único. Cuando miro lo que pasó en la Argentina y otros países de América Latina… Entre marzo y junio, no es que el gobierno no cerrara y lo hiciera bastante agresivamente. En todo el país, los casos bajaron durante “el martillo”, incluso en Buenos Aires. Donde no lo hizo fue en los barrios más populares. ¿Por qué? Pues resulta que la gente no se puede quedar en su casa, tiene que trabajar y tiene que salir para ganar dinero. También a menudo carece de agua corriente o heladera, con lo cual tienen que ir por agua o comida. Al volver, como hay mucha más gente, la probabilidad de que infecten a otro es mucho mayor. Si salen porque la casa es muy pequeña o hay mucha gente, están con un vecino y lo infectan. Esa misma estrategia en Europa funcionó y detuvieron la epidemia porque había mucha menos gente que vivía en esa situación. En cambio, te vas a una ciudad como Medellín, donde también tenían mucha población pobre, pero iban de casa en casa llevando comida, agua, dinero y medicinas para que no tuvieran que salir. El resultado es que en una ciudad como Buenos Aires era muchísimo más difícil controlar el brote que en Nueva York o París.

–Otro de los errores que menciona es que no se hizo suficiente testeo y rastreo. Sin embargo, incluso en países con muchísimos recursos y una multitud de rastreadores los resultados no fueron los esperados. ¿Sigue considerándolo una acción fundamental para controlar los brotes?

–Sí, es necesario, aunque no siempre suficiente. No hay ni un solo país que haya podido parar la pandemia sin esto. Todos los que pudieron detenerla hacían testeo, rastreo de contactos, aislamiento y cuarentena bien hechos. Y no hay ni uno solo de los que no la pararon que tuviera un sistema bien diseñado.

–Ante la carencia de recursos, ¿habría que haber adoptado una estrategia diferente de testeo?

–Sí, totalmente. El testeo y el rastreo solo funcionan cuando tienes pocos casos. Si tienes muchos, los recursos no alcanzan. La Argentina tuvo dificultad para hacer descender el número de casos incluso con confinamiento estricto; entonces, no hubiera sido suficiente hacer testeo y rastreo de contactos. Hubieran necesitado bajar más el número de casos con el confinamiento. ¿Cómo podía haberse hecho? Pues como se hizo en Medellín. Si en los barrios populares la gente no hubiese tenido que salir, se hubiese controlado. Fíjate que en Quilmes sí lo hicieron con el plan Detectar. Pero no se hizo suficientemente rápido en otros sitios. La Argentina creo que lo tenía mucho más difícil que otros países con economías más ricas, porque el confinamiento no era suficiente para parar la pandemia. ¿Testeo, rastreo, aislamiento y cuarentena? Sí, porque si no, no puedes parar [la circulación del virus]. ¿Confinamiento y martillo? Sí, porque si no, no puedes llegar a un número suficientemente bajo de casos, como para que el testeo y el rastreo de contactos luego mantenga el nivel bajo. Pero en un país como la Argentina, ni siquiera esas dos cosas eran suficientes. Hubiera sido necesario un sistema como el Detectar, pero masivo y más rápido.

–Hay países que avanzaron en la vacunación y sin embargo siguen viendo aumento de casos. ¿Realmente las vacunas nos permiten pensar en un fin de la pandemia?

–Es un problema matemático. Si te ha salido una nueva variante que infecta mucho más, tienes una carrera entre las variantes y las vacunas. Ejemplo: la variante inglesa. Tiene un R (número básico de reproducción) de 4,5. Para parar eso tienes que tener al 80% de la gente inmune. Si tienes un país como el Reino Unido, con ese R y el 30% o 40% de la gente vacunada más un 10% inmunizada de manera natural, y de repente dices liberamos todo, ¿qué pasa? No has llegado al 80%, aún te queda un 30%, no estás protegido. Y es lo que ha pasado en el Reino Unido con la nueva variante de la India. ¿Qué hizo Israel? Ha vacunado a una velocidad rapidísima y sigue, con lo cual, pese a que ha tenido la variante inglesa, esta no ha sido suficientemente rápida como para reinfectarlos. En los Estados Unidos, que no llegó a inmunizar al 80% y ha dicho ´Listo’, ya uno sabe que tendrá otro brote. Las vacunas sí funcionan, pero tienes que tener suficiente gente vacunada para ir por delante del virus.

–Según su opinión, ¿qué deberíamos hacer en la Argentina ante este aumento de casos a un ritmo sin precedente? ¿Tenemos que volver al “martillo”?

–Para un país como la Argentina es muy difícil hacerlo bien. Si tienes un martillo, la economía sufre muchísimo y ni siquiera paras el contagio, pero si no lo haces, te pones en situación desesperante. Supongamos que con un 25% de personas vacunadas están entrando al invierno, que es mucho peor. Esos dos factores van uno en contra del otro. Depende de la velocidad a la que vacunen. Si el país puede vacunar el 10% de la población semanalmente, pues fenomenal. De aquí a cuatro o cinco semanas podrías pararlo. Hay que ir lo más rápido que se pueda con las vacunas. Si no se puede hacer eso y no se confina, va a haber otra explosión de casos. La pregunta es si eso vale la pena para el país. No lo sé. Puede valer la pena no confinar sabiendo que no pararía la pandemia. Es una decisión más social y política. No hay otro escenario en el que la Argentina pueda salir ganando que vacunar lo más rápido posible. O pierde por un confinamiento agresivo o por una cantidad de casos espeluznante.

–¿Se puede hacer un pronóstico? ¿Cuándo habrá pasado todo esto?

–Soy un poco más optimista que muchos. El sector privado funciona razonablemente bien, la velocidad a la que hemos desarrollado las vacunas es muy buena. Protegen contra la mayoría de las variantes y la producción es mucho más rápida que antes, con lo cual a medida que vayamos inmunizando a más gente se irá reduciendo el número de casos y también de variantes. Las nuevas vacunas van a ganar la carrera a largo plazo. La pregunta es cómo de rápido va a ir aumentando la producción y distribución de vacunas a nivel global. Y creo que va a ir cada vez más rápido. Estados Unidos ya tiene más oferta que demanda, de modo que va a empezar a exportar. Europa va a estar en esa situación en verano. De aquí a fines de año, las vacunas van a estar llegando a la mayoría de los países y ya en 2022 imagino que habrá suficientes en el nivel global para parar la circulación. No sé si en todas partes, pero lo suficiente como para que ya no sea una pandemia.

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