Oscar 2020: “‘1917 era una misión imposible”



Kyle Buchanan The New York Times y Clarín

Cuando era un chiquilín, el director Sam Mendes viajaba a menudo con el padre a las Indias Occidentales para visitar a su abuelo Alfred Mendes, novelista. Criado en el norte de Londres, a Sam el abuelo le parecía exótico: el pequeño y enjuto veterano de la Primera Guerra Mundial cantaba ópera en un inglés estentóreo con acento de Trinidad y Tobago, caminaba penosamente en shorts y ojotas por su crujiente casa colonial y recibía cada mañana una zambullida en el mar antes del alba.

Alfred Mendes también tenía el hábito de lavarse obsesivamente las manos, durante varios minutos cada vez, al punto de que Sam y sus primos pensaban que ésa era la más notable de sus peculiaridades. “Nos reíamos de él”, recuerda el director, “hasta que le pregunté a mi papá ‘¿Por qué el abuelo Alfie se lava tanto las manos?’ Y él me dijo ‘Ah, se acuerda del barro de las trincheras durante la guerra y de que nunca podía limpiárselo’”.

Fue entonces cuando los chicos dejaron de reírse del abuelo. Fue también en ese momento que empezaron a preguntar qué había pasado cuando, a los 19 años, Alfred Mendes se enroló en las Fuerzas Armadas y combatió por Gran Bretaña el que se convertiría en uno de los conflictos más cruentos del mundo.

“Creo que todos esperábamos historias convencionales de heroísmo y valentía”, dice Sam Mendes. “De ninguna manera esperábamos lo que nos contó, que eran relatos impresionantes y detallados sobre el sinsentido y el caos absolutos.” Estaba el soldado herido que el abuelo había llevado de vuelta a la trinchera bajo fuego enemigo, simplemente para llegar y darse cuenta de que el hombre estaba muerto y su cuerpo había amortiguado una bala destinada a Alfred. Otro relato se refería a un soldado alemán que había perdido la cabeza en una explosión, pero cuyo cuerpo de algún modo había seguido corriendo.

Y después estaba la misión para la que Alfred Mendes se ofreció como voluntario el 12 de octubre de 1917, luego de que un tercio de los integrantes de su batallón murieran en el combate de Poelcappelle. Los sobrevivientes estaban diseminados a lo largo de varios kilómetros y Alfred, que tenía entrenamiento como radio operador, fue enviado a rescatarlos y traerlos de regreso a su campamento.

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“Ese hombrecito en medio de aquella vasta extensión de muerte, eso era lo que nunca podía sacarme de la cabeza”, afirma Sam Mendes.

Es la imagen que inspiró 1917, dirigida y coescrita por él, sobre dos cabos británicos que deben abrirse camino a través de kilómetros de un campo de batalla para entregar un mensaje urgente que puede salvar de una masacre a 1.600 soldados. Aunque las historias que le contó el abuelo nunca anduvieron lejos de la mente del director, eso no significa que hacer una película como ésta se diera fácilmente.

Haciendo magia. En la primera página de su guión, Mendes escribió: “’1917’ se va a exponer como si hubiera sido filmada en una sola toma”. Malabares en medio del rodaje. UIP

“La gente me dice ‘Usted debe haber querido contar esta historia desde hace años’, y en realidad no fue así”, sostiene Mendes, de 54 años y cuya carrera filmes como Belleza americana junto a una larga lista de logros teatrales, entre ellos The Ferryman y la reposición en la década de 1990 de Cabaret.

“La verdad es que nunca sentí que fuera una historia que debiera contar yo”, comenta. “Sentía que era una historia de mi abuelo, que no era yo el dueño.” También tenía conciencia de que como Hollywood ha hecho muchas películas de soldados heroicos que luchan contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial, las motivaciones más confusas y el combate de trincheras de la Primera Guerra Mundial iban a demandar un tipo de narración diferente.

El filme del británico Mendes tiene 10 candidaturas para el Oscar, que se entrega el domingo 9 de febrero.

“Esa guerra fue un caos de conducción y tragedia humana en gran escala”, afirma. “Se podía matar a alguien a casi 1.000 metros con una ametralladora, pero no comunicarse con un soldado a 20 metros.” Después de dirigir las películas de 007 Operación Skyfall y Spectre, Mendes encontraba dificultades para montar un proyecto distinto. Su agente Beth Swofford le sugirió que explorara las historias de la Primera Guerra Mundial que en algún momento le había contado.

En 2017, a un año de la votación del Brexit, Mendes encontró una inspiración mayor. “Temo que los vientos que soplaban antes de la Primera Guerra estén soplando otra vez”, señaló. “Había una generación de hombres que luchaban por una Europa libre y unificada, que haríamos bien en recordar.”

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Una vez que empezó a pensar el libreto con la coguionista Krysty Wilson-Cairns, Mendes estableció tres reglas. En lugar de adaptar la historia de su abuelo, trataría de abordar la de dos soldados relativamente desconocidos cuyo heroísmo se produciría de modo accidental. La historia tendría lugar en la primavera de 1917, cuando los alemanes se retiraron hasta la Línea Hindenburg y dejaron tras ellos un reguero de devastación y trampas.

Y había otra inspiración artística que resultaría ser el rasgo definitorio de la película. En la primera página del guión, Mendes escribió: 1917 se va a exponer como si hubiera sido filmada en una sola toma.

“Era un aspecto que me entusiasmaba”, dice Mendes. “Existe un gran riesgo de que una vez que uno se acostumbra a hacer películas, se vuelva perezoso al modo de filmarlas. ‘Ah, sí, ya sé: primer plano, toma con referencia, plano doble, toma en movimiento, otra toma muy elaborada cada tres escenas.’ Casi es posible leerlo en las películas de otras personas.”

Pero filmar 1917 en tomas largas y sostenidas y compaginar esos fragmentos de manera casi invisible planteaba un desafío único. “En las primeras escenas del borrador sentí como si tuviera puesto un chaleco de fuerza”, reconoció Krysty Wilson-Cairns. “Es un verdadero problema la imposibilidad de moverse en el tiempo y el espacio. Pero a cambio de eso, una puede moverse en el paisaje del filme como pasa en la realidad, y eso te da, como guionista, la capacidad última de desaparecer.”

Mendes empezó a rodar 1917 en abril de 2019 en el aeródromo de Bovingdon, Inglaterra. Estaba atrapado por el compromiso de estrenar en Navidad, lo que le daba una ventana corta para terminar un filme de estas dimensiones. Y aunque había ensayado intensamente el rodaje con el elenco y reunido a un equipo técnico de colaboradores ganadores del Oscar, entre ellos el director de fotografía Roger Deakins y el editor Lee Smith, todo lo que pudiera salir mal en el transcurso de esas largas tomas podía dar por tierra el trabajo de cientos de personas.

Él tampoco se hizo la cosa fácil. Aunque las tomas se planificaron con la mayor precisión posible, lo que ocurría dentro del cuadro con frecuencia estaba sujeto a cambios en función del clima, la capacidad de los actores para alcanzar sus marcaciones en el barro, o el modo en que algunos integrantes más caprichosos del elenco -como distintos animales y un bebé- reaccionaban ante la cámara. En un momento un actor derriba accidentalmente a George MacKay, quien interpreta a uno de los personajes principales, durante una instancia peligrosa, y Mendes lo incorporó a la película.

Sam Mendes, cuando llegó al “luncheon”, el almuerzo con el que la Academia de Hollywood agasaja a todos los candidatos a su premio. AFP

“Quise atar al público con los personajes”, explica Mendes. “El público reacciona de diferentes formas ante esas escenas porque sabe que no va a poder salir si no salen los personajes. Hay un nivel de asociación que quizá no existiría si lo hubiéramos filmado convencionalmente.”

Mendes terminó la película poco antes del Día de Acción de Gracias en noviembre y desde entonces estuvo inmerso en un remolino mediático para darle a 1917 un impulso tardío en la temporada final de premios. Hasta el momento, muy bien: ganó el Globo de Oro a mejor película y director, los sindicatos de productores y de directores también lo premiaron, al filme y a él. Pero casi no tuvo tiempo de tomarse un respiro. “Siento que hablar de la película es mi despedida gradual de ella”, dice.

Sam Mendes agradece el premio al mejor drama en la entrega de los Globo de Oro. AP

También es una oportunidad de pensar más en el abuelo que ayudó a inspirarla. Mendes recuerda que cuando tenía 12 años, Alfred Mendes le pidió que firmaran un contrato que el abuelo había redactado a mano, mediante el cual el muchachito se comprometía a escribir su primera novela a los 18 años. “Me dijo ‘Vas a narrar historias. Eso es lo que tenés que hacer’.”

No obstante, difícilmente Alfred Mendes haya podido imaginar que un día ese nieto suyo fuera a contar una historia captada tan vívidamente de los relatos que él elaboraba en aquella casona ventosa de las Indias Occidentales. Ahora, con 1917 terminada, Mendes se acuerda de la cita del filósofo Albert Camus según la cual “la obra de un hombre no es otra cosa que su lenta expedición hacia redescubrir, a través de los recorridos del arte, esas dos o tres imágenes grandes y sencillas en cuya presencia se abrió por primera vez su corazón”.

“Y yo creo que eso es cierto acerca de aquellos relatos”, señala Mendes. “Creo, por las razones que sea, que mi corazón se abrió por primera vez en esos momentos.”

Traducción: Román García Azcárate

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