Sean Connery: el hombre que quería ser algo más que James Bond y un irresistible seductor



Como sucede con los mitos, interesa menos la materia que los sueños. Este sábado 31 de octubre, el actor Sean Connery dejó de ser terrenal, pero sigue alojado en ese reino póstumo al que se mudó 58 años atrás, cuando apareció por primera vez encarnando a un agente del espionaje británico en la película El Satánico Dr No.

El actor británico, desconocido hasta ese momento, inundó la pantalla con un magnetismo casi brutal, una sonrisa irónica que podía ser letal, un smoking perfecto y otros tics que le dieron un perfil inconfundible al espía más famoso de todos los tiempos: James Bond.

El filme (1962), basado en una novela de Ian Fleming, era flojito, Connery no exhibía las dotes de un gran actor, pero fue un bombazo. Más que en el fondo, el poder de la película estaba en la superficie: en la forma en que Connery moldeó ese tipo de masculinidad que cautivaba a las mujeres como objeto de deseo y a los hombres como prototipo del triunfador. Nacía el estilo Bond, nacía un icono británico, nacía una leyenda.

Connery interpretó seis veces más al personaje (entre el ’62 y el ’83) y la serie –la más larga en la historia del cine- continuó hasta hoy con otros actores. En el nuevo milenio, Bond parece tan inmortal como lo era el héroe del 62 que, en una mesa de juego, con un cigarrillo en la boca, se presentaba a la chica fatal: “Mi nombre es Bond, James Bond”.

La inigualable estampa de Sean Connery descansando en el parachoques de su Aston Martin DB5 durante el rodaje de escenas para James Bond contra Dedos de Oro, en los Alpes Suizos. Todo un estilo. /Foto EFE

Quizás es tan injusto como irremediable comenzar la evocación de Connery con su personaje más famoso. Antes de Bond, Connery había hecho 12 películas como actor reparto, luego otras 50 que lo tuvieron como actor principal o secundario. En varias de ellas se mostró como un buen intérprete y hasta ganó un Oscar -como “actor de reparto- en 1987 con Los intocables, que dirigió Brian De Palma. Allí hizo el rol de Jim Malone .

Hablamos de 70 películas y 70 personajes sobre las que se cierne la sombra de uno solo, poderoso e inolvidable. Pero así de caprichosa es la creación artística, así de caprichosa en la vida. Cuando a Connery –en ese momento tenía 32 años- lo eligieron para interpretar a Bond, él supo que era un extraordinario golpe de suerte, pero no imaginó que también era una especie de condena.

Nacido Thomas Sean Connery en Edimburgo, Escocia (1930), sus peripecias juveniles enaltecen aún más la fama posterior: padres pobres, repartidor de leche a los 9 años, albañil, pulidor de ataúdes, marino desafectado por problemas de salud y hasta modelo desnudo en una Escuela de Bellas Artes. Tenía con qué: fue físicoculturista y en 1953 salió tercero en la categoría de Hombres Altos (casi 1,90 metros) en un concurso de Mr. Universo. Alguna vez, Connery confesó que comenzó a fumar y perdió la virginidad a los 9 años. El chico ya se las traía.

A los 23 años, se probó en el fútbol y estuvo a punto de fichar para el Manchester United, pero ya había encaminado sus pasos hacia el mundo del espectáculo en Gran Bretaña y luego en los Estados Unidos. Fue un ingreso irregular (entre otros roles, hizo de malo en una pésima película de Tarzán) y con algunos sobresaltos. En 1958, tuvo un papel importante en el melodrama Brumas de inquietud como un periodista británico que tiene una historia de amor con Lana Turner.

Pudo haber sido futbolista, pero la actuación ganó la parada, aunque no quitó que en 2005 diera el puntapié inicial el Partido por la paz, con el gran Ronaldinho como espectador privilegiado. /Foto AFP

Todas las fuentes dan por cierto que durante el rodaje, el novio de Turner, el mafioso Johnny Stompanato, creyó que ella estaba teniendo una aventura con Connery. Dicen que Stompanato irrumpió en la filmación y apuntó a Connery con un arma y cuentan que Connery lo desarmó y lo noqueó. “Tuve que desaparecer por un tiempo ya que el jefe de Stomponato, Mickey Cohen, estaba muy enojado”, relató Connery.

En 1962, Albert Broccoli, el productor de la saga de James Bond estaba buscando un candidato para el papel del espía (fueron como 200 postulantes). Él se inclinaba por alguien consagrado como Cary Grant, pero en una de las pruebas, su esposa Dana Natol, le dijo a Broccoli: “Ese es el hombre perfecto para Bond”. Y señaló a Connery.

El actor que quería ser otra cosa

El primer casamiento de Sean Connery fue con la actriz Diane Cilento, con quien tuvo un hijo, Jason. /Foto AFP)

¿Alguien se acuerda de una película titulada El hombre que quería ser rey? Con la espléndida dirección de John Houston, se basa en un relato de Rudyard Kipling que cuenta la genial locura de dos hombres que se adentraron en el lejano país de Kafiristán para realizar sus sueños.

El filme (1975) habla de una misión imposible: convertirse en reyes de un territorio que conquistarán solo a base de su imaginación y esfuerzo. Uno de ellos, Daniel Dravot, se reencarna como Alejandro el Magno y el pueblo lo convierte en un semidiós. Pero la historia termina en desastre. La película es extraordinaria y los actores, también. Dravot es Sean Connery. El otro es Michael Caine.

El ejemplo viene a cuento porque luego de su incursión por la serie Bond, Connery trató de reinventarse a sí mismo, quería ser otra cosa para no quedar encasillado en el rol del espía frío, calculador, despiadado y ganador. Y demostrar que podía ser un digno actor. Lo hizo con buenos resultados en El nombre de la rosa (interpreta a un fraile franciscano) la adaptación de la novela de Umberto Eco; en Los intocables (un honesto policía irlandés) o en Descubriendo a Forrester (un viejo escritor). Anteriormente, y en medio de las aventuras de Bond, ya había trabajado a las órdenes de grandes del cine con Hitchcock o Sidney Lumet.

Desde 1975, Sean Connery estuvo en pareja con Micheline Roquebrune. /Foto Jack GUEZ / AFP)

Como si quisiera desmitificar esa fama de seductor empedernido (se le atribuyeron incontables romances), su vida privada estuvo marcada fuertemente por dos mujeres con las que se casó: la actriz Diane Cilento (del 62 al 73), con la que tuvo un hijo, y la pintora francesa marroquí Roquebrune Micheline con la que convivió desde el 75 hasta su muerte.

Mientras tanto, los medios seguían alimentando la leyenda: una votación de la revista Life lo eligió como el “Hombre vivo más sexy del mundo” en 1990 (ojo que tenía 59 años y usaba peluquín desde los 30) y la revista People como “El más sexy del siglo”, en 1999.

¿Otros datos? Connery era un ferviente defensor de Escocia y pertenecía al Partido Nacional Escocés (del cual había sido portavoz en más de una ocasión), recibió numerosos premios y distinciones, le otorgaron el título de Sir, practicaba golf, le encantaba el fútbol, en alguna entrevista se le fue la lengua y lo acusaron de machista y misógino, y no faltaron rumores sobre su estado de salud. En 2005 anunció que se retiraba del cine y, luego de circular por años por el jet set de Marbella, se fue a vivir a las Bahamas, indignado por los impuestos que tenía que pagar en Gran Bretaña.

Fiona Ufton, Sean Connery y Jason Connery en el cumpleaños 89 del actor. /Foto: @fifibaggins

O sea, el viejo Connery estaba absolutamente retirado cuando le llegó su hora. Esos detalles terrenales son ajenos a su alter ego. Porque James Bond no muere, no se despeina, siempre está impecable, tiene permiso para matar, seduce a las mujeres, maneja autos lujosos, sabe muchísimo sobre comidas y bebidas, y su virilidad traspasa las pantallas. Sigue pidiendo para siempre, con el cigarrillo en la boca, su trago preferido: “Un vodka Martini; mezclado, no agitado”. Por su repercusión, James Bond fue un fenómeno parecido a otro de esa época, The Beatles, y encarnó parte de la cultura y los valores de una Gran Bretaña y de un mundo que ya no existen.

Pero como los diamantes, ese Bond es para siempre.

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E.S.

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