Sandra Mihanovich: “Mamá fue mi mejor amiga”



Poca gente debe haber en la música y la actuación con tanta generosidad periodística -entre otras generosidades que transita- como Sandra Mihanovich. Con una agenda plagada de sobreturnos, siempre encuentra el espacio para dar la nota que sea. Inclusive, la que la lleve a revolver en cajas y álbumes para desempolvar las fotos de la infancia cuando las horas de diciembre valen oro.

Pero ahí está la hija de Mónica Cahen D’Anvers no fallando, como es su costumbre. Ni con lo prometido, ni con la precisión para los epígrafes, ni con el tiempo para que la charla se meta en todos los recovecos de la niñez. Ni con la escena silenciosa creada en su casa para darle rienda suelta a la memoria.

A los 62 años, tira de la punta de ese enorme ovillo familiar, e invita a hacer escalas en todos los rincones de un pasado habitado por personajes que no olvida. Y en los relatos todos llegan con nombre o apodo, un modo de ejercer la gratitud. Entonces habla de la abuela Chufita, de la tía Sonia, de la tía Elvira, la abuela Mamima, de Elba, de Miguel, de todos. Un buen modo que habla de ella.

“Calculo que en esta foto tenía dos años. Estoy con mi papá, Iván Mihanovich, en el campo La Elina”.

“Me reconozco mucho en esa nena que fui, sobre todos en esa foto en la que estoy con papá, trompuda y con cara de enojada. De chiquitita era bastante introvertida. Pero ojo que también me reía, si no mirá la que estoy en la pile con mamá. Lo que creo es que se me notaban más los momentos de fastidio o malhumor”.

“Soy la nieta mayor de los dos lados de la familia y pude gozar mucho de mis abuelos. Eso lo siento como un privilegio. Las dos abuelas me enseñaron a tejer crochet. Eran muy distintas entre sí y las dos eran maravillosas. La materna, María Elina Lainez Peralta Alvear, a la que le decía Chufita, era una señora muy elegante, que vivía entre Francia y la Argentina. Siempre iba atrás del calor: venía de diciembre a mayo y era una fiesta para mí. Era un mina muy criolla, paquetísima, prima segunda de Manucho Mujica Lainez (Manuel, el escritor) y descendiente de los Güiraldes. Era boina blanca y recontra moderna. Se murió joven y muy pronto para mí, porque no había cumplido mis 20. Era una reina”.

“Aquí estoy con mi abuela Chufita (madre de mi mamá), en la pileta de La Elina, en San Miguel del Monte, donde pasé todos los veranos de mi infancia…hasta los 13 más o menos”.

Avanzada la confianza mutua, los referentes de la infancia ya empiezan a sonar familiares y entonces, para ser clara, diferencia a una de otra como “la abuela flaca” (mamá de su mamá) y “la abuela gorda” (mamá de su papá), con la misma intensidad amorosa para cada una.

“Los veranos más felices de aquellos tiempos fueron en el campo de la familia materna, ‘La Elina’, en San Miguel del Monte… Yo andaba en mi padrillo blanco que se llamaba Tango, era duro de boca. Y también teníamos una petisa que era de mi hermano (Vane) y mía. Y juntamos los dos nombres y le pusimos Vanesa. Salir a cabalgar era la gloria para mí. Y como yo era 5 años más grande que mi prima mayor, del lado de los Cahen D’Anvers, me movía mucho sola. Y eso era un planazo”.

“Yo no sabía jugar de chica. Sentía, apenas me levantaba en el campo, que tenía que salir a trabajar. Y entonces me iba con Miguel Andreoli -el encargado- al gallinero a buscar los huevos, a las mangas… Vivía colgada de sus bombachas. Y a la tarde, sí, socializaba un poco más en la pileta. Y a la noche me dormía tempranísimo porque estaba fundida y aparte no había tele. Fueron tiempos muy felices”.

“Esto fue en mi primera comunión, cuando tenía 8 años”.

De chica vivió en la capital: “Me mudé muchas veces, siempre entre el Centro, Barrio Norte y Recoleta. Y en primer grado me mandaron al Northlands, el colegio de Olivos al que había ido mamá, y era un garronazo el viaje. Protestaba tanto por el tiempo que perdía entre ir y venir que un día la abuela le dijo a mamá ‘Pobrecita esa niña que sufre’ y me sacaron. Así que hice 1° superior y 2° grado en el Cinco Esquinas, luego pasé al Asunción, de monjas francesas, y en 7° volví al Northlands, donde también hice la secundaria. De ahí salí hace 45 años, mirá vos. Era un colegio piola, muy inspirador. Yo calculo que sigo siendo la misma de entonces, la Sandra que hacía lío”.

“No era la líder del colegio, ni mucho menos. No me hacía notar. Pero a partir de los 10 años, o ponele 11, cuando arranqué a tocar la guitara, empecé a tomar seguridad. Sí, guitarra mata timidez”.

“La tía Sonia fue un personaje clave. Era mi madrina, hermana de papá y moría de amor por mí. Y yo por ella. ‘Tía Sonia, ¿cuándo viene el show?’, le preguntaba cada vez que la veía. Era gran jugadora de golf, la acompañaba a jugar a Ranelagh, y siempre me llevaba a pasear. Y tocaba dos temas al piano que yo los cantaba en inglés y era un momento mágico para mí: Laura y I Got it Bad. Ahora que lo pienso, yo, finalmente, fui lo que ella hubiera querido ser”.

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“Un lugar importantísimo de mi infancia… Más que de mi infancia, de mi vida toda, te diría, fue la casa de la abuela Mamima (Delia Berro Madero), mamá de papá. Tuvo seis hijos y siempre que ibas había comida. Nunca faltaba la fuente con rejunte. Era en Montevideo 1780, la famosa casa del sótano de los Mihanovich, donde se armaban movidas geniales, fiestas, siempre con mucha música, con el proyector encendido. Era un espacio de encuentro maravilloso”.

Clan infantil Mihanovich: “Esto fue en el jardín de la casa de Mamima, con mis primas Nadia e Inés María. en el medio, mi hermano, Vane. Y yo soy la más grande”.

“Ella era la abuela gorda. Siempre estaba cocinando, tejiendo o sentadita frente al televisor. No me la olvido más, con sus siestitas de 15 minutos en el sillón y la tele prendida”.

“Acá estoy con mamá, en la misma pileta en la que estaba con la abuela Chufita, unos años después. Esta foto, creo, es de una nota de una revista, en plan familiar, con mamá, papá y mi hermano”.

Hija de una madre preciosa, como es Mónica Cahen D’Anvers (periodista emblema de la TV argentina), Sandra cuenta que “mamá pensaba que ella era horrible al lado de su mamá. Yo nunca tuve mambo con la estética, salvo que toda mi vida me sentí gorda y ahora veo fotos de mi juventud y digo no puede ser, cómo podía pensar eso. Igual, una de mis frases favoritas es que todo tiempo pasado fue más flaco”.

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“En general no sufrí bullying. Sólo tuve una dificultad en la secundaria: mi vieja me cortó el pelo bien cortito porque yo protestaba cuando me lo desenredaban. Me lo cortó garçon, imaginate. Cuando empezó a crecer, era una cosa tremenda y ahí me gané el apodo de ‘Virulana’, hasta que al tiempito pude dominarlo con una hebilla y listo, se acabó la cargada”.

“Yo era feliz vestida con la túnica del colegio. Me acuerdo que mi abuela flaca me traía de Europa ropa divina que me daba vergüenza usarla. Y mamá, cuando fue a los Estados Unidos a hacer lo de la Luna (se refiere a la cobertura de Mónica en 1969 para el viejo Canal 13, desde Houston, sobre el primer alunizaje), me trajo unos pantalones Oxford imposibles de usar acá en esa época. Me los dio y me largué a llorar. No sé si alguna vez me los puse. Me parecían un espanto”.

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“Mamá fue mi mejor amiga. Hasta entrada mi adolescencia hablaba de todo con ella, teníamos una relación maravillosa. Igual que ahora: nos queremos y nos protegemos mucho. Ella está muy bien con César (Mascetti). Por la distancia (bien en San Pedro), nos vemos menos de lo que nos gustaría, pero el afecto está intacto”.

“De los sabores de aquella época me quedaron el del dulce de leche casero que hacíamos en una casa de Bosch, cerca de Balcarce, donde pasaba 10 ó 15 días en los veranos. Me paraba arriba de un banquito a revolver. También hacíamos caramelo sobre una mesada. Y muy puntualmente recuerdo los tallarines de Elba, cortados a cuchillo, con un tuquito medio chirle, suavecito. Elba era la esposa de Miguel, el encargado de La Elina. Bueno, ahora me viene a la memoria, también de ella, el flan de 12 huevos. Se ve que todo lo que comía era rico”.

Encantada con eso de volver a las raíces y hacerse cargo de lo que reencuentre, se mete en los laberintos de la memoria y jamás intenta escaparse por arriba. Afuera de esa cápsula del tiempo la esperan los ensayos de Únicas, el musical que el jueves 19 de este mes estrenará junto a otras artistas en el Broadway -con dirección de Valeria Archimó y Anita Martínez-, pero elige estirar el tiempo y volver por un rato a la que fue.

“Entre mis golosinas favoritas estaban la Vaquita, que la comprábamos en La Martona, parada obligada camino a Monte. También los bloquecitos de chocolate Suchard, los Sugus masticables y los helados Laponia. Y, mirá este dato, la casa de mi tía Elvira, en Monte, tenía una fuente en el hall llena de los medallones Nestlé, que venían en un tubo… Eran mi perdición”.

El tubo de los medallones de chocolate Nestlé, la misma golosina de la que Susana Giménez era fan, según contó hace unas semanas en esta sección.

“Crecí sabiendo el valor del dinero. Por eso ahorraba. Nunca me faltó nada, pero de chica aprendí que la plata se ganaba laburando. Yo jugaba al hockey en un club de Don Torcuato y quería que me compraran los botines Adidas. Pero no, primero tuve los Sacachispas. Y más adelante sí llegaron los otros. Pero de esas cosas del esfuerzo y del valor del dinero no me olvido más”.

“Tuve una infancia lindísima, de poder darme gustos, de privilegios, de felicidad. Calculo que terminó a los 14, cuando mamá me dice que se va a separar de papá. Me acuerdo que le dije ‘Ah, bueno’. Porque yo lo presentía. Tenían una relación cordial, pero nunca les vi gestos muy afectuosos”.

Sandra es, lejos de esa imagen, la manifestación afectiva en todas sus formas.​

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