MoMa, el museo de Mora y Mariela que funciona en un 5to “A”



Un quinto piso con más de 300 obras de arte moderno en sus paredes. Para la particular visita guiada nos reciben sus dueñas, Mariela y Mora Ivanier, anfitrionas y coleccionistas, madre e hija. Ellas compran pero no venden. De este hogAr(te) ubicado en Humberto Primo al 1700 se ha dicho que no hay ninguno igual en la ciudad autónoma toda.

Techos altos, arquitectura racionalista, paredes multicolores. El arte moderno es como el amor: cuesta comprenderlo. Nunca sabés si lo que estás viendo es una estafa o una genialidad.

Mariela colecciona desde los ’90 y Mora se comporta como una auténtica heredera hecha de un desdén dulce con finas hierbas de espíritu adolescente.

Hoy pareciera que coleccionar arte es moda. Lanata lo hace. Jorge Rial tendría un asesor que orienta sus adquisiciones. El Bahiano, ex Pericos, se adentra en la materia. “Esta pieza nos salió tres mil dólares”, dicen señalando un cuadro hiper-realista, es decir, una foto convertida en pintura.

“Lo que nos interesa suele ser desafiante. Yo misma lo soy”, aclara la dueña de casa.

A veces uno cree que el llamado “arte moderno” puede ser la excusa ideal para la gente sin talento. Esto lo pensás, no se lo decís a las dos diosas que reciben con aire acondicionado a 20 grados y convidan cosas ricas, mientras nos paseamos de un cuarto a otro.

“Madre e hija vivimos la colección de modos opuestos o, mejor, complementarios. Mora es la guardiana para que yo no me vaya de mambo”, dice Mariela. Foto German Garcia Adrasti

Mora vive la colección desde su nacimiento. Creció dentro de ella, es su cotidianeidad. “El lugar donde recibe a sus amigos –cuenta Mariela-, donde cría a su gatita adoptada de la calle, donde estudia, lee, baila y escucha a Serú Giran, es parte de esta movida”.

Para Mariela, su entretenimiento termina siendo “una conexión con el mundo exterior”. Dice que es una manera de comunicar, “una extensión de sí misma”, un modo de decirle a la gente: ¡compren arte que está buenísimo! ¡No se lo pierdan!

Nuestro MoMa (MOra y MAriela) es un enclave semioculto que puede visitarse aunque primero habrá que descubrirlo. La casa de San Telmo está totalmente intervenida. Muy pronto colgarán cuadros de los techos. Entrás y es fuerte lo que pasa. Más que “fuerte”, espléndido. Basta de estímulos, sean curiosos, vayan, vean, ¡expándanse!

Si Mariela es la sucesora de Bergara Leumann, su hija, Mora, sería un cogollo, una Bergarita.

Mariela y Mora abren las puertas de su casa todos los meses en unas jornadas llamadas Té de Colección. “Un deseo de compartir que empezó con infusiones varias y exclusivas, aunque ahora bebamos como cosacos”, confiesa mamá.

Madre e hija viven la colección de modos opuestos o, mejor, complementarios. “Mora es la guardiana para que yo no me vaya de mambo comprando”.

Una digresión aproximada: si a veces hasta el Pompidou parece un chiste, últimamente en el Centro Cultural Recoleta es más fácil sentirse atraído por los baños y el gift shop que por cualquiera de sus muestras.

En lo de las Ivanier hay un original de Clorindo Testa. Está pegado justo contra el interruptor de luz de la entrada y frente a una cocina de claridad cegadora. CocinArte. Queda poco espacio ya, pero las curadoras se jactan de que todo lo que tienen está exhibido. Es una condición esencial.

En la habitación de Mora puede verse la pintura más grande de todas. Una de Paula Socolovsky.

En la habitación de Mora puede verse la pintura más grande de todas. Una de Paula Socolovsky. “La elegí para que esté en mi habitación, pero ahora siento que ocupa mucho lugar”, sonríe con hoyuelos y un altar feminista como telón de fondo.

“El arte emergente quizás nunca llega al canon, pero nosotras no especulamos”. Foto Guillermo Rodriguez Adami

Las diez obras que más les gustan cambian según los estados de ánimo. Algunas les recuerdan al artista, otras disparan situaciones personales, cotidianas. ¿Y este cuadro? “Martin Kovensky. Todos se enamoran y quieren tener uno”. ¿Y éste? “Lisa Giménez. Para mí son como los sillones de mi vejez”, dice madre. ¿Y éste? “El helado de Ricky Crespo: imponente”. ¿Y éste? “El beso casi cortazariano de Andrea Racciatti, con un poema bello impreso en la tela”.

-Coleccionar se puede parecer a una compulsión disfrazada de romanticismo?

-Sí, puede ser –ríe Mariela. Su cara es un spa-… A mí me gusta gastarme la plata en esto, así como otras mujeres quieren comprarse carteras. No hay mucho misterio.

¿Y Mora? –Mora practica el arte de desaparecer-. “¡Mora…!, ¡¡Mora!!, ¡¿dónde estás Mora?!

Nada, parece que salió a dar una vueltita.

“Temo influenciarla demasiado, atosigarla, pero en general todo se ha desarrollado con naturalidad. Para Mora vivir entre obras de arte es lo obvio. A veces mi hija dice ‘no me gusta más el arte’, pero nunca mueve las obras que tiene en su cuarto”.

Esto fue un departamento nuevo y vacío. Muy blanco y solitario hasta que tomaron una decisión: querer originales y no reproducciones.

“Sí, es verdad que los artistas emergentes suelen ser menos costosos y por ende el acceso a la compra es más fácil. Se trata de atreverse, de tirarse del trampolín y empezar a comprar. Ojo, la compulsión forma parte del coleccionismo. A veces no podés parar, pero nosotras queremos eliminar urgentemente el concepto de status del coleccionismo. Lo chic limita al coleccionismo y a quienes nos sentimos coleccionistas”.

“Coleccionar”, “reunir”, “compartir”, “contar”, “narrar”, “tener”, “sumar”, “ordenar”, “cambiar”. Las palabras se amontonan abiertamente surrealistas, como si ambas vivieran bajo el embrujo de un cadáver exquisito.

“Para coleccionar arte es necesario conocer al artista. Los invitamos y les preguntamos dónde quieren estar. Algunos pueden elegir orientación, pared, vecindad con otros artistas. Otros se deben conformar con la sola posibilidad de estar”.

A fuerza de insistir y permanecer, las dos son un nombre propio dentro del ambiente. Este año la editorial Planeta les editará el segundo libro de Té de Colección.

“Lo emergente quizá nunca llega al canon. Pero no especulamos. Para nosotras es un descubrimiento celestial. No sugerimos invertir en arte sino invertir en placer”.

Detrás de las comillas de Mariela está su habitación decorada, atiborrada, atestada de arte. Un maravilloso y pequeño Gachi Hasper. Las fotos de Jackie Parisier, colgadas muy altas, como en el cielo. Una obra firmada por Adriana Margalef, regalo de dos amigos muy queridos. “Las cuentitas” de Gaba de Dios, “rosarios de amor”.

Esto fue un departamento muy blanco hasta que tomaron la decisión de querer originales y no reproducciones. Foto German Garcia Adrasti

Casi nos harían un inventario. La casa es una mezcla de lo público, lo privado, lo íntimo, lo compartido. Lo de Mora y Mariela. Iguales y distintas. Madre e hija. M&M, MoMa, Mamá, Mumi, Mumele, como Mariela le dice a Mora y, a esta altura, ella sólo se enoja con cariño.

“Ojalá siempre me quiera fuerte y me perdone bajito”.

JB

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