Murió Gary Peacock, uno de los más grandes contrabajistas del jazz contemporáneo



Gary Peacock, uno de los grandes contrabajistas del jazz contemporáneo, murió este sábado 5 de septiembre, a los 85 años. Peacock fue un artista que le aportó al género una mirada y de un renovado lirismo.

El baterista Jack DeJohnette, su compañero por más de 30 años en el trío de Keith Jarrett, escribió en su Facebook: “Lamentamos con una profunda tristeza, el fallecimiento del gran Gary Peacock. Tuve la suerte de haber pasado más de 30 años tocando música increíble con él, tanto por separado como en el Trío con Keith Jarrett. Tenía un gran sonido y una imaginación muy creativa. Fue su álbum Tales of Another, en 1977, lo que nos unió. Después de eso, decidimos seguir tocando juntos y el resto es historia. Tengo mucho amor y gratitud por lo que ha aportado a la música que llamamos Jazz.”

El músico era dueño de una estética personal que tuvo épocas de exuberancia, como en los años ’60 y ’70, y otras, las más recientes, de un genuino minimalismo. Siempre sus propuestas contenían una sólida promesa de calidad artística. Sin temor a exagerar, podríamos decir que formó parte de los tres mejores tríos de piano del jazz moderno, con Bill Evans, Paul Bley y Jarrett, con quien mantuvo una larguísima sociedad.

Gary Peacock en la Usina del Arte, en su última visita al país, para tocar en el festival Buenos Aires Jazz.17

En cada uno de ellos, contribuyó con una desusada sensibilidad para el espacio y el tiempo, el sonido y la textura; una ubicuidad absoluta entre el lirismo y el fundamento rítmico de su función. Peacock podía abarcar con facilidad estructuras convencionales hasta, incluso, la atonalidad. Y era hábil en esa permanente indagación entre ambos mundos.

“Para mí, lo más importante es estar en posición de escuchar lo que está sonando, y no de hacer algo determinado de antemano. Creo que para ser innovador hay que sentirse un principiante. Esto es clave, porque es la mejor manera para estar abierto y disponible. Siempre eres un principiante, y es el mejor lugar para ser creativo. Si siento que ya lo sé y puedo hacer lo que quiero, no va a resultar”, señaló a Clarín en su última visita a Buenos Aires.

Fue cuando se presentó en trío con Marc Copland y Joey Baron, en el Festival de Jazz de Buenos Aires, en 2017. Antes, había estado tocando en la argentina con el trío de Keith Jarrett, en los años ’90 y en 2001.

Peacock desarrolló una trayectoria gigantesca, con más de 60 años en la escena y trabajos excelentes como líder en December Poems (1978), con el saxo noruego Jan Garbarek; Oracle (1993), con el guitarrista Ralph Towner; Just So Happens (1994), con Bill Frisell; o los inolvidables Paul Bley and Gary Peacock (1970) y My Foolish Heart (1988), con Marc Copland y John Abercrombie.

En los nueve discos que grabó con el grupo del saxo tenor Albert Ayler, en los años ’60, quedó en evidencia no sólo su creativa mirada con el instrumento sino también su total compromiso con el free jazz. Con Bill Evans grabó Trio 64, un trabajo de tono conceptual que llamó la atención de quien sería su compañero posteriormente, Jarrett. Con este pianista grabó 21 discos de una calidad superlativa, más allá de los repertorios y los gustos de cada quien.

Una de sus experiencias más reveladoras fue precisamente cuando reemplazó a Ron Carter en el quinteto de Miles Davis, en 1964. “Me llamó Tony Williams (a quien conocía porque había grabado en su disco Life Time) para que tocase de cambio de Ron Carter. Recuerdo que en los dos primeros conciertos, Miles se daba vuelta y me miraba. Creí que lo hacía porque la estaba jodiendo a la historia. Más tarde me di cuenta que me estaba escuchando. Todos ellos escuchaban, y de esa manera se creaba esa energía creativa y arrolladora en ese grupo. Tocar con él me ayudó a superar ese sentimiento de no ser suficientemente bueno porque soy blanco, algo que pasaba bastante frecuentemente en los años ’50 y ’60”, contaba este músico que se decidió por el contrabajo a los 20 años, después de estudiar piano, trompeta y batería.

Como viejos amigos. la relación entre Gary Peacock y el contrabajo nació casi por casualidad.

Nació el 12 de mayo de 1935, en Burley, Idaho. Sus estudios musicales comenzaron en su niñez, aunque sin una dirección definida. Fue a los 15 años cuando escuchó a la Jazz and The Philharmonic, con Oscar Peterson en el piano y Ray Brown, en el contrabajo, que su visión comenzó a cambiar. A los 18 supo que quería ser músico de jazz, y fue por esa época, en Los Angeles, donde comenzó sus primeros pasos tocando profesionalmente.

Sin embargo, recién en Alemania, estando en el ejército, fue donde se pasó al contrabajo. “Teníamos un trío y debí reemplazar al bajista, que se había casado. No estaba muy seguro, pero progresé muy rápido con el instrumento, siempre me sentí natural con él. Fue un encuentro con alguien que uno siente que ya conoce”, recordaba el músico.

A su regreso a Los Angeles, comenzó a tocar artistas de una sólida reputación en la Costa Oeste como Art Pepper y Barney Kessel; en 1959 escuchó al genial saxo alto Ornette Coleman y tras un inicial rechazo a lo que hacía encontró en su forma de aproximarse a la música una verdadera noción de libertad. Los ’60 fueron años de una verdadera liberación artística, y Peacock se sentía cada vez más imbuido de esa atmósfera. “Haciendo jazz clásico me sentía como con una chaleco de fuerza, me resultaba irritante esa esclavitud que sentía del ritmo; entonces, me di cuenta que el tiempo, literalmente, podía estar ahí, aunque no lo tocase. Toqué otra cosa, y funcionó”.

En 1962, se mudó a Nueva York, donde tocó con muchos de los músicos más excitantes de aquella escena, Bill Evans, Paul Bley, Archie Shepp, Albert Ayler y con el mismísimo Miles Davis. A finales de la década, Peacock comenzó a tener serios problemas de salud tanto física como mental debido al consumo de drogas, especialmente LSD, y alcohol, que lo llevaron a dejar de tocar.

Se sintió atraído por la filosofía y la medicina oriental y poco a poco recuperó el deseo de volver a tocar. En 1970 ya estaba de nuevo en la ruta, y a su labor de músico le sumó la actividad docente. 

Según sus propias palabras, su entusiasmo y creatividad descansaba en su relación con el mundo iluminada por el budismo zen. “Hago diariamente un un trabajo físico con el instrumento. Siento sus cuerdas, su vibración, lo cual me permite obtener una conexión físico-sensorial; y la siguiente es lo que haré ese día pero sin perder de vista la conexión física. La música en realidad me llevó de alguna manera a la práctica del zazen (meditación sentado), porque sentía a través de ella una conexión espiritual. A través de ella lograba mi mayor sensación de conciencia que me dice hoy: ‘Sólo haz lo que estás haciendo mientras lo haces. Tan simple y tan difícil’”.

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E.S.

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