Rimini celebró el centenario de Federico Fellini, su hijo dilecto



Rimini, el famoso balneario del centro de Italia sobre el mar Adriático a 340 kilómetros de Roma, se convirtió este lunes 20 de enero en una “ciudad de ensueños”, como le hubiera gustado a su hijo dilecto Federico Fellini, uno de los más grandes directores de la historia del cine mundial, que nació hace exactamente cien años.

Rimini era considerada por Fellini “una dimensión de la memoria”, que incorporó en varias de sus películas, sobre todo la obra maestra Amarcord, que le permitió ganar el cuarto de los cinco premios Oscar con que lo homenajeó Hollywood.

Su extraordinario mundo onírico, hecho de imaginación y sueños, estaba estrechamente vinculado en sus recuerdos a la ciudad que consideró “un pasticho confuso, temible, tierno, con este gran respiro, el vacío abierto al mar”.

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Una muestra en tres grandes espacios, que comprenden un castillo-fortaleza del siglo XV, el Palacio Vallini del siglo XVIII que comprende el mítico cine “Fulgor” -donde Federico cuando era chico vio su primera película-, y un área urbana llamada para la ocasión “Plaza de los sueños”, que acumula escenografías, proyecciones de sus películas más importantes, instalaciones y muestras inéditas de filmados, fotos e inéditas joyas, como los cuadernos en los que el maestro Nino Rota, autor de la música de la mayoría de sus películas, tomaba apuntes de lo que Federico le refería desordenadamente para componer después la maravillosa música que acompañó el genio cinematográfico felliniano.

Muestra “Fellini 100” en el castillo Sismundo: vestuarios de la escena del desfile de moda eclesiástica en “Roma”, una de las emblemáticas películas del genial director italiano. Foto: Víctor Sokolowicz

Dos orquestas sinfónicas rindieron domingo y lunes tributo a Fellini, ejecutando la mejor música clásica, pero también las piezas escritas por Nino Rota para las películas del gran Federico, que decía: “Nada es verdadero o falso, todo se imagina”.

Fellini cambió Rimini por Roma a los 18 años, pero nunca se fue del todo, Amaba a su ciudad a la que llamaba que llamaba il mio paese, mi pueblo. Mostró en su arte la nostalgia y el cariño que sentía por su lugar natal, donde nació un 19 de enero de 1920.

En las películas siempre hacía referencia, con sus juegos oníricos, a los lugares de su infancia y adolescencia. En los estudios de Cinecittá, en Roma, la gran fábrica de sueños del cine italiano que era su segunda casa, reprodujo el cine “Fulgor”, la plaza Cavour que es el centro de la ciudad, el Grand Hotel y otros lugares de Rimini.

Fotos inédictas de “La Strada”, el célebre filme de Federico Fellini, en la muestra “Fellini 100”. Foto: Víctor Sokolowicz

En Los inútiles, recreó su vida de muchacho provinciano y mostró escenarios naturales de Rimini, del mar que adoraba, sobre todo en los inviernos, y al que volvía con frecuencia con su esposa, Giulietta Massina, para hacer grandes paseos y alojarse en el Gran Hotel que también fue escenario en tres películas.

Federico Fellini con su esposa Giulietta Masina en el Grand Hotel de Rimini. Foto: Víctor Sokolowicz

La gran muestra fellineana parte del castillo Sismondo en torno a tres núcleos. El primero cuenta la historia de Italia a partir de los años ’20 a través del imaginario de Fellini. El segundo está dedicado a sus grandes colaboradores, entre ellos con el “Fondo Nino Rota”, el célebre compositor de sus películas. En todos los casos se exhiben textos, fotografiás, filmes y otros materiales que revelan cómo funcionaba la colaboración entre el Mago (como lo llaman los norteamericanos) y los que lo ayudaban a realizar su proceso creativo.

En otro sector se proyectan escenas de La Strada (la Calle), la película que le dio su primer Oscar, en 1954, y que consagró a su mujer Giuletta Massina, en el papel dramático de Gelsomina.

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Entre las muchas instalaciones que se presentan, no falta el célebre desfile de moda eclesiástica de Roma, un filme de 1972. Se pueden apreciar las fantasías inventadas por Fellini y sus colaboradores, que incluyen un fantástico Papa en la silla gestatoria (esa silla provista de dos travesaños para ser llevada en hombros), indumentaria de obispo con luces, los patines que usaban dos cardenales y las bicicletas de “dos curas del campo”.

El cine Fulgor hoy, a cien años del nacimiento de Federico Fellini. Foto: Víctor Sokolowicz

También hay una gran pantalla que se puede “hojear” electrónicamente y exhibe el Libro de Sueños de Fellini, que eran sus dibujos reunidos en un volumen durante muchos años.

Pese a la jornada invernal en la que no faltó la lluvia, muchos turistas llegaron a Rimini para no perderse la jornada, que incluyó un desfile de payasos, saltimbanquis, bailarinas y otros personajes circenses, que recogieron la intensa atracción que Fellini sentía hacia el mundo del circo desde chico y que inmortalizó en la película I clowns (Los payasos). Y hubo también una torta de tres mil kilos.

Las muestras son la base del Museo Internacional Federico Fellini que será inaugurado en diciembre próximo.

Murales con temas fellinianos en las calles del antiguo borgo de Rimini: La voz luna. Foto: Víctor Sokolowicz

Hasta marzo se podrán ver las exhibiciones, que serán presentadas después en el palacio Venecia de Roma, sede habitual de los grandes acontecimientos de arte en Italia. La muestra que se inauguró este lunes en Rimini hará después una larga gira por el mundo que incluirá Buenos Aires, en una fecha que aún no se ha fijado.

La muestra itinerante Fellini 100 se puede en parte ver en el Palacio Sismondi, con sus salas convertidas en los “sets” de las películas, que cuentan con un excelente despliegue tecnológico el camino que siguió el maestro de 8 y ½, considerada su mejor “capolavoro”, donde se narra la crisis existencial y creativa de un director de cine que es él mismo.

El cine “Fulgor” fue salvado del ocaso y el cierre gracias a su ilustre espectador. Reabierto en 2018 tras una restauración dirigida por el italiano Dante Ferretti, premio Oscar a la escenografía, amigo y colaborador de Fellini, se puede en estos días ver todas las películas salidas de la galera felliniana en las dos salas del cine, dedicadas a Federico y a Giulietta.

Del cine se puede ir caminando al viejo borgo San Giuliano, barrio de pescadores cercano al puente de Tiberío, donde los bólidos que corrían las Mil Millas pasaban a todo gas por Rimini, como Fellini recuerda en Amarcord.

Una imagen de Marcello Mastroianni, en “La dolce vita”, el clásico de Federico Fellini, en la muestra “Fellini 100”. Foto: Víctor Sokolowic

Las casas, pintadas en tonos fuertes que hacen recordar a la Boca, han sido en parte cubiertas por grandes murales en el que artistas locales de variado talento han retratado a los personajes y las escenas de las películas más famosas de Fellini. Entre ellas, sobresale en el gusto popular la escena de Marcello Mastroianni con Anita Ekberg juntos en la Fontana de Trevi de Roma en La dolce vita.

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El viaje a pie de la nostalgia y la fascinación lleva a la estación ferroviaria, que aparece en tres filmes fellinianos. De allí es obligado visitar el cementerio, donde en el ingreso reposan los restos de Federico, Giulietta y Pier Federico, el hijo que tuvieron muy jóvenes y que no pudo sobrevivir a una neumonía a las tres semanas de nacer.

La tumba se encuentra bajo una gran obra en bronce del escultor Arnaldo Pomodoro, que evoca la proa de una nave que apunta al cielo y que recuerda al transatlántico “Rex”, que es otra de las escenas de Amarcord.

Yendo hacia la playa se arriba al legendario Grand Hotel, otro escenario de sus películas. Cuando visitaba Rimini, Fellini siempre ocupaba la suite 316. En marzo de 1993 había recibido el quinto Oscar, a la carrera, y en junio fue operado tres veces en Zurich por un aneurisma de aorta con complicaciones. En junio se encontraba convalesciendo en Rimini, En la suite 316, mientras se ponía unas medias especiales, sufrió el ictus cerebral que marcó el comienzo del fin. Lo encontraron inerte, lo trasladaron a un hospital especializado. Había mejorado y regresó a Roma. Proyectaba pintar y quería alquilar un atelier, pero en octubre sufrió el ataque definitivo. Internado en el policlínico Umberto I, murió el 31 de octubre de 1993.

Marcello Mastroianni y Federico Fellini, en los murales hechos en las calles de Rimini. Foto: Víctor Sokolowicz

Rimini no lo olvidó nunca. La “ciudad de ensueño”, la “región del alma”, como la llamaba, a la que sentía con una dimensión mítica, pues es la tierra a donde se desea siempre regresar, ama intensamente a Federico, porque la reconstruyó como una idea de belleza, nostalgia y ternura.

Y ahora que pasaron cien años desde que llegó Fellini, la ciudad no lo despide. Al contrario, llena de vida y sueños fellineanos, los espacios que Federico amaba recordar, lo vuelve a convocar, le demuestra que para Rimini el hijo dilecto es eterno.

WD

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