Ricardo Talesnik: “Le tengo más miedo al coronavirus que a la Dictadura”



Que el coronavirus remite a La peste, de Camus. Que por el reflejo de un mundo hipercontrolado, 1984, de Orwell, fue un libro más que ominoso. Que Foucault también se reactualiza por Vigilar y castigar. De La fiaca, obra de nuestro Ricardo Talesnik, nada de nada, ni una sola palabra sobre el estado con el que se nombra la consecuencia más lógica del confinamiento.

De eso no se habla: la pereza alargaría la vida, pero la cuarentena sólo sirve para ver teatro online a la gorra.

Camus murió. Orwell y Foucault, también. Vivito, y quizás coleando, a sus 84 años, Talesnik da vueltas como un león enjaulado en su living apenas más grande que él.

Es el autor de La fiaca, “pieza-emblema” que se estrenó en 1967 y dos años más tarde pasó al cine con Norma Aleandro y el papel consagratorio de Norman Briski.

Un día un hombre decide no ir a trabajar porque no quiere. Su madre, esposa y compañeros de trabajo reaccionan de una forma exagerada.

El autor Ricardo Talesnik. Dice que “La fiaca” no estuvo pensada en principio como una pieza antisistema.

Talesnik es sorprendido por este cronista mientras le pasa una franela al bronce de su cama.

“Dicen que el bicho también se puede contagiar a través de ciertos metales. Estoy muy maniático con el tema”.

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Lejos de su molicie constitutiva, el autor cuenta que nunca estuvo tan activo en su vida de interiores, donde (sobre)vive aislado junto a la psicóloga Marta Lucioni, su esposa, quien a esta misma hora anda teletrabajando con pacientes varios.

Este es Talesnik: “Ya sé cocinar, lavo platos profesionalmente, saco la basura, desinfecto picaportes, limpio el piso….”

La empleada que ayudaba en el domicilio brilla por su ausencia. “No puedo hacer fiaca. No me dejan. Los primeros días de la cuarentena, te soy franco, vi la fiaca total y absoluta en mi horizonte cotidiano, y eso me gustó. Pero los días me fueron llevando hacia otro lado. Poner la bolsa de la basura es una tarea nueva. No me avergüenza decirlo. Hago cosas que no sabía. Me siento completamente abrumado. Necesito un director técnico”.

Ricardo Talesnik trabaja en una actualización de “La fiaca”, a la que cambiará el nombre. Foto: Juan Marcelo Baiardi

-O un tutorial para abrir bolsas de residuos…

-Abrir la bolsa de basura es un desafío, nunca encuentro el lado apropiado. Y cuando vienen enrolladas, tampoco es fácil saber el límite entre una y otra.

Cuando termine de hablar con nosotros, le toca sacar la ropa a ventilar. “Aprovecho el sol”, dice echándose litros de alcohol en gel. “Estoy muy informado, demasiado… Las manos. Nunca tuve tanta conciencia de ellas. Las lavo unas 15 veces por día. Se me convirtió en un TOC. El barbijo lo estrené hace poquito. Te juro que me siento en la piel de un judío que no podía caminar por la calle. Fui a darme la vacuna contra la gripe. Salí a la calle. Corrí peligro”.

-¿Estás siendo irónico?

-Para nada.​

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-¿Cuándo no limpiás, qué hacés?

-Terminé de escribir una primera versión de una obra donde el protagonista es un tipo que se despierta con la voz de la muerte que lo viene a buscar. ¡Imaginate cómo estoy! Es un unipersonal. Cuando empezó lo del coronavirus, mejoré el papel de la muerte y la volví más coprotagonista. El miedo es hijo de la muerte en esta obra.

-Estás asustado.

-El peligro de muerte real merodea. No puedo hacer nada. Me siento impotente. Estamos a merced de la muerte. No importa qué país creó el virus, ni si es político o económico, todo es posible, pero resulta de un impacto fenomenal y hace que uno tome más conciencia acerca de la idea de finitud. La finitud es la tragedia de la vida. No sé lo que va a pasar.

-¿De dónde salió la idea de escribir La fiaca?

-Las cosas que hice a propósito, nunca me funcionaron. Lo que salió sin querer es lo que valió. Por ejemplo, escribir. Yo no quería escribir, no soñaba con eso. Veía muchas películas y sin darme cuenta empecé a bocetear cosas que mostraba, y gustaban. Un día hice una variación del tango Volver, cambiando la letra para pedir un aumento de sueldo, y me lo dieron. Yo trabajaba en el viejo diario La Razón, en la parte de Relaciones Públicas, no era periodista. Así empecé a escribir. 

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-“La Fiaca” se leyó también como una obra “antisistema”: un hombre decide no ir a trabajar porque no quiere.

-Tampoco fue meditado. Estaba con fiebre en la cama, no me venían aceptando guiones de televisión y eso me fastidiaba mucho. Ahí se me ocurrió un personaje que no quiere escribir más guiones para televisión. Así fue apareciendo el libreto, el tipo que no quiere laburar y decide quedarse en la cama.

-“Preferiría no hacerlo”, diría el Bartleby de Melville.

-Tiene algo de Bartleby, el escribiente, pero yo lo supe después, y después leí el cuento.

-Nadie quiere hablar ahora de hacer fiaca. Pareciera una mala palabra en este contexto.

-Sí, pero hay una fiaca suicida del que se deja estar. Eso es inevitable. La casa se llena de polvo, no te afeitás, te tirás la ropa encima. Yo empecé disfrutando no ir a las reuniones de junta directiva de Argentores, donde tengo que estar dos o tres veces por semana, pero cambié ese sentimiento inicial por un montón de miedos. Me llené de temores. A la muerte la tengo muy presente de chiquito. Mi vieja era hipocondríaca. Fui creciendo, ya no podría responsabilizarla a ella, lo cierto es que la tuve presente por diversas situaciones médicas a la muerte. Por un motivo u otro es algo que me fue acompañando.

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La escena más lograda de su famosa obra, según él, es cuando el protagonista juega a que es un chico. “El juego representaba la libertad de hacer sin que nadie te mande. Ahora estoy sometido a un jefe terrible, un jefe que me tiene cagando a mí y, literalmente, a todo el mundo”.

-¿El presidente Fernández?

-No, no, para nada. En más de 80 años nunca viví nada igual. Esto del coronavirus es un miedo que nos disciplina. Estamos presos sin barrotes.

-¿Te enoja la situación?

-La fiaca no es vagancia, es hacer lo que a uno le gusta. Estoy enojado por tener que quedarme en casa pasando lavandina y limpiando los pisos. Toqué una caja que vino de afuera y sentí la presencia enemiga. La toqué y me fui a lavar las manos inmediatamente.

-¿Y el humor social?

-Noto que hay que tener mucho cuidado con el humor. Se me ocurren cosas graciosas con esto, pero no es el momento de reírse.

-¿Tenés más miedo ahora que con la Dictadura?

-Yo no le tenía miedo. Le tengo más miedo al coronavirus que a la Dictadura. No estaba metido en nada raro en esa época. Siendo un tipo de izquierda, mi valentía, entre comillas, hizo que escribiera con Tito Cossa, Germán Rozenmacher y Carlos Somigliana El avión negro, una pieza sobre el retorno de Perón. Yo no estaba en ningún grupo violento. Era amigo de Paco Urondo –militante político, periodista, poeta y autor de La patria fusilada-, pero no sabía que él estaba en la guerrilla. En un momento me informan que rechazaron un libro de mi autoría porque decían que yo estaba prohibido. ¿Sabés qué hice?

-No.

-Fui hasta el edificio donde funcionaban los Servicios de Inteligencia del Ejército, me acerqué al mostrador, dije quién era y pregunté por qué me habían prohibido.

-¿Y?

-Me hicieron esperar en un cuartito de planta baja hasta que el mismo militar que atendía en mesa de entradas me dijo: “Vaya tranquilo”. Estamos hablando de 1980, antes de Malvinas.

-Así que “La fiaca” no fue pensada como una obra revolucionaria, ni como un elogio de la pereza…

-No, y ahora la cambié. La estuve modificando bastante para una nueva adaptación que supongo se hará cuando todo esto haya pasado. Las mujeres de La fiaca “clásica” eran de otra manera. Ahora les imprimí rasgos más fuertes. A propósito de La fiaca, te comunico que de aquí en adelante se llamará La paja, el nuevo término utilizado por les jóvenes argentines porteñes para decir que sienten pereza. O sea que hoy tienen paja y se hacen la fiaca.

WD

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