Misión imposible: una apertura perfecta, un protagonista despedido y la ayuda de Lucille Ball


Para mediados de la década del 60, la moda de las series con espías había tomado por asalto a la televisión. Inspiradas por sus contrapartes cinematográficos -el James Bond de Sean Connery, el Flint de James Coburn o el Matt Helm de Dean Martin-, las propuestas llegaban de todas partes e iban desde la ironía de El santo hasta el humor del Superagente 86.

Es en este contexto que al productor Bruce Geller se le ocurrió un nuevo proyecto llamado Misión imposible (Mission: Impossible), que tomara el concepto pero difiriera en la propuesta. También había algo de inspiración bien entendida en la película Topkaki, estrenada en 1964 y protagonizada por Peter Ustinov, Melina Mercouri y Maximilian Schell.

Misión Imposible, una serie que marcó una época

“Quería resumir una película de espionaje en 50 minutos televisivos”, diría el mismo Geller años después. Para 1966, año en que debutó el programa, las cartas credenciales del creativo incluían haber producido la serie Cuero crudo con Clint Eastwood, y guionado algunos episodios de El hombre del rifle y El rebelde, entre otras.

Para la lógica de producción de la época, la idea de Geller era original y disruptiva, tanto que a nadie en la industria le interesó apostar por ella. Tuvo que aparecer una estrella de la comedia norteamericana -a priori una opción impensada- para que Misión imposible tuviera finalmente una oportunidad.

En 1950, Lucille Ball y su marido Desi Arnaz habían fundado Desilu Productions, empresa con la que habían logrado no solo una independencia para sus programas y películas, sino también apostar por algunos proyectos que les resultaban particularmente interesantes. Los intocables, Viaje a las estrellas o Mannix, fueron algunos de ellos.

Fue Lucille Ball en persona quien quedó fascinada con la propuesta de Bruce Geller y le prometió darle su apoyo. Semejante aval alcanzó para que CBS diera luz verde a la producción y Misión imposible se convirtiera en realidad.

Entre los muchos méritos que hay que reconocerle a la serie está su solidez argumental, virtud que prácticamente se mantuvo intacta a lo largo de los siete años de su primera encarnación.

Todo estuvo ahí desde el primer día. La mano que encendía la mecha, la grabación que se autodestruía en cinco segundos y convenientemente resumía la trama del episodio, las habilidades del equipo y su selección mediante fotografías guardadas en la carpeta “Impossible Missions Force”; y especialmente la música, una banda sonora compuesta por el argentino Lalo Schifrin que se convirtió en una de las más famosas de la historia, aun cuando estuvo a punto de pasar inadvertida. Un episodio que definitivamente habría cambiado la historia del show.

Nacido en Buenos Aires pero con proyección internacional desde muy joven, Schifrin vivía en Nueva York y tocaba con su amigo Dizzy Gillespie cuando lo convocaron para componer en Hollywood. Sabiendo que era una gran oportunidad, el músico aceptó inmediatamente y no tardó en hacerse un nombre en la industria, que enseguida tendría su correlato televisivo. Hoy no caben dudas que su partitura para Misión imposible es uno de los soundtrack más icónicos de la historia de la televisión, y sin embargo, en 1966 no fue la primera opción para el programa.

De acuerdo a testimonios de la época, la composición para los títulos de la serie que había pensado Lalo Schifrin era completamente distinta. El problema fue que a Bruce Geller mucho no le había gustado. Ya en plena edición del piloto y ante semejante contingencia, al productor se le ocurrió que podían ir bien con los créditos de apertura unos compases incidentales que Schifrin había escrito para una escena de persecución. Le pidió al músico que los adaptara en tiempo y duración para hacer una prueba. Una vez escuchado el resultado final, no quedaron dudas: tenían la melodía perfecta para la serie.

Misión Imposible, una serie que marcó una época

Si se habla de la Misión imposible televisiva, el primer actor que viene a la mente es Peter Graves, o más bien Jim Phelps, el jefe del equipo. Graves era la imagen perfecta del espía de entonces: duro, decidido, seductor, incluso las canas le daban un toque de distinción que lo diferenciaba de sus pares.

Sin embargo, los caprichos de emisión alrededor del mundo ocultaron que durante el primer año de la serie Graves no estuvo. Los 28 episodios de 1966 estuvieron protagonizados por el actor Dan Briggs dando vida Steven Hill, responsable de recibir las órdenes y armar al equipo. Entonces, ¿qué sucedió para que Graves ocupara su lugar?

Las versiones de la salida de Briggs del programa fueron dos. Por un lado se dijo que este tenía un carácter complicado y generaba un mal clima en el equipo; por otro, que su religión no le permitía trabajar en sábado, algo que era muy común por el ajustado plan de grabación. Sea un motivo o el otro, lo cierto es que con su partida le hizo un gran favor a su sucesor, que quedó en la historia de la televisión mientras él se hundió en el olvido.

La anterior no fue la única curiosidad en torno al elenco de Misión imposible. Otra rareza tuvo que ver con un momento que se repitió indefectiblemente durante gran parte de su historia: la elección de los agentes.

Que al comienzo de cada capítulo, el jefe seleccionara quiénes iban a ser sus colaboradores mediante fotografías no fue una decisión artística, Bruce Geller soñaba con tener un elenco rotativo en el que poder presentar estrellas invitadas. Es decir, habría un equipo de base, pero entre episodio y episodio algunos nombres cambiarían.

Esto finalmente no se sostuvo en el tiempo, pero le permitió a Martin Landau (el experto en disfraces Rollin Hand) aparecer todo el primer año como “estrella invitada”. Sucedió que en la prioridad del actor no estaba la televisión sino el cine, y por más que aceptó feliz participar de la serie, dejó abierta la posibilidad de irse de un momento para el otro. Algo que sucedería recién cuatro años después, y por motivos menos agradables.

Leonard Nimoy, Greg Morris, Lesley Ann Warren, Peter Lupus y Peter Graves

A partir de su segunda temporada, Misión imposible armó el equipo perfecto: James Phelps (Graves); Rollin Hand (Landau); Cinnamon Carter (Barbara Bain), modelo y femme fatale; Barney Collier (Greg Morris), técnico en tecnología; y Willy Armitage (Peter Lupus), el hombre fuerte del grupo.

Esta formación, la más recordada por los televidentes, se mantuvo igual hasta 1969, cuando un cúmulo de malas decisiones marcó el ocaso de la serie. Con la salida ese año de Desilu Productions, las decisiones económicas quedaron en manos del productor Douglas S. Cramer, hombre que sabía más de negocios que de arte, y un nombre familiar para los consumidores de series de las décadas siguientes.

Apoyado en los altos números de audiencia, Cramer decidió ganar más invirtiendo menos, redujo el presupuesto y ajustó los tiempo de grabación y producción; y si a alguien no le gustaba, siempre estaba la puerta abierta para que se fuera.

La salida de Martin Landau y Barbara Bain marcó el comienzo del fin de la serie

Martin Landau y Barbara Bain, marido y mujer, decidieron capitalizar su bien ganada fama y reclamaron un aumento de sueldo. Como la respuesta fue negativa abandonaron el programa luego de tres temporadas.

Sin darle mayor importancia al incidente, pero teniendo en cuenta la popularidad que, especialmente el actor, habían cosechado, los productores decidieron convocar a otro intérprete de peso para ocupar su lugar. Leonard Nimoy venía de ser el Sr Spock en Star Trek (papel que, paradójicamente le habían ofrecido primero a Landau) y aceptó pensando en la ventaja de pasar de un éxito a otro.

Pero no sucedió. Si bien su personaje, un ilusionista llamado París, estuvo a la altura, la marca dejada por su predecesor fue tan profunda, que no le alcanzó para borrarla. El lugar vacante de Bárbara Bain costó pero tuvo mejores resultados. Después de varias alternativas, el rol femenino quedó en manos de la actriz Lesley Ann Warren (Dana Lambert), mucho más joven y desinhibida que su antecesora.

Ni este ni otros cambios de elenco que se sucedieron en los años siguientes compensaron una suma de malas decisiones; las ya mencionadas y otras, como que en sus dos últimos años en el aire, y por cuestiones de política internacional, los villanos no llegaran de otros países, sino que fueran criminales locales.

Así el éxito de Misión imposible comenzó a atenuarse, hasta apagarse por completo en 1973, luego de siete temporadas. A pesar de ello, fue la serie de su género que más tiempo duró en pantalla, lo que fue y es un gran mérito. Quince años después de la cancelación, alguien pensó que era una buena idea retomar el proyecto. En este caso, la misión imposible con la que tuvieron que lidiar fue sostener una continuación que había perdido definitivamente el rumbo.

Con ideas y presupuesto austeros llegó una nueva Misión imposible. De la vieja camada solo quedaba Peter Graves, más arrugado y menos entusiasmado que antes. A su lado, pasaron sin pena ni gloria un grupo de jóvenes e ignotos agentes/actores que buscaron quedar en la posteridad sin éxito.

Del grupo de ignotos agentes concitó algo de atención el actor Phil Morris, por un diseñado cruce entre ficción y realidad. Resulta que su personaje en la serie se llamaba Grant Collier, y se presentaba en la ficción como hijo de Barney Collier, integrante del equipo original quien, a su vez, había sido interpretado por Greg Morris, su padre en la vida real. ¿Retorcido, no?

También despertó cierto interés la presencia en esta devaluada Misión imposible de Jane Badler, la inolvidable Diana de V: Invasión extraterrestre. Aunque claro, muy pocos se acuerdan qué hacía o cómo se llamaba su personaje.

Como se ve, no pasó gran cosa durante las dos temporadas que duró este revival. Estaban la música, el fósforo, la mecha, la grabación autodestructiva y Peter Graves. Pero no alcanzó.

Misión imposible terminó definitivamente en 1990. Pero su muerte televisiva dio paso años después a un nuevo comienzo, esta vez cinematográfico y con Tom Cruise como cara visible. La noticia fue una fiesta. Porque el actor se había declarado fanático de la serie, y porque la dirección estaría a cargo de Brian de Palma. Incluso una de sus escenas más icónicas era un homenaje a la película Topkapi, reconociéndola finalmente como la fuente de inspiración que fue.

Pero la alegría duró poco, porque en pos de un golpe de efecto, el film cometió un error imperdonable: Jim Phelps (encarnado por Jon Voight) resultó ser el villano de la historia. El malestar se extendió como reguero de pólvora y llegó incluso a afectar a los miembros originales. El actor Greg Morris, invitado a la avant premiere del film, se levantó en la mitad de la proyección y abandonó la sala indignado.

A 25 años de aquel estreno, la grieta entre los fans de la serie y los de la película todavía no cicatrizó. Y todo parece indicar que cerrarla es la única misión imposible que nadie pudo resolver.

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