Para ver en cuarentena: cómo es el documental de Netflix sobre Juan Manuel Fangio



Más que el arte de acelerar, el de Juan Manuel Fangio era el arte del que sabe frenar a tiempo. La maestría del que simpatizaba con las tortugas, porque -decía- nunca había visto “una tortuga agitada, ni una que se rompiera la pierna”. La virtud de entender la velocidad no como rapidez, sino como la correcta administración del tiempo.

Dentro de esas aguas se mueve el documental que estrenó Netflix, Fangio, el hombre que domaba las máquinas. Un producto de matriz estándar, prolijo, exclusivamente deportivo. El hombre y el piloto funcionan como una alianza noble, de altos valores y oda a la sencillez. Poco y nada de la biografía más allá de los bólidos.  

La producción va derecho al grano automovilístico. No nos habla de la infancia de “El Quíntuple”, ni de su construcción en Balcarce, ni muchos menos de cuestiones posteriores de su vida, como el hijo no reconocido Rubén, al que la Justicia decretó heredero universal en 2018. No hay vida privada ni contexto político-social. El archivo se abre para entregar belleza del rugido de motores retro.  

“Fangio, el hombre que domaba las máquinas”, documental de Netflix.

Navegando durante una hora y media, buceamos entre las décadas del ’40 y ’50, con estética de vieja épica, cupecitas de TC, caminos de ripio, viejos meteoritos de Fórmula Uno, pilotos embarrados y antiparras. La F-1 es la estrella del relato y los testimonios valiosos nos ubican en esa era de hambre de triunfo y limitaciones técnicas que hacían más gigantes las hazañas.

Todo el tiempo el documental hace pie en la idea de “ser el mejor y no creerse el mejor”, en esa inocencia competitiva de antaño, en la blancura de ver al rival como contrincante y no como enemigo e incluso en dar la vida por un sueño, con la muerte pisando los talones y en muchos casos, ganando. Esa misma imagen cándida que durante décadas se difundió de “El chueco”.

El diseñador argentino Horacio Pagani definiéndolo como el rápido “que manejaba en cámara lenta”, el joven Ayrton Senna confesándose admirador recalcitrante, el piloto alemán Nico Rosberg pintando un mundo: en 1955 Fangio sufrió un desperfecto y Peter Collins, su compañero de equipo que también podía ganar, le entregó su auto para que Fangio pudiera ser campeón. “¿Crees que Lewis Hamilton habría hecho algo así por mi?”, se ríe Rosberg.

Fangio con Stirling Moss

Con dirección de Francisco Macri y guión de Rodrigo H. Vila, el documental hipnotiza no solo desde la pleitesía que le rinde aún hoy el universo de la Fórmula al argentino. También desde esa noción de señores domando a máquinas peligrosas sin aerodinámica, caballeros desafiando a las curvas y a la física desde sus modestos habitáculos.

Fotogramas en blanco y negro, viejos locutores engolados dando cuenta de un balcarceño que estaba haciendo historia, Fangio en primera persona en entrevistas inéditas. “No he sido un corredor espectacular”, se lo escucha. Todo eso aparece barnizado la estadística, por la huella minuciosa por cada escudería, y por la fría matemática: ​un estudio que elaboró la Universidad de Sheffield en 2016 dictaminó quien fue el mejor piloto de Fórmula 1 de todos los tiempos. Los estudiosos nos explicarán por qué sostienen fue el mejor es el protagonista de esta historia.

Entre picos emocionales dispares, el relato nos arrastra también a puñales como la muerte del amigo y copiloto de “El chueco”, Daniel Urrutia, en un accidente que lo hizo sentir a Fangio “culpable” y capaz de abandonarlo todo por la tristeza.

La cinta cumple su objetivo. En plena cuarentena por coronavirus, en pleno encierro y con la sensibilidad a tope, El hombre que domaba las máquinas nos habla también de la memoria, de trascender siendo alguien común y a la vez fuera de lo común. Poner el cuerpo en todo el sentido de la expresión. Y vivir más que corriendo carreras, corriendo riesgos. 

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA



Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *