Rompan todo: lo que quedó afuera del documental de Netflix



Riff, una de las grandes ausencias de Rompan todo, la serie documental de Netflix que repasa la historia del rock latinoamericano

Estrenada el miércoles 16 por Netflix, la miniserie Rompan todo: la historia del rock en Latinoamérica se propone la ambiciosa tarea de enhebrar un relato de cómo desde México a Buenos Aires fue adaptada la cultura rock anglo desde los tiempos apenas posteriores a la irrupción del rock & roll a los comienzos del siglo XXI. Si bien el documental define su campo de acción en toda la región, el repaso se circunscribe a los países de habla hispana sin contar a Brasil, cuyo peso en el género ha sido significativo desde la influencia de la psicodelia en el tropicalismo (Os Mutantes) a la de la MPB (Música Popular Brasileña) en el jazz-rock de la segunda mitad de los 70.

Producido por Gustavo Santaolalla, quien se convirtió desde los años 90 en referencia global del así llamado “rock en español”, Rompan todo vertebra la historia del rock en Argentina, México, Chile, Colombia, Uruguay y Perú desde la oposición dialéctica con las dictaduras militares que gobernaron la región entre fines de los 60 y hasta bien entrados los 80. Es una mirada sobre como un lenguaje originado en los Estados Unidos fue desviado en estas latitudes como una forma no subordinada a la cultura oficial aunque, con el tiempo, fuera asimilada y celebrada desde el poder.

Dividido en seis capítulos, el documental hace foco en algunos artistas y escenas dejando al costado del camino a nombres fundamentales. Esta playlist cumple en sumarlos siguiendo el canon narrativo de Rompan todo: resistencia sociopolítica, letras en español, apropiación rockera de la(s) música(s) popular(es) y el salto al mainstream continental.

“Oye como va” (Santana, 1970). Puede aducirse que Carlos Santana (Jalisco, 1947) se consagró en tierra gringa cuando su banda homónima impactó en el Festival de Woodstock y es cierto: antes de que se consolidaran las escenas rockeras de México y Buenos Aires, el guitarrista ya sonorizaba la contracultura estadounidense. Sin embargo, sus dos primeros éxitos fueron “Oye como va” y, sobre todo, “Samba pa’ ti”, donde metió al idioma y la cultura latinoamericana en el oído anglo. El concepto de “Oye como va” de electrificar un mambo de Tito Puente de 1962 es la columna vertebral de la apropiación rockera de los folclores en Latinoamérica y salta a la electrónica con los Nortec Collective. Fuera de eso, Santana se consagra como un Hendrix chicano en la extensa gira (subida a YouTube) que lo trajo a Buenos Aires en octubre de 1973 luego de pasar por México, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Venezuela, Colombia y seguir a San Pablo, Río y Brazilia. Una especie de libertador de la Latinoamérica rocker. La gira no estuvo exenta del espeso clima político que la miniserie documenta. Su show en Bogotá, por caso, fue un combate entre los fans y la policía militar.

“Esa cosa” (Eduardo Mateo, 1972). Siendo que la miniserie toma su nombre del hit “Break it all”, de Los Shakers de Montevideo se vuelve casi grosero que se pase por alto a un compositor y líder de la escena como Eduardo Mateo. Una figura capaz de encontrar el punto exacto entre João Gilberto (de nuevo, sin Brasil no se termina de armar el rompecabezas) y Lennon-McCartney que marcó a fuego a Rubén Rada, Hugo Fattoruso, Jaime Roos y, de una forma radical, a Juana Molina. Fue su padre, el cantante de tangos Horacio Molina quien mantuvo a Mateo, una suerte de Diógenes montevideano, mientras grabó el álbum Mateo solo bien se lame en Buenos Aires. Solo con su guitarra era capaz de un tipo de canción mántrica única, como si su encordado se continuara en la atmósfera de la capital uruguaya. Una de las especies que se escapó del radar de David Byrne (en su faceta de productor-mecenas del Tercer Mundo) alumbró también el candombe beat, una idea casi contemporánea a la de Santana (según Roos, anterior) con El Kinto. Murió en 1990 convertido en vida en una leyenda similar a la de Tanguito en Buenos Aires.

“Sueño con serpientes” (Silvio Rodríguez, 1975). La Revolución Cubana, fuera del breve coqueteo de los poetas beatnik con Castro, ponía bajo sospecha cualquier producto de la cultura estadounidense como factor contrarrevolucionario. La Habana no fue lugar para el rock sino hasta que a principios de los 90 se inauguró el Parque John Lennon y los Rolling Stones dieron su recital masivo y gratuito en la capital cubana, en 2016. A Silvio Rodríguez no hay que incluirlo en esta lista por ser desafiante para el poder de su país sino porque en su carácter de voz de la Trova proyectaba destellos de la utopía en los jóvenes del resto del continente aún cuando la revolución fuera una causa perdida. Y aún así se lo estaría reduciendo, acotando. Como la miniserie muestra, el concepto de “rock” en Latinoamérica es elástico y adaptable. Rodríguez formaba parte del consumo de la música popular pero su influencia en los compositores rosarinos, la Trova, de principios de los 80 (Páez, entre otros) es indudable. Y “Sueño con serpientes” no es precisamente folclore sino el pasaje del son cubano por la hipnosis de la psicodelia. Es manifiesta la influencia que Rodríguez tuvo del ensamble folk psicodélico escocés The Incredible String Band, un secreto a voces también en Buenos Aires. Su participación conmovedora en “Ojos color sol”, de Calle 13 (2017) lo sitúa en el contexto de la serie.

“Pantalla del mundo nuevo” (Riff, 1982). Si uno de los ejes del canon es la represión hacia el público de rock no se entiende a Buenos Aires a comienzos de los 80 sin, ni siquiera, un cameo de Riff, el grupo con el que Pappo se reinventó del hard rock a una suerte de rock & roll metálico para Blade Runner. Riff convocaba tanta gente como Serú Girán hasta que los episodios de violencia entre los fans y la policía paralizaron (listo para hacer pie en España) al grupo tras el desastre en la cancha de Ferro. No sólo eso sino que eran boicoteados en provincias por donde las autoridades políticas y religiosas les tenían negado el paso (por no hablar de los productores). Los primeros en hacer un Obras sin sillas, los Riff rehabilitaron el “Rompan todo” de Billy Bond creando en toda Argentina la subcultura metálica. “Pantalla del mundo nuevo”, una crónica apocalíptica tocada como un machacante blues de Chicago, refleja el estilo de cómic que tenían. Antes de que Soda Stereo perfeccionara la forma, Pappo y sus muchachos de cuero negro explotaron el video clip aprovechando el espacio en un programa llamado Música Total. Desde una perspectiva nada glamorosa, La Renga, en los 90, recapturó ese público devoto de la velocidad.

“Trátame suavemente” (Los Encargados, 1986). Junto con V8, Los Encargados fueron el grupo más castigado por el público tardo-hippie del segundo BARock (1982). Además de que en el documental no se registra el evento (sobre todo el primero: fundacional) se pierde de vista que con Los Encargados aparece el synth-pop en Latinoamérica (explotado de otra forma por Café Tacuba y Los Prisioneros) y una figura como la de Daniel Melero cuya influencia en la reinvención de Soda Stereo a partir de Canción Animal (1990) fue decisiva. “Trátame suavemente” fue, de hecho, estrenada por Soda en su álbum debut de 1984 en una versión de guitarra, bajo y batería que adaptaba el tecno-pop original. El álbum Silencio se editó también en México, en 1987.

“Sucio Gas” (Ratones Paranoicos, 1988). Cuando Keith Richards visitó Buenos Aires en 1992 no entendía cómo era posible un público que profesaba una suerte de credo a los Stones al otro lado del mundo. La aparición de los Ratones Paranoicos en la segunda etapa del under de los 80 puso en escena un culto que había crecido a la sombra de los paradigmas (Beatles, primero, folk y rock progresivo después) relegando a los Stones a un raro consumo de nicho. Así es como no fue solo la música, sino un look y estilo apartados del rockismo hippie que se constituyó como lo “stone”, una subcultura única en el mundo. Pero Ratones Paranoicos no eran una banda cosplay sino que canalizaron el sonido amenazante de Lou Reed, Iggy Pop o los Sex Pistols. Ya para su segundo álbum, Los chicos quieren rock (1988) habían conseguido un clásico indeleble del rock & roll argentino. No un ejercicio retro sino la puesta al día de un sonido despreciado antes por crudo y directo. Más aún, Juanse se salía del molde del letrista de rock y blues con visiones cinematográficas alucinadas. No eran, claro, el tipo de banda que Santaolalla podía moldear para su proyecto. Sí está Juanes, su anagrama colombiano con esa rara prehistoria metálica. Attaque 77, también ausente en el documental, vehiculizó de forma similar el culto under a The Ramones.

“Robó un auto” (Hermética, 1991).Rompan todo no solo encuadra sus momentos en compás con las dictaduras sino que fija la cámara en democracias horadadas por la corrupción como las de Carlos Menem y Carlos Salinas de Gortari en México. Ese es un nuevo filón para el recorte del rock como “resistencia” donde brilla por su ausencia la irrupción de Hermética con el álbum Ácido argentino, cuya tapa exhibía un pastiche antiimperialista y amerindio paradojal para un grupo de thrash metal. El cimarrón heavy Ricardo Iorio profundizaría todavía más esta faceta con el visionario Víctimas del vaciamiento (1994). Hermética había heredado la mística callejera de V8 y le disputaba el centro de la escena metálica a Rata Blanca que había cruzado el puente al mainstream. Pero la atención de la miniserie hacia el heavy metal es mínima (tampoco sabemos nada de los contemporáneos mexicanos de Brujería) y la oposición al menemismo-delarruísmo se centra en la agrupación Bersuit Vergarabat cuya “denuncia fiestera”, tal como definió Pablo Schanton en 1998, fue amplificada en el continente por la producción del mismo Santaolalla. La marca de Hermética es duradera: la voz de castrati poseso de Claudio O’Connor sobre los textos neo criollistas de Iorio es ineludible para cualquiera que se inicie en el género.

“¿Dónde están los ladrones?” (Shakira, 1998). Antes de convertirse en una odalisca provocativa para alimentar la fantasía global de la mujer latina, Shakira transitó por un estilo de pop-rock que no difiere demasiado del de Aterciopelados (sinónimo de Colombia para Rompan todo). Aquí, donde se espejaba en la canadiense Alanis Morisette, se la escucha en ese ulular característico que resultó una inspiración para muchísimas chicas latinoamericanas en el tránsito al siglo XXI. Consiguió la misma hazaña que Santana con “Samba pa’ ti” al romper la fría barrera del chart inglés y es la única artista de, otra vez, “rock en español” que aparece entre los 500 mejores discos de Rolling Stone actualizada en 2020. Está en el puesto 496, casi cayéndose de un ranking por demás polémico, con este mismo álbum ¿Dónde están los Ladrones? previo a su proyección en el espectáculo como la Madonna de los Andes. Su matrimonio con Antonio de la Rúa la ligó al poder político argentino.

“Homero” (Viejas Locas, 1999). Una aproximación al fenómeno social de Los Redondos, dejando de lado la peripecia artística que los sostuvo en el under entre 1978 y 1989, abre el foco del documental para la exploración de la Argentina entre el default y la tragedia de Cromañón. Es ese el territorio del rock neorrealista de los 90 enfocado en Los Piojos pero que deja afuera a su bardo (en el sentido antiguo y lunfardo) más brillante y trágico. Si hay que entender la realidad social de la Argentina en esos años se recomienda escuchar a Pity Álvarez cantando el rock mid-tempo de “Homero”, un fresco sensible que no necesita de explicit lyrics (“vení agarrala que está dura”) sino que, más cerca del Moris antihippie de “Pato trabaja en una carnicería”, traza el racconto de un trabajador al que no le alcanzan ni el sueldo ni el cuerpo para vivir.

“Perfecta” (Miranda!, 2007). Cromañón y la muerte de Gustavo Cerati cierran el capítulo argentino: puro luto. Sin embargo, desde el comienzo del nuevo siglo la aparición de Miranda! consiguió aunar la cultura dance con la mejor tradición pop de los 80: Soda Stereo, Los Abuelos de la Nada y Virus. Ale Sergi convirtió los recitales de su grupo en una fiesta y el rumor los puso muy pronto en el mainstream apoyados por una videografía notable. El melodrama y la telenovela colisionaron con canciones tecno-pop donde Migré y Almodóvar se daban la mano y convirtieron a Miranda! en la mejor banda pop que haya salido de Argentina desde 2000. No solo hicieron el crossover continental (aquí cantan junto a Julieta Venegas) sino que fueron la banda de sonido del advenimiento LGTB. Y eso también es (muy) político.

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