The Köln Concert, de Keith Jarrett: la pesadilla que se convirtió en éxito



​Cuando Keith Jarrett llegó al edificio de la Ópera de Colonia, a pocos metros de la margen derecha del Rin, la fría noche del 24 de enero de 1975, todo estaba preparado para que su presentación en una de las ciudades más grandes de la entonces Alemania Occidental fuera un absoluto desastre.

Con sus 29 años a cuesta, el pianista estadounidense llegaba respaldado por su paso por la banda de Miles Davis, con quien grabó Live At the Fillmore y Live Evil, tras su paso previo por la formación del saxofonista Charles Lloyd, y por la grabación de Facing You, un álbum en el que registró improvisaciones en formato de solo piano.

Fue precisamente esa exitosa primera experiencia artística compartida, la que impulsó a Manfred Eicher, el creador del flamante sello ECM Records, a planear una gira de conciertos del pianista basados en improvisaciones. Bergamo, Berna, Génova, fueron algunas plazas en las que Jarret desplegó su mezcla de performance casi atlética con músicas de una notable profundidad espiritual.

The Köln Concert, uno de los discos más exitosos de la historia del jazz y la música clásica. Aún cuando su desarrollo impide que pueda ser encasillado definidamente en alguno de los dos géneros.

“No pienso que yo pueda crear, pero sí puedo ser un canal para la creatividad. Creo en el Creador, por eso, en realidad este álbum es una obra suya a través de mí, con la menor intervención consciente posible en el medio”, escribió en el libro interno del álbum triple Solo Concerts: Bremen/Lausanne, publicado en 1973.   

Pero esa vez, además de sus pocos años y mucha espiritualidad, Jarrett cargaba también con unas cuantas horas de manejo a través de los casi 600 kilómetros que separan a Zurich, su punto de origen, a la ciudad Renania del Norte; y varias noches de poco dormir debido a un insoportable dolor de espalda que lo obligaba a usar una especie de tiradores a modo de soporte para su columna.

Y para nada ayudó el panorama con que se enfrentó al llegar. Allí, pese a los esfuerzos de la promotora del concierto, Vera Brandes, una adolescente de apenas 17 años, el piano Bösendorfer 290 pedido por el artista nunca llegó a destino. “Hey, este Bösendorfer que está acá no tiene el tamaño correcto, y suena como si fuese un clave eléctrico”, contó alguna vez Jarrett que se quejó apenas vio el instrumento, y que enseguida se dio cuenta de que no había solución posible, porque el camión que lo había llevado ya se había ido.

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Así las cosas, el músico decidió que, con todo dispuesto para grabar el concierto, no había más remedio que seguir adelante, y optó por cenar en un restorán italiano. “Por alguna razón, nos sirvieron al final. Yo era el que en una hora tenía que estar tocando, y aún no me habían traído la comida ni la bebida”, recordó años más tarde Jarrett, quien además confesó que lo que le sirvieron estaba lejos de ser un buen menú.

Fue entonces que, con los ingenieros ahí, esperándolo con sus equipos, recordó que se dio ánimo: “Voy a hacer esto. Lo voy a hacer”. Y que con el puño en alto, camino al escenario desde el backstage, lo miró a Eicher y dijo algo así como: “¡Poder!”

El pianista estadounidense Keith Jarrett, figura esencial de la música contemporánea, paseó también su capacidad de improvisación por el Teatro Colón, en 2011.

Lo que pasó después fue la maravilla del arte y la genialidad. Frente a las casi 1400 personas que habían pagado sus entradas a razón de 4 marcos alemanes (1.72 dólares), desde el mismo momento en que Jarrett hizo sonar la primera nota todo se transformó en una celebración de la inspiración y el talento.

“Daba la sensación de que todos en el público estaban allí para vivir una experiencia tremenda, y eso hizo que mi trabajo fuera más fácil. Lo que sucedió fue que con ese piano, estuve obligado a tocar de una manera diferente. Mi sensación era: ‘Tengo que hacer esto, lo estoy haciendo. Me importa un carajo cómo suena el piano. Lo estoy haciendo’. Y lo hice”, explicó Jarrett a Don Heckman, periodista especializado en jazz, que escribió en The New York Times, Down Beat y Jazz Times, entre otras grandes publicaciones.

Fueron, primero, 26 minutos; luego otros 48, divididos en tres partes. Una hora y cuarto a lo largo de la cual el artista convocó al jazz, a la música clásica, al pop, el blues, el folk y el gospel, géneros que nunca llegaban a definirse de manera absoluta y entre los cuales sus fraseos fluyeron con una naturalidad asombrosa.

El plan se repetía en su estructura, pero no en su construcción. El punto de partida era la búsqueda de un patrón rítmico rítmico y una secuencia de acordes con los cuales Jarret creaba una base, una plataforma de despegue para echarse a volar; una, dos tres, infinitas veces… Y en ese viaje inventó melodías fantásticas, percutió, sorprendió, canturreó, emocionó, gritó, quedó a la deriva, abrió una nueva senda, rockeó y conmovió… Y vuelve a hacerlo cada vez que el disco es puesto a sonar.

Keith Jarrett en el Colon. Pese al mal humor que le provocaron los fotógrafos aficionados con portación de celular, el músico mostró destellos de su enorme talento.

“Cuando hay escucho The Köln Concert, encuentro largos pasajes en los que podemos dejar que la imaginación eche a volar con la seguridad de que, cuando volvamos a prestar atención, no nos habremos perdido nada”, cuenta el periodista Peter Rüedi en el libro Tocando el horizonte – La música de ECM, que Jarrett le dijo en 2003. 

Al final, cuando el silencio envolvió su lenta, lentísima, despedida, los aplausos duraron uno, dos minutos, y sólo quedan recortados en el disco por obra y desgracia del fade out, pero vaya a saber uno por cuánto tiempo más se extendieron.

En todo caso, la extensión de esos aplausos fue la repercusión que tuvo el disco The Köln Concert desde su publicación, el 30 de noviembre de 1975. Casi cuatro millones de copias vendidas lo convirtieron en el álbum de piano solo y el disco solista de jazz más vendidos de la historia.

El Köln Concert convirtió a Keith Jarrett en un éxito comercial, a la vez que de una suerte de gurú.

Para el final de los ’70, el músico había publicado una decena de discos grabados en vivo, había pasado por el popularísimo late show Saturday Night Live  y se había transformado en una especie de estrella de la música, al mismo tiempo que en una suerte de faro espiritual. Categorías ambas, que quedan a la sombra una dimensión artística que en The Köln Concert manifiesta uno de sus puntos más altos.

“Dar conciertos en solitario es lo más parecido, a mi entender, a una formidable sesión terapéutica de autoconocimiento. Si no resultara tan deprimente, me atrevería a confesarte cuál es la receta infalible para dar un concierto en solitario: tengo que estar agotado, o loco, o haberme pasado todo un día viajando. Colonia es un buen ejemplo. Creo que nunca estuve más cansado ni más confuso, y tenía entre manos un instrumento espantoso. Y, sin embargo, ¡tal vez haya sido el mejor concierto de mi carrera!”.

​Lito Vitale: “Es una obra maestra de la improvisación”

“Köln Concert​ es como la prueba exacta de que la genialidad musical extrema -y por momentos la complejidad- puede ser popular. Creo que es una obra maestra de la improvisación, de la locura musical, en el buen sentido de la palabra; de la libertad musical y la búsqueda instantánea de la inspiración de un nivel supremo. Es una de las pocas excepciones en las que algo queda en la historia no solamente por su valor artístico, sino también por su éxito comercial”, asegura Lito Vitale, pianista y compositor.

Lito Vitale destaca la combinación de excelencia con popularidad que encierra el The Köln Concert. (Foto: Fernando de la Orden)

“Es una de las pocas excepciones en las que el éxito de ventas va de la mano de una gran obra artística. Como ejemplos de esas excepciones están Los Beatles, parte de la obra de Serrat, El amor después del amor, de Fito Páez, y algunas más. Köln Concert es un claro ejemplo de eso: la música de alto vuelo, de alta técnica pianística y de alta inspiración que, creo yo -e imagino no equivocarme-, que se la ponés a cualquier persona, conozca o no la música de jazz, o la música armónicamente más compleja o de avanzada, y se emociona. Y dice: ‘Esto que estoy escuchando es algo particular, algo fuera de serie, algo de verdad elevado’. Eso es Köln Concert, para mí”.

“De más está decir que Keith Jarrett es, por demás y por kilómetros, el exponente más elevadísimo de lo que significa un pianista, con todas las letras. Un tipo que puede tocar cualquier música con un nivel de profundidad supremo”, sigue Vitale.

“El Köln Concert hay que escucharlo. Hay que tenerlo. Como dijo una vez un tipo del que no recuerdo el nombre ahora, hay algunos discos que no pueden faltar en una casa; y si faltan, es que no se trata de una casa demasiado respetable. Köln Concert es uno de ellos”, finaliza.

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Adrián Iaies: “Inaugura una estética referida al sonido del solopiano”

“El Köln Concert ha sido a Keith Jarrett lo que el Kind of Blue resultó para Miles Davis. Se trata de hitos, más que de simples discos. Exceden los parámetros de valoración musical a la hora del ranking, sin quitar que se trata de obras monumentales. Su importancia ignora esa pauta y está, más bien, en la trascendencia para su propia carreras y en la influencia que ejerció en las de otros artistas. Nunca fue mi solopiano preferido de uno de mis artistas favoritos. El disco Facing You siempre me resultó más atractivo y filoso (y, por mencionar solopianos iniciáticos del mismo sello que precedieron al Köln Concert, el Open to Love de Paul Bley me atrae más). Pero el Concierto en Colonia inaugura una estética referida al sonido del solopiano. La idea de un desarrollo improvisatorio a partir de pequeñas células rítmicas y una secuencia de acordes que no derivan de una canción que contiene y le da sentido (a la improvisación), sino que la forma se va haciendo al andar, explica el pianista Adrián Iaies.

Para Adrián Iaies, “The Köln Concert” es el punto de partida de una nueva manera de la improvisación. (Foto: Jorge Sánchez)

“La idea de ir más allá que ‘simplemente tocar arriba’ de unas canciones de jazz. Como un relato Debussyano, no en el sonido final sino en la forma en que aparecen y se instalan las ideas. Hablando del sonido final, hay jazz pero también country, rock, voicings típicos del góspel, pop. Es blanco y también negro. Y hay momentos casi bailables. Mucho para la época…”.

“Hay pequeñas historias que agrandan la leyenda, como que el artista y su también legendario productor Manfred Eicher, estaban preocupados por el piano Bosendorfer pequeño y en mal estado con el que se encontraron al llegar a la sala y sin tiempo y probablemente sin predisposición de los organizadores a cambiarlo por otro en buenas condiciones. Algo que habría sido impensable solo unos años mas tarde”, continúa Iaies.

“Lo cierto es que el Köln Concert contribuyó a instalar ‘el sonido ECM’ en un lugar central en los ’70 -lo que Blue Note había sido en los 60’-; Y también es cierto que aún los que no somos fanáticos de ese disco debemos venerarlo porque las pingües ganancias que obtuvo Eicher, con sus ventas a escala de un disco de rock, seguramente ayudaron a financiar muchas de las obras maestras que luego el sello editó”, concluye.

Nora Sarmoria: “Me pareció un extraterrestre absoluto”

“Escuché Köln Concert unos 10 años después de que fue hecho, Cuando era ya adolescente, y estudiante de música. Y descubrí esa música y a ese hombre con esa manera perfecta de tocar. Me pareció un extraterrestre absoluto. Y fue, junto con otros pianistas que me pegaron no desde el lado de la perfección, sino desde el de los espacios y la impronta de vacíos, como los que dejaba Monk, que me dejaba aún más absorta, uno de los músicos que me rompieron la cabeza, en lo personal”, afirma la pianista Nora Sarmoria.

Keith Jarrett es, para Nora Sarmoria, uno de los músicos que le “rompieron” la cabeza.

“Va mi tributo de admiración hacia Jarrett, a quien descubrí, además, en el mismo momento que a Thelonious (Monk) y que a Bill Evans. Cada uno en su especie”.

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Ernesto Jodos: “Se transformó en un ícono al poco tiempo de editarse”

“El Köln Concert, de Keith Jarrett se transformó en un ícono al poco tiempo de editarse. Un concierto muy especial, con un piano en no muy buenas condiciones, y un Jarrett con tremendos dolores de espalda. La música parece estar signada por esas dos variables: armonías muy simples (todo lo que ese piano podía hacer), y algo de maratónico en el largo de las improvisaciones (una especie de “lucha” contra esos dolores). Yo, sin saberlo, solía dormir la siesta escuchándolo, a los 15 años, en el sofá de la casa de mis viejos. No lo volví a escuchar hasta que vi por primera vez la escena en la que Nanni Moretti usa una sección del concierto para musicalizar su paseo en Vespa por el sitio donde fue asesinado Pasolini. Recién ahí, me di cuenta del poder emotivo que tiene esa música. Nunca es tarde…”, asegura el pianista Ernesto Jodos.

Ernesto Jodos resalta las dos variables que marcan el desarrollo del “The Köln Concert”: las armonías simples y lo maratónico de las improvisaciones.

Marco Sanguinetti: “Parece que esa noche sucedió algo mágico en la sala”

“Si tuviera que citar mis principales influencias, sin dudas incluiría a Keith Jarrett en la lista. Es uno de los seres humanos que más admiro, incluso a pesar de su mal carácter (recordar el concierto en el Teatro Colón en 2011). Me he descubierto en la intimidad de mi living intentado imitarlo, sin lograr en nada parecerme a él, pero esas frustradas copias me han llevado a nuevas ideas compositivas propias… ¡Algo mucho más gratificante que lograr la imitación!”, cuenta con gracia el pianista Marco Sanguinetti.

“Köln Concert tal vez sea una de las mejores sesiones de improvisación en piano solo de toda la música, no sólo la creada por Jarrett. Pero quiero citar el Vienna Concert (de 1992) como mi favorito. Allí el pianista desarrolla solamente dos partes de larguísima duración, sumergiéndose en climas profundos, difíciles de crear en sesiones cortas”.

“El concierto en Colonia está impregnado de una inspiración inusual. Realmente parece que esa noche sucedió algo mágico en la sala. Se sabe que la previa venía cargada de accidentes técnicos, al punto de poner en riesgo la realización del concierto. Pero me gusta creer que un verdadero artista encuentra en los obstáculos del contexto las oportunidades para construir algo históricamente bello… El enorme poder del arte está en transformar lo malo en bueno, tanto para la vida propia como para la ajena”, prosigue.

Marco Sanguinetti pone el ojo en la capacidad de Jarrett de transformar “lo malo en lo bueno”, y en la creatividad disparada por las adversidades.

“Este concierto de Jarrett es, también, un excelente ejemplo de su espontánea manera de integrar sonidos producidos por fuera del teclado. Tal es el caso de las onomatopeyas y gemidos emitidos en contrapunto con las notas del piano (en Part I se aprecian claramente) o la percusión sobre el mecanismo del pedal. Sin embargo, no me siento muy a gusto con sus cánticos desafinados al unísono de las melodías de la mano derecha. Me atraen especialmente las secciones estructuradas sobre repeticiones de motivos en la mano izquierda (según parece, el defectuoso piano de esa noche era poderoso en la zona de graves)”, analiza Sanguinetti.

“Creo que las improvisaciones de Jarrett exponen para el oyente su forma de pensar la creación. Más que una escucha musical, parecen una posibilidad para mirar dentro de su mente. En ellas se aprecian los tiempos que él necesita para asimilar cada idea y cómo transformarla. Finalmente, la sensación es que cada momento ha durado lo necesario para que la pieza sea perfecta. El resultado tiene apariencia de composición (en tiempo real). El Köln Concert invita a ser escuchado en repetidas veces, como si no alcanzara con verlo pasar una única vez. A pesar de estar improvisado, es posible (y necesario) disfrutar este registro intersectando la percepción del pasado (lo recientemente escuchado) con el futuro (lo que uno recuerda está por venir)”.

“Por último, quiero decir que Keith Jarrett, en cada proyecto, ha puesto al jazz en el lugar más interesante: la frontera del género musical. Ahí es donde el jazz se fortalece. Creo profundamente en esta idea”, termina Sanguinetti.

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E.S.

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