Murió el periodista y crítico Fernando López



Fernando López, en 1996, fue periodista y crítico de cine, así como jefe de la sección Espectáculos de LA NACION Fuente: Archivo

El periodista especializado en espectáculos Fernando López falleció anoche a los 78 años. Sus restos serán inhumados mañana a las 11 en el cementerio de la Chacarita.

Fernando jamás hubiese aceptado en vida el hecho hoy incontrastable, ante la certeza del inexorable adiós, de que su tarea ejemplar como periodista especializado en temas del espectáculo y el ejercicio de la crítica en esos terrenos conservaría una vigencia plena a partir del silencioso reconocimiento de muchos de sus colegas, hayan o no trabajado junto a él.

No podría imaginarse otra conducta de un hombre cabal y un periodista completo cuya vida entera fue un modelo de reserva, discreción y modestia, atributos que lo alejaban de cualquiera de las encendidas discusiones a las que suelen entregarse algunos hombres de su mismo oficio. Pero entre ellos y Fernando López había un abismo.

El hombre que engalanó las páginas de Espectáculos de LA NACION durante varias décadas con su prosa fina, precisa y rigurosa siempre dejaba a la vista la inconveniencia de hacer juicios de valor con la misma autosuficiencia que el crítico muchas veces suele reprocharle a un artista. Fernando López, en cambio, era un escrupuloso cultor de la crítica escrita en tercera persona que desde el vamos eliminaba cualquier pretensión de arrogancia.

Nos enseñó que la mejor opinión sobre una película, una obra teatral o una grabación, y el mejor retrato de un artista debían surgir de una cuidadosa argumentación y de un rigor analítico que solo podía nacer de la formación más sólida. No solo en el conocimiento específico de cada una de las artes sobre las cuales se escribe, sino también de valores y principios determinados ante todo por una ética insobornable.

En ese sentido, Fernando fue el mejor heredero de la línea marcada por ese periodista excepcional y ese hombre sabio que dejó una huella indeleble en la Redacción de LA NACION y en todos quienes lo conocimos, Bartolomé de Vedia. Fernando se hizo cargo de conducción de la sección Espectáculos de LA NACION cuando De Vedia fue llamado a ocupar otras responsabilidades mayores en el diario. Pero nunca se privó durante el largo ejercicio de esas tareas de edición de hacer lo que más le gustaba: ver películas, escuchar discos, apreciar el talento de grandes artistas en conciertos y presentaciones de todo tipo, conversar con los más grandes talentos del cine mundial, ser testigo de los festivales de cine más importantes.

La pluma elegante, minuciosa y exquisita de Fernando López era capaz de contar como ningún otro esos acontecimientos, desde la pura descripción hasta la observación crítica más filosa. Todo lo hacía con una admirable facilidad para encontrar la traducción perfecta en unas pocas líneas del hecho que le tocaba observar y analizar.

En los textos de Fernando López había ante todo una admiración indisimulada hacia los artífices de ese arte con mayúsculas que podía descubrir en una película o una grabación. Nunca le costaba encontrar el adjetivo ideal para sostener el elogio o destacar alguna virtud que podría pasar inadvertida, tal como lo hacía su maestro Bartolomé de Vedia. No había una sola palabra de más (ni de menos) en textos que fluían con elegancia, distinción, buen gusto y un amor incondicional por el castellano bien escrito.

Fernando López engalanó las páginas de Espectáculos de LA NACION durante varias décadas Fuente: Archivo – Crédito: Ezequiel Pontoriero / LA NACION

Solo un observador preciso, tan atento a la precisión del retrato como a la admiración que despierta en él la figura que está describiendo, es capaz de dedicarle a Frank Sinatra palabras como las que Fernando López escribió el día de su fallecimiento: “Sinatra sedujo con la voz, con los ojos azules, con el desgarbo y la simpatía del muchacho sencillo que se endureció en la calle pero conservó siempre un costado vulnerable. Cuando llegó el tiempo de las polémicas y las sospechas, ya se había ganado el corazón de todo”.

Y solo un observador dotado como él para percibir lo inefable, lo que pasa inadvertido en la conciencia mientras llega directamente al corazón encontraba las palabras ideales para hablar de uno de los creadores que más admiraba, João Gilberto. “Quien mire más atentamente y sea capaz de distinguir la quietud perezosa del obstinado afán perfeccionista, advertirá que este bahiano solitario ha estado construyendo su obra con la dedicación de un orfebre, despojándola de toda ornamentación superflua, empecinado en extraer de cada canción su belleza más escondida y más luminosa”, escribió una vez.

La música de Brasil era una de las especialidades de Fernando. No había tema, presencia, visita, concierto o novedad discográfica llegada desde el vecino país que no pasara por su finísimo análisis, lleno además de conocimientos y sabidurías varias (eso que hoy suele llamarse algo peyorativamente “background”) que desplegaba sin alharacas ni expresiones demostrativas. Si había algo que Fernando nos enseñó fue el rechazo a todas esas cosas que terminan negando la verdadera emoción: el sentimentalismo, el subrayado, la afectación en el lenguaje, se trate de un elogio o un cuestionamiento. No había en un solo texto de Fernando aquellos componentes “ripiosos” que Borges y Bioy Casares señalaban como obstáculos para una buena y disfrutable lectura.

Fernando podía lucirse a través de bellos y extensos ensayos sobre algún momento clave de la historia de la música de Brasil o la aparición de un nuevo libro sobre sus grandes protagonistas. En ese sentido no debe haber mejor ejemplo que un texto extraordinario, maravilloso, firmado por Fernando y publicado el 17 de julio de 2010, dedicado a evocar la figura de Vinicius de Moraes. Pero también lo hacía con los breves comentarios (preciosas grageas) de las novedades discográficas que elegía con esmero para una sección (“Grabaciones”) que le pertenecía por completo y aparecía cada semana en la sección Espectáculos.

La misma precisión, la misma riqueza narrativa y la misma capacidad para separar lo más importante de lo accesorio (aún los detalles más curiosos y extravagantes) quedaban a la vista en las excepcionales semblanzas de grandes actores o directores que hacía en sus columnas semanales sobre cine. Cualquier aniversario (nacimiento o muerte) le servía para rescatar del olvido a alguna gran figura o marcar de ellas algunos aspectos sobresalientes ligados a la actualidad. No había en esos textos ningún dejo de expresa nostalgia o apego a ciertas vanguardias. Del pasado y del presente Fernando sabía destacar y guardar lo imperecedero, aquello que supera a cualquier moda o circunstancia del momento.

Lo mismo se percibía en sus críticas, a las que llegaba después de asistir a las funciones privadas para los críticos especializados con todas las marcas de su estilo. Llegaba muy discretamente, muy cerca del momento en que estaba previsto el comienzo de la función, como para evitar conversaciones de ocasión que pudieran desconcentrarlo de su objetivo. Apenas respondía algunos saludos, siempre con la máxima amabilidad y una sonrisa permanente, y se permitía alguna chanza con veteranos colegas, algunos de los cuales (como ocurría con el fallecido y siempre recordado Aníbal Vinelli) lo saludaban con un apodo que pocos conocían. “¡Lobo querido, ¿cómo andás?”. Al final de la función, cuando surgía el interés de intercambiar con él algún comentario ocasional sobre lo que acaba de verse ya era tarde. Con el mismo sigilo ya había dejado la sala, como si hubiese querido recuperar el anonimato lo más rápido posible.

“Fue un gran docente de la vida, y no solo porque era maestro por vocación, sino porque volcaba en sus redactores esa mirada que provocaba grandes interrogantes para después poder develarlos -recuerda Susana Freire-. Durante veinte años tuve el privilegio de trabajar junto a él, de participar en las largas tertulias que espontáneamente se armaban en las madrugadas mientras esperábamos en el taller el cierre del diario. Fue un jefe que no imponía opiniones, sugería. Que no rechazaba criterios, los analizaba. Que estimulaba las iniciativas creativas de los jóvenes. Leal a sus principios, nunca permitió que un matiz subjetivo pudiera alterar su criterio estético ni le faltó rigor a la hora de analizar los valores éticos del arte. Esa fue su mayor enseñanza.”

El legado silencioso de Fernando está a la vista en quienes llevan adelante en LA NACION el más riguroso ejercicio de la crítica, de la búsqueda empecinada del dato preciso que pueda enriquecer una crónica o una semblanza, del retrato dedicado con elegancia y una admiración fundada en los hechos (por eso nunca resultará empalagosa) hacia los grandes nombres del espectáculo mundial, los que dejaron verdadera estela.

La arrogancia, la tosquedad, las expresiones banales o frívolas, la provocación y las expresiones de dudoso gusto fueron siempre sus adversarios. Los enfrentó y los combatió en silencio dejando desde su inveterada modestia, desde ese gesto leve que transmitía confianza y seguridad frente a cualquier duda planteada desde afuera, desde la palabra como ejemplo, como guía, como faro ético. En silencio lo recordamos y en silencio volveremos a sus textos admirables para encontrar cuando estemos perdidos el camino del mejor periodismo de espectáculos y de la crítica bien entendida.

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