Nina Simone, la artista que luchó hasta el día de su muerte por la libertad



Nina Simone, la artista que luchó hasta el día de su muerte por la libertad

“Para Nina Simone el arte estaba íntimamente relacionado con el deseo de vivir como una persona libre”, define el crítico de música Dave Marsh, autor de decenas de libros de la historia del rock, en la introducción a Víctima de mi hechizo, memorias de Nina Simone (Kultrum, 2019), la aclamada autobiografía de la “Suma Sacerdotisa del soul”, como se la llamó más de una vez.

Esa libertad en la que Marsh hace hincapié debería ser entendida en todas sus acepciones posibles: libertad de género (“Si realmente tuviera algún sentido encasillarme de algún modo, cantante de folk sería probablemente la etiqueta más apropiada, ya que hay mucho más folk y blues que jazz en mis interpretaciones”, asegura Simone); libertad política, por la confluencia de su “militante compromiso con el movimiento para la defensa de los derechos civiles como su propia manera de cantar”, escribe el crítico; libertad para decir lo que quiera, cuando quiera, aunque eso la obligara a vivir en el exilio. Libre, a fin de cuentas, porque nada más importa.

Las memorias de Nina Simone están firmadas por Eunice K. Waymon, el verdadero nombre de la cantante que nació el 21 de febrero de 1933 en Tryon, un pequeño pueblo montañoso de Carolina del Norte, en los Estados Unidos, y murió el 21 de abril de 2003 en Carry-le-Rouet, una ciudad balnearia del sur de Francia, tras una larga lucha contra el cáncer de mama. Setenta años de vida en los que Eunice, la nena mimada de su papá, el buscavidas John Divine Waymon, se convirtió en la legendaria Nina, esa mujer bella y fuerte que la directora Liz Garbus supo retratar con precisión en el documental de Netflix What Happened, Miss Simone? (2015).

Nació como Eunice K. Waymon y adoptó el seudónimo de Nina Simone con el que la conoció y la sigue conociendo el mundo

Cuando Eunice llegó al mundo las cosas estaban patas para arriba. Es la sexta de ocho hermanos y su nacimiento se dio justo en medio del coletazo final de la llamada Gran Depresión que hundió a millones de estadounidenses en la pobreza. La numerosa familia Waymon, que antes del crack de 1929 parecía haber encontrado su estabilidad económica, no fue la excepción. Y hubo que rebuscárselas como sea. Cuando apenas estaba por cumplir cuatro años, la pequeña Eunice abandonó su infancia para ayudar a su papá a recuperarse de una complicada operación en el estómago. Gracias a esos meses de complicidad y acompañamiento, se volvieron inseparables.

La música, la salvación

La música fue parte de su vida desde siempre. “Todo lo que me ocurrió cuando era niña tenía que ver con la música. Era parte de la vida cotidiana, algo tan automático como respirar”, relata Nina en sus memorias. Su papá tocaba el piano, la guitarra y la armónica, y además dirigía el coro de la iglesia. Eran metodistas y toda su vida social giraba en torno a la religión. Su mamá también tocaba el piano y cantaba, al igual que sus hermanos y hermanas. “Nunca cursamos estudios formales; aprendimos a tocar de la misma manera que aprendimos a caminar, como algo natural”, asegura.

Cuando era bebé y no paraba de llorar, no había mejor remedio que la música. Paraba de hacerlo en el mismo instante en que comenzaba a sonar un piano. En la iglesia descubrieron que desde muy chica aplaudía siguiendo el ritmo de las canciones, decían que tenía un don. El día que su mamá la escuchó tocando “God Be With You Till We Meet Again”, uno de sus himnos favoritos, no hizo más que confirmarlo. Para ese entonces Eunice no tenía ni tres años y la llamaban “niña prodigio”. A los seis ya era la pianista estable de la iglesia. Después empezó a tomar lecciones de piano -con la señora Massinovitch, que con el tiempo se iba a convertir en su “mamá blanca”- y conoció a Johann Sebastian Bach. Se enamoró de la perfección matemática del maestro del barroco y decidió que quería dedicarse a la música. A los ocho años dio su primer concierto en público.

Una cuestión de piel

La segregación parecía invisible en Tryon, al menos para Eunice, pero como en todo pueblo sureño de los Estados Unidos, existía. Es que estaba tan naturalizada que ya formaba parte del paisaje. Ella siempre la había vivido de cerca pero realmente la sintió en carne propia cuando tenía 11 años y le pidieron que de un concierto en el ayuntamiento.

“Cuando levanté la vista vi que estaban expulsando de sus asientos de la primera fila a mis padres, que estaban con sus mejores galas, para ubicar en su sitio a una familia blanca. Y que papá y mamá estaban permitiéndolo”, relata en sus memorias. Eunice se negó a tocar hasta que les devolvieran los asientos a sus padres, cosa que hicieron, pero desde ese día empezó a ver el mundo de otra manera.

En su casa nunca se hablaba del color de piel, ni del propio ni del de sus vecinos. Pero la pequeña que ya empezaba a crecer comenzó a entender que todo el esfuerzo, las ganas de progresar y la conducta que le habían inculcado sus padres tenían que ver con el orgullo de ser negra en un contexto que siempre le iba a ser adverso. Cuando la rechazaron en el Instituto de Música Curtis de Filadeldia se dio cuenta de que el racismo podía llegar demasiado lejos, incluso al punto de coartarle los sueños a esa niña prodigio.

Eunice Kathleen Waymon adoptó el nombre artístico de Nina Simone por necesidad. Tenía la oportunidad de tocar el piano en un bar -pagaban mucho mejor que las lecciones que le daba a sus alumnos- pero si se enteraba su madre podía llegar el apocalipsis. “Una vez había tenido un novio de origen hispano, Chico, que me puso el sobrenombre de Niña, en castellano. Chico me llamaba así todo el tiempo y me encantaba cómo sonaba. Y Simone también me gustaba desde que había visto a Simone Signoret en películas francesas. De modo que allí estaba, Nina Simone”, sintetiza en sus memorias.

Al poco tiempo dejó de ser una simple pianista y empezó a cantar. Tenía que tocar siete horas por noche en un antro para borrachos en Atlantic City, por lo que combinó sus conocimientos de música clásica y gospel con lo que le salía de adentro. Improvisaba, componía en vivo, le brotaban canciones originales que ni siquiera ella sabía que existían. El Midtown se llenaba de gente que disfrutaba de la magia de Nina Simone. Ahí forjó esa relación tan especial con el público. Si alguien la molestaba, se pudría todo. Exigía respeto y se brindaba al cien por ciento.

Nina Simone vivió sus últimos años en Francia Fuente: Archivo

De Atlantic City a Filadelfia, luego a Nueva York y Pensilvania. Nina empezaba a conquistar los Estados Unidos y ni siquiera habían llegado a las bateas sus mayores éxitos, “Ain’t Got No, I Got Life”, “My Baby Just Cares for Me”, “I Put a Spell on You”, “I Loves You Porgy” o la inoxidable “Feeling Good”. Con el tiempo, grabaría más de 40 discos (este abril se cumplen 50 de Here Comes the Sun, la canción de los Beatles a la que le imprime su característica interpretación y con la que dio nombre al álbum en el que también interpreta “Just Like a Woman”, de Bob Dylan) ), se transformaría en una cantante de relevancia mundial y gran influencia para artistas de todos los géneros, desde Aretha Franklin hasta Madonna, pasando por Elton John, Adele e incluso Kanye West. Viviría en Liberia, Suiza, Inglaterra y Francia, donde murió en 2003.

El mayor reconocimiento, no obstante, llegó tarde. Más precisamente dos días antes de su muerte. El Instituto Curtis, aquel que la había rechazado en su temprana juventud por su color de piel, y que casi provoca que abandone la música para siempre, le otorgó un título honorífico. Quizás recién en ese momento Nina, o mejor dicho, Eunice, se sintió definitivamente libre.

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