“No me considero un prodigio”

A cuatro años de su debut en el Teatro Colón, Tomás Alegre, para muchos el pianista argentino más destacado de su generación, volverá a ese escenario este jueves para sumarse con el concierto número 12 en La mayor (K. 414) de Mozart al octavo concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, con la dirección de Pablo Druker.

El programa lo completan el Ittingen-Concerto, del argentino Oscar Strasnoy, y Apollon Musagète de Igor Stravinsky.

Nacido en Buenos Aires en 1992, poco antes de cumplir 20 años, Alegre fue invitado por Martha Argerich a su Festival en Suiza y becado por su recomendación para estudiar con Nelson Goerner en la Haute École de Musique de Ginebra.

Actualmente reside en Madrid, en cuya Escuela Superior Reina Sofía obtuvo el Título Superior y Máster en Interpretación. Con premios en concursos internacionales, sus planes para el futuro incluyen recitales en España y un concierto bajo la dirección del húngaro András Schiff.

A cuatro años de su debut en el Colón, Alegre vuelve al teatro con Mozart. Foto German Garcia Adrasti

A cuatro años de su debut en el Colón, Alegre vuelve al teatro con Mozart. Foto German Garcia Adrasti

Desde el hotel donde transcurrió su semana de cuarentena obligatoria, Alegre dialogó con Clarín sobre su aproximación a Mozart, su presente y su trabajo con el legendario pedagogo del piano Dmitri Bashkirov (particularmente conocido por el gran público por ser el padre de Elena Bashkirova y el suegro de Daniel Barenboim), fallecido en marzo pasado a los 89 años.

El desafío de interpretar Mozart

-Te toca volver al Colón con Mozart. ¿Cuál es tu vínculo personal con su música?

-Con Mozart siempre tuve una relación muy cercana y siempre lo consideré uno de los compositores más difíciles de interpretar. Sé que mucha gente lo asocia con música linda, música bonita, pero Mozart es mucho más que eso. Hay un trasfondo de una persona muy adulta para la edad en la que estaba componiendo sus obras.

-¿En qué radica puntualmente esa dificultad?

-En todos los elementos operísticos presentes incluso en su música instrumental. Hay que estar muy atento a los ornamentos y los detalles. De hecho, me resulta más difícil Mozart que Tchaikovsky o Rachmaninov, en ese sentido. Y por supuesto hay un dramatismo en ciertas partes de este concierto en particular: el desarrollo tiene un entramado dramático muy fuerte.

Para Alegre, interpretar a Mozart le resulta más desafiante que abordar a otros compositores.
Foto German Garcia Adrasti

Para Alegre, interpretar a Mozart le resulta más desafiante que abordar a otros compositores.
Foto German Garcia Adrasti

Es una música muy directa, y siento que lo puedo transmitir de esa forma. En su música está todo: lo dramático y lo luminoso, toda la elegancia combinada, siempre hay que pensarlo como una ópera y tratar de hacer diferentes personajes.

-¿Tenés alguna referencia inmediata respecto de la interpretación de la música de Mozart?

-Estuve escuchando últimamente muchas interpretaciones con instrumentos antiguos, que es lo más fiel que se puede encontrar. Puntualmente, pianistas como Malcom Bilson o Robert Levin, o directores como John Eliot Gardiner, que creo que son fieles a esta música, también en los tempi que utilizan, más fluidos que las orquestas tradicionales, que hacen el sonido más pesado.

En busca del sonido histórico

-Hasta hace unos años el universo de la interpretación con instrumentos o criterios históricos estaba separado del de los pianistas de formación tradicional, pero últimamente la frontera se ha desdibujado un poco. En tu caso, ¿te interesaría profundizar en ese aspecto?

-Sí, de hecho cuando estudiaba en el Conservatorio de Ginebra con Nelson Goerner tuve algunos cursos de pianoforte, y me había interesado muchísimo todo; hasta el toque, que es tan diferente del piano de concierto y requiere una técnica más liviana, porque no se le puede imprimir tanto peso como como a un Steinway. También el uso de los pedales, que se accionan con la rodilla.

Me encantaría en alguna oportunidad grabar con estos instrumentos o con clave, incluso hacer una integral de los conciertos de Mozart o Beethoven en pianos vieneses o londinenses de fines del siglo XVIII o principios del XIX.

Tomás cuenta que está interesado en explorar la interpretación con instrumentos históricos. Foto German Garcia Adrasti

Tomás cuenta que está interesado en explorar la interpretación con instrumentos históricos. Foto German Garcia Adrasti

El mejor maestro

-Estudiaste con Bashkirov prácticamente hasta sus últimos días. ¿Qué es lo que más recordás de su enseñanza?

Me dio toda su confianza. Siempre tenía palabras muy alentadoras para mí, y yo un reconocimiento enorme por el gran maestro y la leyenda que fue. Nunca dejó su labor, que era lo que más quería; siempre estaba firme con sus alumnos. Hice un recital homenaje a él en la escuela, y ahora en noviembre también habrá otro, y van a estar seguramente Barenboim y su esposa Elena Bashkirova, hija de Dmitri.

Lo que más recuerdo es toda la generosidad y la energía que les imprimía a sus alumnos, más allá de que siempre había algún grito por ahí, porque era de un carácter muy fuerte, típico de esos profesores de la vieja escuela. Había que aguantar eso al principio pero luego fue una relación realmente muy amena.

A mí me respetaba mucho como intérprete y yo lo respetaba muchísimo. Siempre insistía en el detalle obsesivo de absolutamente todo lo que estaba escrito; él lo quería en un grado más elevado. No se le escapaba ni una dinámica, ni un acento, ni un ornamento, ni un sonido brusco. Eso no le gustaba para nada.

Para Tomás Alegre, el empujó de Martha Argerich fue esencial, antes de convertirse en discípulo de Bashkirov. Foto Rubén Digilio

Para Tomás Alegre, el empujó de Martha Argerich fue esencial, antes de convertirse en discípulo de Bashkirov. Foto Rubén Digilio

Era un maestro del teclado y del sonido del piano. Siempre insistía en tocar mucho las obras, para profundizar sobre todo en la manera de relacionarnos con ellas y también con el público.

-En el encuentro de un solista con un director hay una negociación de varios aspectos. ¿Cómo vivís este proceso?

-Nunca tuve la posibilidad de trabajar mucho tiempo con los directores, porque los conciertos son con uno o dos ensayos. Uno trata de que de amalgamar todo lo que se pueda las cosas que por ahí no llegan a funcionar, como una cadencia o algún cierre de frases. Nunca sentí que un director me haya impuesto una idea, siempre es muy ameno todo.

Trabajamos mucho sobre todo los equilibrios entre los planos sonoros, entre las partes. En Mozart yo también tengo que hacer el bajo cifrado, que está en el manuscrito y que influye en la calidad de esta música. Muchos no lo hacen pero yo creo firmemente que hay que hacerlo siempre. Hay que saber escuchar y no cerrarse a la idea propia.

Dueño de un don, pero no prodigio

-¿En qué momento empezaste a tener más conciencia de cosas que en un principio tal vez hacías muy naturalmente?

-Empecé a tener más conciencia cuando empecé a tocar con orquesta. Ahí fue como un click que hizo mi carrera, respecto de todo el trabajo y toda la profesionalidad que requiere. Quizás antes era más como un juego propio un chico de 9 o 10 años. A partir de los 12, que fue mi debut con la orquesta Académica de Buenos Aires supe que me iba a dedicar a eso desde ese momento.

A pesar de haber debutado cuando era muy pequeño, Alegre nunca se sintió un "niño prodigio". Foto Emiliana Miguelez

A pesar de haber debutado cuando era muy pequeño, Alegre nunca se sintió un “niño prodigio”. Foto Emiliana Miguelez

No me sentía un prodigio cuando era chico, pero hay un don que uno tiene que desarrollar, seguir trabajando su habilidad para poder tocar estas obras tan complejas, no solo físicamente sino todo el trasfondo de los pensamientos de estos compositores.

No me considero prodigio: prodigio son los compositores que nos regalaron esta música increíble, atemporal y que se va a seguir escuchando hasta la eternidad. Si uno quiere llegar a una interpretación excepcional tiene que trabajar todos los días.

La Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, bajo la dirección del maestro Pablo Druker, se presenta con un programa compuesto por el “Ittingen-Concerto” de Oscar Strasnoy, “Apollon Musagete” de Igor Stravinsky y el “Concierto para piano Nº 12” en La Mayor, K414 de Wolfgang A. Mozart con el pianista Tomás Alegre como solista, el jueves 30 de septiembre, a las 20, en e, Teatro Colón, Libertad 611. Entradas desde $2500, por TuEntrada.com

E.S.

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