Sean Connery en la Argentina: un rodaje accidentado, agentes de la SIDE, noches de fiesta y una película olvidable



Entre los seres humanos hay inmortales, que a lo largo de los siglos vienen enfrentándose entre sí en duelos de espada que terminan cuando uno de los dos es decapitado. El vencedor recibe los poderes del vencido y sigue adelante en la búsqueda de ser el último inmortal, acreedor al Premio final. A partir de esta premisa, Highlander fue una película venerada por toda una generación. Con el tiempo, se transformó en un clásico de los ‘80.

Si bien su estreno en 1986 no resultó todo lo taquillero que podría pensarse, tuvo una recepción lo suficientemente buena y el video hogareño sí alcanzó un gran rendimiento, de modo que tres años más tarde los productores Peter Davis y William Panzer planearon una secuela. Un encuentro casual del dúo con el argentino Alejandro Sessa en el Mercado Internacional de Filmes de Milán decidió el escenario en el que se iba a filmar.

“Teníamos la intención de venir a la Argentina a hacer una película, pero no estaba definida. Cuando vimos todos esos lugares tan magníficos nos dimos cuenta de que era el lugar ideal para ambientar Highlander II. Será el filme más caro que se ha hecho en este país”, declaró Davis al anunciar sus planes, sumando a Sessa como el coproductor local.

Escena de Highlander 2, con Christopher Lambert y Sean Connery

En apariencia, todo cerraba. A la geografía argentina, que proveía impresionantes escenarios naturales, se sumaba el tipo de cambio favorable a los extranjeros. La fortaleza del dólar frente al austral abarataba a tal punto todo que los productores calculaban que la película les saldría la mitad de lo que les hubiera costado en Estados Unidos. Y la golpeada industria cinematográfica estaba deseosa de transformarse en un terreno fértil para coproducciones.

Así fue como en mayo de 1989 la maquinaria de Highlander II se puso en marcha. El presupuesto sería de nada menos que 31 millones de dólares, una cifra que hacía realidad la promesa de Davis y duplicaba el presupuesto de la primera parte.

Tres de eso millones se los llevaría Sean Connery, que vendría al país durante dos semanas para repetir su rol de Ramírez, uno de los inmortales buenos. Christopher Lambert cobraría un millón y medio por hacer una vez más del héroe de la historia, MacLeod. Al barco también volvió a subirse el australiano Russell Mulcahy, director de la primera y también de otra película de culto, Razorback: El destructor.

El primer problema fue el guión. Highlander terminaba con MacLeod convertido en mortal luego de haber derrotado a todos los otros inmortales que se le habían cruzado en el camino y haber ganado el Premio. Y Ramírez había muerto a manos del malvado Kurgan. ¿Cómo hacer que uno volviera a ser inmortal y el otro resucitara?

Escena de Highlander 2, con Christopher Lambert y Virginia Madsen.

La decisión de Brian Clemens, el guionista principal que reemplazó al creador de todo, Gregory Widen, fue explicar el origen de los inmortales. Eran extraterrestres llegados del planeta Zeist: 500 años antes de los hechos de Highlander, habían sido expulsados a la Tierra luego de intentar rebelarse contra el tirano Katana. Volvemos al presente: es el año 2024 y MacLeod está envejeciendo en soledad luego de haber creado, en 1999, un escudo para proteger la Tierra ante la destrucción de la capa de ozono.

Pero Katana teme que intente volver al planeta a derrocarlo, y entonces manda dos sicarios a asesinarlo. El anciano MacLeod decapita a uno de ellos, recibe su poder y así vuelve a ser joven e inmortal. Inmediatamente, invoca a Ramírez y lo revive.

Era a todas luces un disparate insostenible, que incluso se contradecía con hechos de la primera película. “Odié el guion. Todos lo hicimos. Sean, Chris, yo… todos estábamos por el dinero. Parecía escrito por un chico de 13 años. Pero nunca había hecho de un espadachín bárbaro, y era mi primer gran villano. Decidí que si iba a actuar en esta estúpida película, me iba a divertir yendo lo más lejos posible en la interpretación, y creo que lo logré”, recordaría años más tarde Michael Ironside, que hizo del malvado Katana.

Así que la base no estaba. Y todo siguió complicándose: como se relata en el documental Highlander 2: Seduced by Argentina (2004), “tomátelo con soda” fue una de las primeras frases en español que aprendieron los técnicos de los distintos departamentos (escenografía, vestuario, maquillaje y demás) llegados para el rodaje. Se encontraron con que aquí había mucha amabilidad y predisposición, pero la preparación estaba a años luz de Hollywood.

Escena de Highlander 2, con Michael Ironside como el villano.

La economía del país también. Eran tiempos de hiperinflación, y durante tres semanas la preproducción debió detenerse por “motivos económicos y financieros”, según se explicó en un comunicado de prensa. De todos modos, contra viento y marea en enero de 1990 se reanudaron las actividades, que entre otros desafíos incluían la construcción de una ciudad futurista en Puerto Madero, que entonces era una zona portuaria semiabandonada.

Otros escenarios fueron el mercado de Abasto, que todavía no se había convertido en shopping; el Teatro Colón, cuya fachada aparece con un horrible cartel de neón que reza “Ópera”; el Palacio de Aguas Corrientes de la avenida Córdoba; la línea E de subte, donde tienen lugar una matanza a manos de Katana, a bordo de un tren que va a una velocidad altísima, que ya desearían los sufridos usuarios.

El Valle de la Luna, en San Juan, fue el lugar ideal para filmar la acción que transcurría en el planeta Zeist. También fueron utilizados los estudios Baires, en Don Torcuato: así es como el duelo final empieza en el mismo decorado de una de las escenas de Las Puertitas del Señor López. Otro detalle porteño de la película son los taxis negros y amarillos.

El sábado 5 de mayo de 1990 el país se conmovía por la noticia de que Sir Sean Connery, el mítico James Bond, había aterrizado en Ezeiza en un vuelo de Pan Am. Tuvo una llegada accidentada, porque el aeropuerto estaba cerrado por la niebla y debió perder tres horas con un desvío a Montevideo, pero luego compensaría ese contratiempo con todo tipo de placeres.

Escena de Highlander 2, con Christopher Lambert y Sean Connery

Durante las dos semanas que duró su estadía en el país, el escocés tuvo como custodia personal a agentes de la SIDE. Se entrevistó con Carlos Menem; jugó al golf tres veces con Roberto De Vicenzo, a quien se dio el lujo de vencer; visitó el glaciar Perito Moreno; fue a ver un River-Estudiantes de La Plata. Y, como se narra en el libro Babilonia gaucha, de Diego Curubeto, no le faltó compañía femenina en su lujosa suite del Alvear Palace Hotel.

No sólo a él. Todo el equipo llegado desde Estados Unidos y Europa para la filmación estaba encantado con la vida nocturna de Buenos Aires. Muchos, Lambert incluido, solían acostarse al amanecer luego de estar de gira por los boliches porteños, aprovechando que gran parte del rodaje se desarrollaba luego del atardecer. Hasta el director, Russell Mulcahy, faltó a un par de escenas matinales y tuvo que ser reemplazado por su asistente.

Mientras tanto, en el set, no todo salía de acuerdo a lo planeado. Se lograron efectos especiales notables para una época en la que no existía la CGI (imagen generada por computadora), con actores volando gracias a un sofisticado sistema de cables. Y se concretó la faraónica construcción de una ciudad futurista, pero los costos fueron altísimos, tanto financieros como humanos.

Hubo un par de fracturados entre los miembros del equipo. El propio Christopher Lambert perdió parte de un dedo mientras que a Michael Ironside se le partió un diente durante una pelea en la que decidieron usar espadas verdaderas por la baja calidad de las de utilería; los dos estaban acostumbrados a hacer gran parte de las escenas de riesgo, sin usar dobles. Pero el peor de los accidentes lo sufrió un técnico argentino que murió al caer de una gran altura.

La tapa del dvd de Highlander 2, con Christopher Lambert y Sean Connery.

Para sumar una raya más al tigre, la producción entró en conflicto con la Asociación Argentina de Actores encabezada por Horacio Denner y Carlos Carella, que no consideraba que Highlander 2 fuera una legítima coproducción y reclamaba aportes patronales, previsionales y de obra social de los trabajadores extranjeros que participaban de la filmación.

A todo esto, la hiperinflación hacía estragos en el presupuesto de la película. Davis y Panzer recuerdan asombrados cómo iban a las casas de cambio y las cifras de los carteles indicadores de la cotización corrían como relojes con segundero. Todavía evocan el “dólar Freddo”: lo bautizaron así porque el heladero de la sucursal de Quintana y Ayacucho, cerca del hotel Alvear, los iba poniendo a diario al tanto de la variación del precio.

No había dólar que aguantara los derroches y otros malos manejos monetarios ocurridos durante el rodaje. Los financistas detrás de Highlander 2 empezaran a preocuparse y a presionar a los productores y al director: había que terminar el rodaje cuanto antes, porque los gastos suntuarios y el aumento descontrolado de precios estaba comiéndose los fondos.

Así fue como cambiaron la historia y antes de lo previsto, cuando todavía faltaba filmar una persecución clave, la empresa aseguradora dio por terminado el rodaje. Les quitó toda injerencia a los productores, el director y los montajistas originales, y se hicieron cargo de la edición. Si el guion original ya era complicado, después de esa cirugía mayor lo que llegó a los cines fue directamente un mamarracho.

Escena de la primera “Highlander”, con Sean Connery y Christopher Lambert.

Los críticos la destrozaron y muchos de ellos, incluido el prestigioso Roger Ebert, la consideraron la peor película de 1991. Acá tampoco fue bien recibida: “Me pareció un bodrio. No entiendo lo que quisieron hacer. Y, aunque figuro en los créditos como Kid I, la escena que filmé, con un costo de producción altísimo, no quedó en la versión definitiva”, se quejaba Michel Peyronel, ex baterista de Riff, uno de los talentos locales que participó del rodaje en un papel secundario, junto a Max Berliner, Edward Nutkiewicz o Julio Breshnev, entre otros.

Peyronel era parte de una banda de chicos malos que pateaba una máquina de oxígeno. Lambert llegaba en un Porsche y Peyronel lo encaraba para pedirle una moneda. Como Lambert no le contestaba, Peyronel lo insultaba, sacaba sevillana y luchaban.

“La tuve que repetir 80 mil veces y terminé con un chichón en la nuca de tanto golpearme contra los adoquines mojados. Lambert fue buena onda, hablamos en francés sobre cómo hacer la escena. Hasta me maquillaron los dientes para que parecieran más podridos. Esa escena sola fue más cara que Alguien te está mirando”, contaba en referencia a su anterior experiencia cinematográfica.

De todos modos, la Argentina fue uno de los pocos países en los que tuvo cierto éxito. Lambert volvió para la avant premiere, a la que también asistieron celebridades locales como Víctor Bo, Julia Zenko o Marcelo Tinelli. El estreno fue el jueves 20 de junio de 1991, y luego de su primera semana en cartel la habían visto más de 50 mil personas, más del doble que a El silencio de los inocentes, estrenada dos semanas antes.

Furioso con el resultado, se dice que Russell Mulcahy se levantó de la proyección después de los primeros quince minutos, y que intentó aparecer en los créditos como Alan Smithee, el seudónimo que los cineastas usan cuando no quieren figurar, pero se lo impidieron bajo amenaza de demandarlo.

En 1995 lanzó su propio corte en video y dvd, conocido como Highlander 2: Renegade Version, para la que se filmó la secuencia que no había podido terminarse cinco años antes. En 2004, Panzer y Davis hicieron algunos retoques -incluida la última escena, así que existen tres finales distintos-, metieron efectos digitales y sacaron la Edición Especial en dvd y blu-ray. Todo con tal de que Highlander 2 no quedara en la historia como una de las peores películas de todos los tiempos. Pero ya era tarde.

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WD

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