Roly Serrano: confesiones del hombre que se levantó cien veces



Ocurrió en París. Acababa de terminar una función de La gaviota, de Chéjov, en versión de Daniel Veronese, y apareció Gérard Depardieu, con Marilú Marini como traductora. “Sueño con hacer Cyrano de Bergerac, maestro, pero después de verlo a usted…”, le dijo tímido Roly Serrano a Depardieu. Con un movimiento nasal de los suyos, el dueño de la nariz más famosa del mundo le regaló un certificado invisible: “Después de ver lo que hiciste recién en el escenario, lo vas a hacer mejor que yo, Rolando”.

Ocurrió en La Boca: Roly salía de la ducha enjabonado cuando enfrentó “no un casting sábana sino un casting toalla”. Lo llamó por Skype el director italiano Paolo Sorrentino y le pidió urgente ver su cuerpo para comprobar si era el Diego Maradona que buscaba para su película La juventud. Parado como “El Diez”, Rolando miró a la cámara y del otro lado Sorrentino gritó: ¡Mamma mia! ¡Questo é Diego!”. Acto seguido, le enviaron el pasaje a Suiza y le pintaron un Karl Marx en la espalda.

Nunca pensó Rolando que salir de Guachipas, Salta, iba a implicar tantas zancadas. Nunca soñó con limusinas ni champagne y sin embargo se los ofrecieron gracias a sus máscaras. Filmó al pie de los Alpes con Sorrentino y Harvey Keitel y lo hospedaron en habitaciones cuya tarifa por noche podía igualarse al costo de vida de Roly en seis meses. Vivir en los extremos le enseñó el equilibro. De “comer cartón para engañar al estómago” alguna vez a conocer la opulencia. “Jamás perdí la cabeza por lo material. Jamás tendría una casa del tamaño que no pueda limpiar yo solo”, explica confinado a dos cuadras de la Bombonera.

Roly Serrano (Prensa)

“Ahora más que nunca me doy cuenta de que no necesito ir corriendo tras tantas cosas”, dice mientras toma mate en su patio. La versión aquietada de Serrano es producto de un alma curtida en 65 años. Pocos actores atravesaron una vida “tan honda”. Roly conoció el abandono y la violencia familiar, deambuló por las calles, lloró, odió, rozó “el fondo” varias veces. El teatro lo invitó a una vida “lúdica y digna”. 

La soledad de su aislamiento pandémico no es distinta de la otra, la de la vieja “normalidad”. Viudo, con su hijo viviendo en Barcelona desde hace cinco años, Roly aprendió a convivir con el silencio. “Trato de transformar el miedo al coronavirus en responsabilidad y cuidado. Soy paciente de riesgo, un tractor viejo que se tiene que cuidar. Y entiendo que hay muchas cosas del afuera que no me hacen falta. Es simple: es como cuando te arreglás para cocinar con lo que tenés y sale igual un rico plato”.

-¿Sufriste algún “encierro” parecido, te recuerda esto a algún momento de haberte “guardado”, de haber pausado la rutina?

-Distinto, pero me recuerda tal vez al accidente de auto viniendo del Festival de Teatro de Córdoba. Manejaba yo. Tenía 26 años. Hacía un calor tremendo, sufrí una lipotimia, venía en una recta y choqué. El auto quedó destruido, falleció la actriz que me acompañaba. Fue durísimo. Me salvé, por fuera no tenía heridas, el tema eran las heridas de adentro. Estuve dos meses internado. Ese fue un encierro con visitas, pero terrible.

Roly Serrano como Diego Maradona en “La juventud”, de Sorrentino.

-El último tiempo estuviste volcado a la política, fuiste precandidato a diputado provincial en Salta. ¿Vas a seguir intentando o tuviste suficiente con esa experiencia?

-Fue interesante el proceso de intentar hacer política. Es un mundo en el que entendés que unos tienen intencionalidad social profunda y otros usan la política para dar pasos personales. No me desencantó, porque la vida es política, todo es político, y el no involucrarse también implica que los que tienen malas intenciones ocupen lugares. Yo sentí que estaba preparado, pero cometí un error.

-¿Cuál?

-La soberbia de creer que el afecto y el respeto de la gente por mi forma de pensar alcanzaba. Entonces empezás a descubrir que todo es un gran aparato y que alguien te puede dar la mano o retirarla. Yo iba a Salta y no podía caminar de la gente que se me acercaba cariñosa, pero de pronto no hice la campaña como se debía porque trabajando en teatro en Buenos Aires no daba el tiempo. Hice un campañón con nada. Eso sí, gasté mis ahorros.

-¿Todos?

-Es que lo que significaban los pasajes, la estadía, moverme, era mucho. Alguno se acercaba a decir: “Te ayudo”. Pero yo pensaba: “¿Después qué me va a pedir?”. Hoy estoy sobreviviendo. Agradecido de los cercanos que vienen a dejar una bolsa de supermercado. Y me achiqué. Tenía la suerte de tener una camioneta de alta gama y la vendí para tener un autito. Tuve una entrada con el espectáculo Los catedráticos (por streaming, con el “Puma” Goity, Daniel Aráoz y Coco Sily). No puedo quejarme, me las arreglo.

-En viejas entrevistas decías que tu gran deuda era la salud, cuidarte. ¿La pandemia ayudó para empezar a saldar eso?

-Bajé cerca de 20 kilos. Este tiempo me llevó a elegir mejor los alimentos, siento que el cuerpo me está diciendo “gracias” todos los días. Quizá la deuda hoy sea dejar el cigarrillo. Intento, pero me está resultando difícil en medio de la soledad y la ansiedad.

Roly Serrano como Maradona en “La juventud”, de Sorrentino.

Mucho queda de ese titiritero que fue por una década, que moviendo sus manos llegó hasta festivales de Hungría y vivió tres meses en Barcelona. Su primera ruptura de “cascarón” nacional data de 1983, cuando se embarcó hacia Tolosa, País Vasco.

El hombre que prestó el cuerpo a “El Sapo” de El marginal celebra más que cuatro décadas de oficio: de “salvación”, del arte escénico moldeando las emociones negativas y “emparchando” las carencias. Creció sin madre, con la idea de que ella había muerto hasta que de adulto una señora se presentó al final de la función de Áryentains para decirle “soy tu hermana”.

El reencuentro con su madre y la construcción de un vínculo hizo de Roly “una nueva persona”: “Es hermoso poder saber quién sos, de dónde venís. Desarmé viejas estructuras, me abrí, me sentí más seguro. Hasta entonces había construido una vida arriba del agua”.

Roly Serrano en “El marginal” como “El Sapo”.

“A los 12 me había mudado a lo de mis tíos y fui un niño violentado, me refugié en la calle. Todo empezó a cambiar cuando tuve que hacer la colimba, tres meses antes del Golpe de 1976. Yo no tenía idea de qué estaba pasando, pero ahí adentro terminé el secundario, empecé a militar en el Partido Comunista, me anoté en Abogacía”, cuenta movilizado.

Las leyes que lo esperaban eran otras, las del teatro. Con el grupo Teatro Abierto trabajó como maquinista, hasta que en 1981 Rubens Correa lo becó para aterrizar en Buenos Aires. “Yo era un paria y encontré un lugar. Ese lugar me limpió. Pude haber sido un resentido, pero no, la literatura, leer, me modificó, me hizo discernir lo bueno de lo malo, me aclaró las ideas, descubrí que necesitaba expresarme. No había tenido niñez y empecé a jugar. Todo eso que tengo adentro cuando actúo lo transformo”.

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