Murió Charles Grodin, un actor capaz de sacarle una sonrisa a cualquier situación



La noticia de la muerte de Charles Grodin a los 86 años lleva a lamentar todavía más la inexplicable decisión de Netflix de sacar demasiado rápido del catálogo local una de sus mejores interpretaciones, y a la vez una de las grandes comedias de acción de los años 80: Fuga a la medianoche (Midnight Run). Muchos lo descubrieron allí como un antológico contador, condenado por desfalco, obligado a recorrer las rutas de Estados Unidos junto a un cazador de recompensas interpretado por Robert De Niro. Fue el papel más popular de su carrera, en el que dejó a la vista cualidades muy difíciles de encontrar en otro actor.

Charles Grodin en 1982Ron Frehm – AP

Grodin falleció este martes a los 86 años en su casa de Connecticut tras una larga lucha contra un cáncer de médula ósea. Tenía un rostro en apariencia transparente y completamente inexpresivo y pese a ello se las ingeniaba siempre para sacar de la galera todas las maneras posibles de hacer reír. Era extraordinario verlo, por ejemplo, al transformarse en un instante y pasar de la indiferencia al cinismo casi sin alarde, con una asombrosa naturalidad. Había que prestarle atención todo el tiempo, porque no había en su caso ningún momento para descartar frente a la pantalla. Cualquier aparición, por trivial que fuera, la convertía en un momento hecho de pura gracia, aún cuando le tocaba interpretar a seres que él mismo definía como repulsivos o despreciables. Fue convocado muchas veces para esa clase de papeles incómodos y cargados de tensión, de los que finalmente siempre lograba extraer un poco de humanidad.

Grodin era el intérprete ideal para componer personajes desconcertantes, pero que parten de la lógica más pura para salir disparados de repente hacia las reacciones y los comportamientos más inesperados. Apenas se conoció la noticia de su fallecimiento, los medios de Hollywood recordaron también un aspecto de la conducta de Grodin que también llevaba a celebrar lo que hacía fuera de los sets. Cada vez que aparecía en algún talk show o programa de entrevistas era imposible dejar de verlo a partir de sus enojos. Fue el invitado cascarrabias por excelencia de la televisión estadounidense.

En La gran aventura de los Muppets (1981)

Eso ocurría fuera de los sets. En las películas, Grodin pasó a la historia como uno de los actores secundarios más confiables y destacados del cine estadounidense, por más que muy temprano le tocara interpretar el papel de su vida. Fue en 1972 en Un cambio de planes (título local de The Heartbreak Kid), notable comedia de Elaine May, figura clave en el desarrollo inicial de su carrera. Allí, Grodin es un muchacho no muy centrado que se enamora como nunca en su luna de miel, pero no precisamente de su esposa. Una remake estrenada en la Argentina como La mujer de mis pesadillas, con Ben Stiller, se estrenaría en 2007.

Cuatro años antes de esa consagración, en 1968, Grodin debutó en el cine como el obstetra de Mia Farrow en El bebé de Rosemary. Allí inició el período artístico más fecundo de su carrera, al que llegó después de estudiar un buen tiempo en Nueva York, primero junto a Uta Hagen y luego en el Actors Studio de Lee Strasberg. El interés original de Grodin tuvo que ver con el teatro, que descubrió en Pittsburgh, su ciudad natal. Allí nació como Charles Grodinsky el 21 de agosto de 1935 y allí también desarrolló los primeros pasos de su trayectoria teatral.

Pasó de los escenarios a los rodajes luego de convertirse en protegido de Elaine May y sumarse a los proyectos del tándem que May formó con Mike Nichols. Pudo ser el protagonista de El graduado, pero rechazó el ofrecimiento de Nichols para participar de las audiciones porque no estaba decidido a memorizar 30 páginas de guion.

De la carrera en el cine de Grodin siempre se recordará, sobre todo, el personaje de arrogante ejecutivo que lleva adelante, con sombrero, bigote tupido y ropa de expedicionario, la búsqueda del gigantesco gorila en la versión de King Kong de 1976, junto a Jeff Bridges y Jessica Lange. Allí quedaba bien a la vista, como se dijo, lo capaz que era Grodin para sacar todo el jugo posible de personajes con costados oscuros y temibles. También ocupó ese mismo año un papel importante en El cielo puede esperar, de Warren Beatty.

Grodin con Ben Stiller en Mientras seamos jóvenes, uno de sus últimos papeles en el cine

Luego llegaron grandes apariciones secundarias en comedias como Parece que fue ayer, Ahora me toca a mí, La chica de rojo, Ishtar (aquél colosal fracaso de taquilla dirigido por Elaine May con Beatty, Dustin Hoffman e Isabelle Adjani), Ladrones, Del manicomio al sofá y Millonario por un instante. Recuperaría el primer plano en 1992 gracias a Beethoven, una muy exitosa película familiar en la que se convierte en malhumorado antagonista de un enorme perro San Bernardo. Un año después se estrenó su secuela. Una década antes incursionaría en ese terreno como figura masculina principal de La gran aventura de los Muppets (1981), con regocijantes detalles paródicos sobre las películas de ladrones.

Fue muy poco conocida en la Argentina su faceta de comentarista periodístico que cumplió en los años 90 en el programa de TV 60 Minutos, columnista en el New York Daily News y autor de varios libros. En el tramo final de su vida artística lo reencontramos en breves papeles propios de su sello en Un nuevo despertar, de Barry Levinson, y Mientras seamos jóvenes, de Noah Baumbach. Ambas se estrenaron en 2014. Ya casi octogenario, Grodin no había perdido allí ni una pizca de sus atributos, dignos de un actor sincero, mesurado, siempre tenso al principio y compasivo al final.

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