Ordinary Man, de Ozzy Osbourne: apuntes para el testamento de un hombre extraordinario



Dicen por ahí que Ordinary Man es el mejor de los discos que Ozzy Osbourne publicó en los últimos 20 años. Tampoco es que sean tantos; si es así, la competencia es tan sólo con cuatro de los once que el músico llevaba editados hasta el 21 de febrero pasado.

También están quienes aseguran que es el mejor de su carrera, como si fuera honesto y posible comparar de acuerdo a los mismos parámetros estéticos una novedad con producciones de cinco décadas atrás. Otros tiempos, otras ideas, otro mundo.

En todo caso, lo mejor sería dejar de mirar atrás, y directamente decir que Ordinary Man es un álbum excelente, y listo. Así de simple, así de fácil, así de directo. Así.

Alado. Ozzy Osbourne, un ángel muy especial que se regodea con sus demonios como socios.

A lo largo de sus 11 nuevas canciones, el viejo Ozzy nos pasea por el universo que habita a sus 71 años, con mil batallas ganadas, unas cuantas perdidas y a la salida de un año para el olvido. Al menos desde lo que tiene que ver con su estado de salud. Un par de internaciones, la confirmación del Mal de Parkinson, los rumores de que estaba en su lecho de muerte…

Todo eso, hoy queda en stand by, a la sombra del presente de un hombre que no parece tener demasiadas ganas de irse de aquí. Aunque si fuera necesario andar apurando un posible testamento, Ordinary Man puede resultar un jugos material de consulta. 

Entonces, nos amenaza con hacernos gritar, con hacernos cagar, y nos avisa que vamos a ir derecho al infierno esta noche en Straight to Hell. Señoras y señores, con ustedes, el príncipe de las tinieblas, llevándonos a jugar en su terreno, de la mano de un Slash endemoniado, unos coros engañosamente celestiales que entran y salen.

Nos cuenta que toda su vida se la pasó viviendo en el ayer en All My Life, y nos advierte desde el purgatorio que el mañana, para él, no parece estar aquí, y que no le importa demasiado arder en el infierno. “Lloren por mí, eso es lo que realmente quiero. Estoy partiendo, pensando que mi trabajo aquí abajo ya está hecho”, canta en Goodbye. En ambos casos, sobre un clásico formato de rock de guitarras, que bordea el punk en el desenlace de la segunda.

El mejor preludio para caer rendidos ante la belleza de Ordinary Man, una balada de esas llamadas a ser himnos por los siglos de los siglos; y así será. Tan distintos, tan parecidos, sobrevivientes de los tiempos en los que el heroísmo rocker se medía por gramos, litros y jeringas, Ozzy y Elton John piden que no los olvidemos. Más aún: suplican no ser olvidados.

“No quiero decir adiós”, confiesa el Rocket Man; “no entiendo por qué aún estoy vivo”, admite el príncipe de las tinieblas. “No quiero morir como un hombre ordinario”, coinciden ambos, mientras reconocen haber sido chicos malos. Pero tan humanos los dos, que si alguien no se conmueve hasta las lágrimas antes de que comience esa coda sinfónica que prolonga por un rato la intensidad de la canción, es porque por sus arterias y venas corre agua destilada.

La cosa se pone heavy y casi metalera en Under the Graveyard, un manifiesto de ultratumba, y uno podría percibir cierto aire a Nirvana en Today is the End, si no fuera porque antes fueron los Nirvana los que se alimentaron , entre otros, del propio Ozzy. Sólo que acá, la producción de Andrew Watt hace subir el trabajo del cantante un par de escalones en la puntuación.

Es que, honestamente, cuesta creer que Osbourne pueda sostener desde el escenario semejante pulcritud vocal; pero estamos hablando del disco, y si son de buena fe, las pinchaduras valen y suman. Como suman el bajo del Guns N’ Roses Duff McKagan y la batería del RHCP Chad Smith.

Mirá también

Del mismo modo que lo hacen los jóvenes Post Malone y Travis Scott en la recta final del álbum. El primero, en It’s a Raid: un cóctel explosivo con dosis de punk, nu metal y rock and roll. El segundo, en Take What You Want, un plan de balada hiphopera autotuneada hasta la médula en el que también participa Malone, y en el que Ozzy oficia de anfitrión, y una guitarra encendida marca el rumbo de la despedida.

En total, una obra notable, de un hombre que de tantas veces que descendió (o subió) a pelearse con sus demonios se hizo socio. Y no le queda nada mal. Ya no preocuparse, muchachos… Podrán morir como muchas cosas, pero como hombres ordinarios, jamás.

Ficha

Ordinary Man

Ozzy Osbourne Voz Andrew Watt Guitarras y producción Duff McKagan Bajo Chad Smith Batería

Con Elton John, Slash, Post Malone y Travis Scott.

E.S.

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA



Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *