Nomadland. “Es un grupo de gente que yo no sabía que existía”


“El último lugar libre de Norteamérica es un estacionamiento”, escribe la periodista Jessica Bruder en el prefacio de su libro de investigación Nomadland. Publicado originalmente en 2017 con el subtítulo Surviving América in the Twenty First Century (“Sobreviviendo a Norteamérica en el siglo XXI”), en él retrata las vidas de los nuevos nómadas, un mundo muy real, pero aún oculto para muchos estadounidenses.

Filmada por apenas cinco millones de dólares con un par de reconocidas figuras de Hollywood –como Frances McDormand, la protagonista– y un reparto mayormente conformado por no-actores, la multipremiada Nomadland es hoy también una película, acaso la adaptación (y estrella semi-indie) más improbable de la temporada; un drama relativamente pequeño y despojado que, basado en aquel volumen de no ficción investigativa de Bruder, dirigida por Chloé Zhao, fue la estrella de la noche en los premios Oscar, al llevarse tres estatuillas: mejor película, director y actriz protagónica.

En la multipremiada película, Fern (Frances McDormand, Oscar a la Mejor actriz) emprende un viaje de exploración, como una nómada de la era moderna20th Century Studios

Conocidos en inglés como vandwellers (“habitantes de camionetas”), los protagonistas de Nomadland son personas que en muchos casos eligieron la ruta como estilo de vida a una altura ya avanzada de su adultez. Sin domicilio fijo, estos nómadas se mueven por todo Estados Unidos en sus casas rodantes, trailers o camionetas (más o menos espaciosas), tomando trabajos estacionales acá y allá, fijando residencia ocasional en espacios públicos –cuando no son corridos por la policía– o en campings privados: esa idea del estacionamiento como último espacio libre de Norteamérica. La noción de elección, sin embargo, debe ponerse en perspectiva: si bien para casi todos los itinerantes estas vidas que adoptaron y que a menudo los lleva por paisajes abiertos absolutamente impresionantes, significan una movida libertaria, también es cierto para buena parte de ellos que el primer impulso se los dio la más absoluta y dura necesidad. O bien se quedaron sin trabajo, o incluso si lo conservaron, la creciente desproporción entre sus salarios y los cada vez más altos costos del mercado inmobiliario volvió sencillamente imposible seguir pagando el alquiler o la hipoteca para muchos, quienes se vieron entonces expulsados y obligados a tomar estos nuevos rumbos.

Antes de Fern, la protagonista de la película (McDormand), fue Linda May, que es de todos los nómadas con quienes interactuó Jessica Bruder a largo de su investigación, quien se apodera del libro, convirtiéndose en su centro testimonial y emocional. A través de Linda, que aparece en la película haciendo un personaje secundario, Nomadland asoma al lector tanto a las convicciones y la voluntad de resistencia de sus personajes como a las enormes dificultades que implican vivir en el camino. Durante cerca de tres años, Bruder recorrió más de 20 mil kilómetros a bordo de una van de segunda mano a la que bautizó Van Halen, siguiendo las historias de vida de muchos de estos trabajadores migrantes, que un mes están cuidando campamentistas y limpiando inodoros, y al siguiente escaneando productos en la caja de un gran almacén, o cosechando remolachas, o vendiendo arbolitos navideños al costado del camino. Lo que sea necesario para ganar el dinero suficiente que les permita seguir adelante un tramo más.

La ruta por delante

Así como dio lugar a una película que ficcionaliza su historia, el libro se originó a su vez en una nota de tapa que Bruder había escrito para la revista Harper’s, según recuerda hoy y se lo cuenta a LA NACION revista, en un encuentro vía Zoom.

-No todo el mundo parece estar al tanto de este fenómeno en EE.UU. ¿Cómo llegó a vos?

-Siempre me interesaron las subculturas. Aquello que el escritor Armistead Maupin llama ‘familias lógicas’, antes que ‘biológicas’, por la forma en la que gente se junta y crea su propia, su lugar en el mundo. Eso, por un lado. Lo otro que me llevó a conocer a los vandwellers fue enterarme de la existencia del programa CamperForce, de Amazon: leí que la empresa tomaba gente a lo largo y ancho de Estados Unidos y que estaba contratando a muchas personas que vivían en la ruta a tiempo completo. En una nota, una persona que trabajaba en uno de los depósitos de Amazon decía: ‘Sí, vivo en una RV, no puedo jubilarme, por eso trabajo en este programa, que es para gente como nosotros’.De chica siempre que escuchaba la expresión RV pensaba en vacaciones. RV de hecho significa Recreational Vehicle (“vehículo recreativo”), así que de pronto este grupo era gente que yo no sabía que existía, una auténtica subcultura, y me interesó mucho y entonces empecé a informar sobre ella allá por 2012, y se convirtió en una nota para Harper’s Magazine.

Profesora de escritura narrativa en la Escuela de Periodismo de Columbia, colaboradora de, entre otros medios, The New York Times, The Washington Post y The Guardian, y miembro del Madagascar Institute (un instituto ubicado en Brooklyn, especializado en “eventos de arte guerrilla”), Jessica Bruder es autora de otros dos libros: Burning Book (una historia visual del evento tradicional del Burning Man de San Francisco), y Snowden’s Box, su trabajo más reciente, coescrito con Dale Maharidge y basado en sus investigaciones sobre “la confianza en la era de la vigilancia”. En su página jessicabruder.com pueden leerse algunos de sus artículos, incluyendo uno de 2017 sobre “el ejército de jubilados” nómadas que emplea el citado CamperForce, la red de depósitos y distribución de Amazon en distintos puntos de Estados Unidos.

Bruder es profesora en la Escuela de Periodismo de Columbia y escribe paraThe New York Times, The Washington Post y The GuardianAssociated Press

-En muchos países conocemos bien las crisis de pobreza y desempleo de las que hablás en tu libro, pero el fenómeno de los vandwellers parece ser intrínsecamente estadounidense. ¿Estás de acuerdo?

-En Estados Unidos siempre estuvimos obsesionados con la idea de la ruta abierta, con esa noción de que, si tenés un auto y un tanque de gasolina, hay una oportunidad por delante. Creo que hay algo propio del mito americano que incluye el acto de lanzarnos a los caminos. Ocurrió con la Gran Depresión que un montón de gente salió a la ruta a buscar trabajo. Así que en cierto modo sí, pienso que el fenómeno de los vandwellers es quintaesencialmente americano. Cuando estaba allá afuera, en la ruta, me pareció muy interesante la interacción entre la idea de autosuficiencia, de independencia, y la idea de comunidad. Escuchás a mucha gente decir: “quiero irme de ahí, quiero salir de debajo de mi hipoteca, liberarme de las deudas de la tarjeta de crédito, quiero ser libre”. Y a la vez me encontré con que parte de esa libertad consiste en formar parte de una nueva comunidad; no tanto en convertirte en un lobo solitario, alejado de la sociedad, sino en encontrar gente con la que sentirte en casa y que pueda enriquecerte. Así que para mí es un fenómeno interesante también porque refleja algo de la psicología del país.

-Tanto en la película como en el libro es central esta tensión entre el grito libertario y las pésimas circunstancias económicas que llevaron a muchos a la vida nómada…

-Creo que la gente se siente atrapada por este sistema que creamos en Estados Unidos. Incluso antes de la pandemia la proporción entre lo que gana un directivo respecto de lo que gana un trabajador (sin jerarquía) era de 316 a uno, mientras que en los años 60 era de 21 a uno. Los salarios se estancaron mientras que los precios inmobiliarios siguieron subiendo; los salarios tampoco se han mantenido a la par de la productividad y las ganancias por la productividad están en menos y menos manos. Creo que nos está diciendo algo el hecho de que tanta gente se sienta tan aplastada por el sistema, al punto de que para ellos la libertad signifique abandonarlo por completo, porque ya no pueden darse el lujo de vivir de manera feliz y confortable bajo las reglas que éste le impone.

Tres años y medio atrás, cuando el libro acababa de publicarse, Bruder hablaba en las entrevistas promocionales de la estigmatización que sufrían aquellos que, por uno u otro motivo, había elegido mudarse a sus camionetas: “Aparte de las complicaciones cotidianas de la vida en el camino –vehículos que se rompen, el acoso policial, las inclemencias del clima– muchos han elegido volverse lo que los norteamericanos mainstream consideran que es ser un homeless y eso los pone en un lugar difícil, porque la cultura americana aún iguala ciudadanía con ser propietario, estigmatizando a aquellos que viven de otras maneras”. Un nómada no se considera un homeless (“sin hogar”), sino un houseless (“sin casa”), que no es lo mismo en absoluto. A la vez, decía, “cada vez más la precariedad se ha transformado en el status quo. Los márgenes económicos se han vuelto el centro. En otras palabras: ‘ellos se están convirtiendo en nosotros’. Espero que las historias de este libro sirvan ofrezcan un llamado de atención, no porque las circunstancias de sus personajes parezcan exóticas, sino porque de muchas maneras, son bastante cercanas. En este contexto en que los alquileres se disparan y los salarios se estancan, la decisión de volverte nómada no es en absoluto radical. Es un resultado lógico de la economía que hemos construido”.

Bob Wells, un líder dentro de la comunidad ruteraAssociated Press

Al mismo tiempo, Bruder no cree que este movimiento crezca de un modo organizado como para defender gremialmente sus derechos. “De algún modo son pospolíticos, perdieron la fe en el sistema; creen ya no vendrá la caballería a su rescate y que no tiene ninguna posibilidad de producir un cambio en el gobierno. Para algunos directamente ya no importa quién esté en la Casa Blanca y dicen: ‘mismo títere, diferente mano’”. Tampoco les queda mucho resto tras lidiar con sus urgencias cotidianas: “Los he visto pasar la gorra para arreglar su vehículo, cuidar de enfermos o lastimados de la comunidad, enseñarse unos a otros habilidades de supervivencia: es difícil que tras hacer todo eso les queden los recursos necesarios para organizar un cambio social amplio”.

Amigos en el camino

La protagonista de la película de Zhao es una mujer sexagenaria y sin hijos que se lanzó a la ruta tras sufrir dos golpes brutales en su vida: la muerte de su marido, precedida por el cierre de la planta de Empire, la fábrica de yeso US Gypsum, con la cual se produjo el desmantelamiento de una comunidad de hogares que proveía la empresa a casi un centenar de familias en el condado de Washoe, Nevada. “Empire era una colonia industrial, el hogar de generaciones de mineros de yeso que fue devastada por la Gran Recesión, y todos fueron expulsados –cuenta Bruder–. Incluso se canceló su código postal”. La película arranca con este dato verídico de la historia reciente para luego seguir el viaje de Fern, quien en su camino traba relación con muchos otros nómadas, interpretados en pantalla por nómadas reales.

La más inolvidable entre ellos, Linda May –una madre y abuela de 64 años que vive en un jeep y sueña con construir una “nave” sustentable–, quien, así como se había convertido en protagonista del libro, termina dominando cada escena del film en la que aparece. “La historia de Linda es la de la economía de las últimas décadas”, cuenta Bruder. “En mi vida tuve muchos trabajos y ocupaciones –contó por su parte Linda May en una entrevista que dio para la producción de la película–. Pero, aunque tengo estudios, terminé trabajando como cajera de medio tiempo en Home Depot, lo cual no alcanza para vivir. Por otro lado, quería independencia. Vivir en la ruta nunca me pareció arriesgado, sino más bien una puerta abierta hacia una forma de vida con más opciones”. Para May, salir a la ruta le permitió conocer a todo tipo de gente, y hoy agradece despertarse cada día en medio de la naturaleza, “con esa sorprendente sensación de que el día me pertenece; de que puedo hacer lo que quiera, de que no estoy atada a un trabajo ni al cuidado de una casa”. Lo más importante para ella es “el sentimiento de pertenecer a una comunidad”.

Zhao, la directora del film, junto a Frances McDormand, Charlene Swankie y Linda May

Fern comparte también algunas escenas conmovedoras con Bob Wells, todo un líder dentro de su comunidad. Wells creó un popular canal de YouTube (CheapRVliving) destinado a acercarle información útil a la gente que vive en la ruta (sobre, por ejemplo, cómo vivir sin agua corriente y con no más de 500 dólares al mes). También es el organizador del Rubber Tramp Rendezvous, un evento anual que en 2010 reunía en Arizona a 45 personas de su “tribu” de nómadas y hoy convoca a unas diez mil. “Lo más importante que aprendí viviendo en el camino es que somos una civilización construida alrededor del reloj y la productividad”, dice Wells. “Al principio es difícil mudarte a tu camioneta, pero de pronto te das cuenta de que estás trabajando solo cuatro días a la semana durante la mitad del año y eso cuestiona aquella noción de una ciudadanía buena y productiva. Pero una vez que superaste ese shock inicial de ya no ser productivo y el estrés decae, volvés a ponerte en contacto con tu humanidad. Ya no competís con la gente que vas conociendo en el camino; nadie quiere sacarte nada, tu vida empieza a basarse en la cooperación y eso lo cambia todo, emocional y mentalmente”.

Y allí también está Charlene Swankie, para quien descubrir la vida rutera no solo resultó liberador, sino que además le llevó a sentirse más saludable que nunca a los 76 años: sus problemas respiratorios crónicos fueron desapareciendo a medida que se lanzó a la ruta y el aire libre y, dice, fue abandonando todos sus medicamentos. De una presencia magnética en la película, Swankie cuenta que, aunque disfrutó mucho trabajando con ella, no tenía idea de quién era Frances McDormand: jamás había visto ninguna de sus películas. Estas vidas tan ajenas al mundo del cine contribuyen a la fuerza narrativa de Nomadland. Bruder aún se mantiene en contacto con aquellos a los que conoció haciendo su investigación. Ya no son sus “fuentes”, sino simplemente sus amigos.

FOTOS DE GETTY y GENTILEZA DISNEY

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