María Rosa Fugazot: “A los 15 ya hacía revista, pero todavía era muy gansa”



Sin necesidad de guión ni nombre ficticio, ella es un personaje en sí misma. Graciosa, agradecida y memoriosa. Gran contadora de anécdotas. “Laburante desde siempre”, como le gusta definirse. Integrante de una interesante familia de artistas, María Rosa Fugazot pisó por primera vez un escenario a los 15 años y hoy, a los 77, sigue haciéndolo de maravillas.

Unas horas antes de la función de Después de nosotros -la obra del Paseo La Plaza que protagoniza Julio Chávez-, llega al bar de la cita con las fotos de su infancia en la cartera y un hilván de recuerdos que permiten conocer a la niña que fue. Y, de paso, retratar toda una época.

“Nací el 20 de diciembre del ‘42, pero estoy anotada el 12 de enero del ‘43, porque mi papá casi se olvida de hacerlo. Soy sagitariana por nacimiento, pero capricorniana por documento. Bah, soy un quilombo”, cuenta la hija de la actriz María Esther Gamas y del músico y actor Roberto Fugazot. Fue esposa del actor César Bertrand, tiene dos hijos y un currículum poblado de grandes compañeros de escena, como Alberto Olmedo, Susana Giménez, Jorge Porcel, Darío Vittori y podrían seguir las firmas.

María Rosa y su mamá, en la playa. “Estas fotos, después, se las mandábamos a mi viejo, con cosas que le escribíamos en la parte de atrás”.

“Mi primer año de vida transcurrió en Vicente López, porque en aquel entonces había muchos estudios cinematográficos en zona norte y la cercanía le venía bien a mis viejos. Además de ellos tuve muchos artistas cerca, como mi tío Gogó Andreu… Tenía otro tío, hermano de mamá, Rafael Gamas, que era bailarín y coreógrafo, que murió muy joven. Y el mayor de mis tíos tenía un puesto importante en una distribuidora de cine, así que los domingos mirábamos cine en su casa. Era un festival”.

“Ésta soy yo con 9 meses. Pero mirá lo que hacía mi vieja, muy de su época… recortaba las fotos y hacía un collage”.

“Tuve una infancia hermosa, con toda la familia junta y con mi adorada abuela a la cabeza… La abuela Margarita estuvo presente siempre en mi vida. Si ella estaba en lo de mi tía y yo la llamaba a las 11 de la noche y le decía ‘Abuela estoy triste’, se tomaba el colectivo y venía a darme un abrazo. Era una mujer conmovedora. Me enseñó mucho. Nació el 25 de diciembre y siempre decía que tenía una maldición, porque su mamá nació durante el parto. Se sentía culpable y, encima, el padre murió al mes, de profunda tristeza. Yo la tuve hasta mis 16, se me fue demasiado pronto. Igual tuvo tiempo para formarme”.

“Aquí estoy con mi amada abuela Margarita, clave en mi vida. Un ser maravilloso que me enseñó todo. La extraño con toda mi alma”.

“De ella aprendí el valor del respeto a sí misma. Jamás me voy a olvidar de la charla que tuvimos el día que me hice señorita. ‘No voy a decirte lo que tienes que hacer o no, pero recuerda que tu cuerpo es un receptáculo, que el hombre viene, escupe y se va. De ti depende que te pongan flores o mierda’. Eso me quedó grabado para siempre. Yo fui virgen hasta casi los 18”.

“La abuela fue pura inspiración para mí. La llamaba y aparecía a la hora que fuere. siempre fue incondicional”.

“A los 15 ya hacía revista, pero todavía era muy gansa. En esa época mi novio platónico era Chicho Serrador (Narciso Ibáñez Serrador fue director de cine y TV, autor teatral, figura clave de la escena, que murió el año pasado en España), que tenía 23 años. Me regalaba flores y nos dábamos besos, pero no más que eso. Me decía ‘Yo jamás le voy a abrir la puerta a una mujer para que caiga por las escaleras’. Me cuidaba mucho, porque yo era una nena, al fin de cuentas. Poco antes de que muriera, lo llamé a Madrid y me dijo ‘Hola, mi niña, ¿cómo estás?’. ‘Qué niña, tengo 70 pirulos’. Y la contestación de él fue ‘Siempre tendrás 15 años para mí’. Yo salía de trabajar, pintada como una puerta porque bailaba en el teatro, y me iba a buscar para ir a comer. Pero antes me hacía lavar la cara. ‘Chicho, pero es que vengo de trabajar’. ‘Pues ya has trabajado, ahora a lavar la cara, vamos’. Era un tierno”.

“Esto le escribimos a papá en las vacaciones del ’55. En esos años se estilaba mucho usar las fotos como martas o postales”.

“Imaginate que cuando me dio el primer beso en serio, a mis 14 años, yo pensé que estaba embarazada. Una tarada. Lloraba como loca. En esa época no se hablaba de sexo y me faltaban elementos. Con mamá y papá se hablaba de todo, menos de eso”.

“Ésta se la escribió mamá, en otras vacaciones en Montevideo”.

En una calurosa tarde de verano que ella sabe transformar en cálida, entre café y anécdotas, María Rosa se anima a volver a ese pasado, “del que me quedan pocos testigos”. Pero va, vuelve y trae postales teñidas de sepia. Las sabe convertir en palabras de todos los colores.

María Rosa Fugazot comparte ahora escenario con Julio Chávez, en “Después de nosotros”.

“Si bien no fue mi barrio, podría decir que Boedo es mi casa. Ahí vivían mis tíos. Yo me críe en Plaza de Mayo, pero no estaba ni el loro los fines de semana. Cuando tenía un año, mi viejo no tuvo mejor idea que alquilar una casa en Alsina y Balcarce. Y, para no aburrirme sábado y domingo, me iba a Boedo, que había fiestas, desfiles en las calles, fue una época divina. Bailaba casi siempre con mi primo, que me cuidaba, o con sus amigos. Si no, planchaba toda la noche, porque, como no veo de lejos, me podían sacar de a cuatro que yo ni me enteraba”.

“Era una nena que leía como loca todo el tiempo, me quemaba los ojos leyendo. Me hacían apagar la luz y yo, con una linternita debajo de la cobija, me devoraba todo. Era fanática de Mujercitas, de la colección de Robin Hood, leía todo lo que podía. Un libro era el mejor regalo que me podían hacer”.

“Acá parezco grande, pero era una piba. Primer está María Cristina Medina, hija del compañero de baile de mamá, mi vieja al medio y yo”.

“A los 10 años me regalaron una muñeca que caminaba, una preciosura, que ahora está en poder de mi sobrina, en un estante, para que sus hijas no se la toquen. No era de la marca Marilú, pero yo le puse Marilú de nombre. Tenía ropa de terciopelo celeste, era hermosa”.

“Un día mi papá tuvo como un ataque y vendió todo: auto, casa… Y nunca pregunté nada. Pero, ya de grande, me animé y quise saber cuál había sido la razón. Y me dijo: ‘Mirá, nena, no te aferres nunca a nada material. Lo material te ata. Cuando tenés, vivila. Si tenés plata comé langosta. Si no tenés, comé tomate’. Y eso se ve que me quedó grabado. Me encanta regalar, disfrutar…”.

“Acá también parezco grande, pero era una chica. Me fui a hacer el color y me quemaron el pelo. Así que me lo tuve que cortar re cortito. Parezco un varón, ¿no?”.

“Papá tenía sus lugares para llevarnos a comer a mi hermana, Diana, hija mayor de mi viejo, y a mí. Si queríamos pollo, La Emiliana. Vos querés carne, La Churrasquita, vos querías langosta, Veracruz. Era un tipo que sabía darse los gustos”.

La madre, el padre y la abuela Margarita son personajes que suenan seguido en sus relatos. Los nombra y se emociona. Los nombra y se descostilla de risa. Los nombra y les agradece. Los nombra, un modo que, finalmente, habla de ella. De su memoria y su gratitud.

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“Cuentan que a los 2 años me ofendí por algo que había dicho mi mamá. Me contó mi viejo que agarré un pañuelo, metí cosas, lo até, me lo puse al hombro, fui a la puerta y no llegaba ni a la manija. ‘¿Qué hacés?’, preguntó papá. ‘E voy, o e quiere’. Cuando me contaba esto me decía ‘Ya te querías rajar de chiquita’. Siempre fui muy independiente”.

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“Quería ser médica forense, pero mi papá me sacó carpiendo. ‘Qué tenés que estar revisando tripas. Tenés que ser arquitecta’. A los 8 años aprendí clásico con una tía mía que era bailarina, después trabajé con Éber Lobato (bailarín, coreógrafo, artista integral), del que aprendí todo del baile moderno. Un día se me ocurrió decir ‘Esto no me sale’. Me tuvo dos horas practicando. Y a las dos horas me salió. Me abrazó y me dijo ‘Nunca más digas no puedo. Si hay alguien que lo hace vos también podés’. Eso es un maestro”.

“Cuando yo tenía 15, mi mamá estaba haciendo Tangolandia y pedían bailarines. Me presenté en el teatro porque, de tanto verla, me la sabía de memoria. Don Ivo Pelay (poeta y autor teatral) me preguntó: ‘¿Su mamá sabe?’ . ‘No’. ‘Bueno, si no nos matan empieza esta noche’. Y aparecí en el escenario y mi vieja casi se infarta. Y mi viejo estuvo un mes sin hablarme. No me vio en revista ni nada, pero cuando debuté en Deliciosamente amoral, ya con 18, fue a verme y se le llenaron los ojos de lagrimas”.

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“Ya de grande le escribí a mi papá un poema que decía algo así como ‘Lamento todo lo que no te dije, lamento todo aquello que no me animé…’. Cuando era chica no se usaba hablar tanto de todo con los padres. Me acuerdo que una vez, ya bastante grandecita, él llegó a mi casa, no sabía que yo fumaba y, medio mecánicamente, agarré un pucho y después no sabía qué hacer. Él me lo prendió como un caballero y luego me dijo ‘Nunca hagas detrás mío lo que no puedas hacer delante mío’. Todas esas cosas me marcaron”.

“Mi tía Rosita, esposa de Gogó, me enseñó a manejar una casa, a barrer, a limpiar, a cocinar. A mi vieja, si no estaba mi abuela, se le venía todo abajo”.

“No me quedaba quieta nunca, bailaba, cantaba, no paraba. En cada reunión familiar hacía España Cañí, un pasodoble que era como mi hit, hasta que un día un tío me dijo ‘Basta, me tenés cansado, aprendete otra’. Y yo dale con la misma. La vida era una fiesta, en aquella época”.

Parece no haber pregunta de la que no sepa la respuesta, pero hay una que la hace pensar un rato. No contesta. Se apilan los recuerdos. Luego la retoma: “¿Dónde marco el fin de mi infancia? Y, qué sé yo, capaz muy de grande… Yo era fanática de Bambi y Dumbo. Y es el día de hoy que, si repiten esas películas, lloro como una criatura. Así que, quién te dice, capaz mi infancia todavía no terminó”.

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