Oscar Barney Finn, a los 81, se anima a dirigir por streaming



-¿Cómo es su nombre, Oscar u Óscar, como Córdoba, el ex arquero colombiano de Boca?

-No tengo problemas. Que la gente me diga cómo quiera.

-¿Pero usted cómo se presenta?

-Yo, cuando llamo por teléfono, no digo “hola, qué tal, habla Oscar”. Digo “hola, qué tal, habla Barney”. Aunque pocos lo sepan, no tengo un apellido compuesto: Barney es mi segundo nombre. Es que mis bisabuelos eran irlandeses, de Baltimore… Hace algunos años fui conocer su casa en el campo. Fue una especie de peregrinación, muy emotivo. Es más, me traje una piedrita de la casa que ellos mismos habían construido…

-¿Barney significa “fuerte como un oso”?

-Algo así.

A punto de cumplir 82 años, Óscar Barney Finn es uno de los directores de cine, teatro y televisión más prestigiosos de la Argentina. Un capo, definitivamente.

Y, a esta altura de su carrera, la pandemia del coronavirus lo ha obligado a ponerse al frente de la obra Hacia el crepúsculo pero no de la manera convencional: se grabó, se editó y se ve por “streaming”.

En la obra, Barney Finn dirigió a siete actores. Foto Prensa Duche-Zárate

¿De qué se trata? El maestro lo explica así: “La obra está basada en los textos de El crepúsculo celta, de William Butler Yeats, que ganó el premio Nobel de literatura en 1923. Así, siete artistas relatan cuentos irlandeses en narraciones con clima cinematográfico”.

Y agrega: “Siempre me parecieron muy interesantes las historias de los espíritus que andan por el campo en Irlanda, que a veces son muy buenos y a veces no tanto…”.

Hasta las “24 horas del domingo 11 de octubre”, Hacia el crepúsculo se emite por Alternativateatral.com. Y el precio de las entradas es “a la gorra o un aporte de 100 pesos”.

El elenco está integrado por Marta Lubos, Sebastián Dartayete, Pablo Mariuzzi, Roberto Mosca, Cecilia Chiarandini, Paulo Brunetti y Pablo Flores Maini.

Sobre el trabajo “a distancia”, Barney Finn detalla: “En medio de la pandemia y el confinamiento, y respetando todos los protocolos sanitarios, lo que hicimos con esta obra fue tratar de reinventarnos, de buscar una nueva forma de expresión… Resultó una experiencia muy innovadora. Hicimos todo a través de los teléfonos. Los actores estaban en sus casas. Y yo les daba indicaciones respecto de la luz, de los encuadres… Además, quise que en la obra hubiera un efecto de fogata… Entonces, con sus cámaras de teléfonos celulares, los actores grababan algo, me lo mandaban, lo corregíamos y lo íbamos perfeccionando. Sí, además de ganas, hubo mucha paciencia”.

Flores Maini, uno de los intérpretes, también se encargó de la edición y de la banda sonora de la obra.

“También le pusimos subtítulos en inglés y eso nos permitió enviar la obra a Irlanda”, sigue Barney Finn. “Es más, tuve el atrevimiento de mandársela a Michael Higgins, el presidente de ese país, a quien vi varias veces en la Argentina y en Chile. Ahora estoy esperando su respuesta”.

De Berisso, Barney Finn estudió en la Universidad Nacional de La Plata. Y luego se perfeccionó con becas en Francia y los Estados Unidos.

También cursó algunas materias de odontología en Buenos Aires, pero lo hacía como excusa “para ir a ver películas a los cines de la calle Lavalle”.

Otra rareza: durante el servicio militar, en Azul, formó parte de un grupo de música folclórica, “pero lo hacía para irme del cuartel”.

Su primer trabajo como director de cine fue en 1974, en La balada del regreso, con María Vaner, Adrián Ghío y Ernesto Blanco.

Luego, en 1985, fue nominado al Oso de Oro en el Festival de Berlín, por su tarea como director en Contar hasta diez, con Oscar Martínez, Héctor Alterio y Julia von Grolman.

También se destacó en la televisión. Entre otras producciones, lideró adaptaciones como la de La Ronda, de Arthur Schnitzler, y la de El Proceso, de Franz Kafka.

Sobre “Hacia el crepúsculo”

Una obra por streaming

En 1991 recibió el Premio Kónex al “mejor director de televisión”. Además, fue nombrado “Personalidad destacada de la cultura”, de la Ciudad. Y durante años dirigió la carrera de Imagen y sonido de la UBA.

Incansable, su labor en el teatro también fue prolífica. Dirigió obras como Doña Rosita la soltera y Las de Barranco.

En marzo, antes de que se decretara el confinamiento, Barney Finn tenía tres obras en cartelera: La reina de la belleza y El diccionario, en El tinglado, y Muchacho de luna, en El portón de Sánchez.

Oscar vive solo en Recoleta. “Lo llevo bien”, comenta.

Durante la cuarentena, además de trabajar con su nueva obra, Barney Finn tuvo otras actividades. “Cuando no me da más la cabeza, cuando me agoto, leo o escribo…”, cuenta.

“En realidad, no sé para qué escribo en Facebook si lo que más hace la gente es mirar las fotos. También, como tengo un balcón, remuevo la tierra de las macetas, riego las plantas… O cocino algún plato. Y si no, salgo a caminar bajo el sol por lugares no poblados. Me cuido”.

-¿Cómo imagina lo que viene en el teatro (y el cine) después de la pandemia?

-En mi caso, y si bien no puedo adelantar demasiado, estoy trabajando en el guión de una película, una coproducción con España sobre un libro del chileno Antonio Skármeta. Estamos viendo de qué manera vamos a llegar a filmar en abril. No va a ser fácil. Creo que las cosas van a cambiar más de lo que se supone. La quietud de nuestro medio va para largo. Lo veo todo muy paralizado. Por eso, también, me pareció muy interesante hacer esta nueva obra por streaming. Un trabajo más artesanal, sin tantas reuniones… Una especie de investigación, una búsqueda… En las próximas horas vamos a hacer una reunión por zoom para ver cómo seguimos y cuál es el segundo paso. Para mí, que tengo una formación cinematográfica, todo este mundo no me es tan ajeno. Y me resulta muy apasionante.

-¿Cómo se lleva con la tecnología?

-Muy bien. Creo que, siempre, la tecnología es una ayuda. Hace muchos años, cuando yo estudiaba en París, Raoul Coutard, que trabajaba como camarógrafo de Godard, usaba cámaras al hombro… Eso era completamente novedoso. Y le daba muchísimas posibilidades, le permitía nuevas búsquedas. O las cosas que hacía Néstor Almendros, gran director de fotografía… Lo interesante, hoy, es ver cómo se aplica tanta tecnología. No hay que creer que todo lo que se ha hecho es lo definitivo.

-Hace unos años, en una entrevista en “Clarín”, contó que guardaba los juguetes de su infancia. ¿Lo sigue haciendo?

-Sí, son los juguetes con los que empecé a hacer lo que después hice de grande: contar historias, manejar gente… Cuando era chico movía trencitos, piedras, ramas, casas, personajes de plomo… No sé bien para qué, pero todavía los guardo. A la vista, en la biblioteca, tengo un sulky con unos personajes. También conservo una vieja cocina de juguete, de hierro, que era de mi madre, del año 1915 ó 1916… Los objetos son terribles porque duran más que las personas. Creo que, en todo caso, habría que disfrutar de lo que se tiene. Y luego, saber desprenderse.

WD

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