Paul McCartney, un prócer a la altura de las circunstancias



El Beatle acaba de editar McCartney III, un gran disco a la altura de su inmenso legado Crédito: Mary McCartney

Paul McCartney. Álbum: McCartney III. Canciones: “Long Tailed Winter Bird”, “Find My Way”, “Pretty Boys”, “Women and Wives”, “Lavatory Lil”, “Deep Deep Feeling”, “Slidin'”, “The Kiss of Venus”, “Seize The Day”, “Deep Down”, “Winter Bird / When Winter Comes”. Edición: Universal Music. Nuestra opinión: muy bueno.

A esta altura de las circunstancias, Paul McCartney debe saber perfectamente que editar un disco implica para él algunos riesgos. Naturalmente no se trata de asuntos económicos o de inquietud ante un posible “fracaso” relacionado con la popularidad del nuevo repertorio, sino de la ineludible obligación de estar a la altura de las expectativas que puede generar cada paso de uno de los próceres indiscutidos de la historia de la canción pop.

Obligado como todos sus colegas a producir con las limitaciones impuestas por esta época inusual, McCartney no optó únicamente por el camino de la simpleza y la intimidad que viene siendo regla en el tiempo del distanciamiento social. Las condiciones en las que pudo trabajar, claro, son un privilegio que una estrella de su dimensión puede permitirse: un estudio a todo trapo montado en los años 80 en un viejo molino reciclado ubicado a 15 minutos de su casa de campo, en Sussex, precioso condado del sur de Inglaterra. Pero aun cuando un puñado de canciones interpretadas con una guitarra acústica hubiera sido una posibilidad que podría haber resuelto con facilidad y eficacia -“Winter Bird/When Winter Comes”, una pieza inconclusa de los años 90 que se convirtió en el delicado tema que cierra el álbum, es una demostración cabal-, Paul eligió, por suerte, dibujar un mapa sonoro más heterogéneo.

Ya de entrada propone con “Long Tailed Winter Bird” un particular viaje a la rica tradición del delta blues en el que superpone una gran destreza para el fingerpicking (técnica de ejecución creada por músicos negros de los años 30 para llevar el pulso del ragtime del piano a la guitarra) con arreglos de bajo, tambores, flautas y breves destellos de una voz hipnótica. Ese inicio deja claro en su primera declaración que no se trata de un disco ideado para provocar la empatía automática.

Concebido como parte de una trilogía que arrancó en los 70 con McCartney y continuó una década más tarde con McCartney II, dos discos con los que el factor común más ostensible es el trabajo en soledad (el único aporte extra fue en esos casos la participación de su exesposa Linda en coros), este viaje puramente individual de Macca prescindió también del apoyo de productores estelares como Greg Kurstin, Mark Ronson y Paul Epworth, con los que buscó en los últimos años renovar su sonido, volverlo más contemporáneo.

Y fue probablemente esa decisión firme de responder únicamente a sus intuiciones e instintos lo que le permitió conseguir un resultado tan singular. Los arreglos de algunos temas son aventurados pero necesariamente menos pretenciosos que aquellos que nacieron en un pasado reciente a partir de intervenciones ajenas más “profesionales”: “Find My Way” revive la vitalidad ingenua de los Wings con un falsete digno del Beck en modo stone de “Debra”, y “Deep Deep Feeling” extiende a lo largo de 8 minutos y monedas una exploración oscura en términos de estilo sonoro (¡McCartney meets Portishead!) que contrasta con una letra construida con cimientos tan convencionales que por momentos roza la cursilería.

“Slidin”, por su parte, retoma la clase de riff lacerante que patentó con el célebre arrebato salvaje de “Helter Skelter”, parte del Álbum Blanco, pero también aparecida como single del compilado Rock ‘n’ Roll Music (1976) con un lado B extraído de Revolver, “Got to Get You into My Life”, tema del que hay algunos ecos en “Find My Way”, una casualidad que de algún modo revela cómo las operaciones de reciclaje son norma en la música pop, incluso cuando no se las busque tan deliberadamente y se trate de un artista de los kilates de McCartney.

“Women and Wives” es la canción más crepuscular del álbum: una reflexión aguda y algo sombría sobre los zigzagueantes derroteros de la vida en pareja condimentada con algunos consejos teñidos de gravedad de un hombre que está muy cerca de llegar a los 80 años de una vida intensa, cargada de alternativas excepcionales. El fantasma del Johnny Cash que resucitó Rick Rubin se apodera muy pronto del ambiente, da toda la impresión de que Paul interpretó el tema pensando en él. En “Pretty Boys” y “Lil Lavatory”, en cambio, se pone bastante más ácido. Son dos ajustes de cuentas de diferente calibre: uno más liviano que utiliza al mundo de la fotografía como vehículo para reírse de la frivolidad y la sobreactuación, y el otro más malicioso, destinado a una exsocia demasiado ambiciosa. Los gustos, incluso cuando vengan un poco intoxicados por el sabor de la revancha, hay que dárselos en vida.

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