María Leal: “No me subo al escenario con mala gente”



Arturo Puig se quedó dormido y la soñó. En el sueño era ella la que tenía que criar en cámara a “las Chancles”, antes de que fueran bautizadas con aquel diminutivo de “chancletas”. Puig despertó, le contó la “revelación”a Gustavo Yankelevich y así María fue María durante los cuatro años que duró la hazaña de la televisión argentina, ¡Grande, pá! La madre adoptiva de media Argentina. La señora del “qué lo tiró”, que todo lo sanaba con una sopita.

A 25 años del final de ese hito de los 60 puntos de rating, imposible no verla como una totalidad con aquel personaje noventoso. La que siempre sonreía llevaba confiesa ahora que llevaba “la procesión por dentro”. Detrás de esa mueca serena, una pena que distraer. En la vida real, su sobrina había sufrido un accidente y estaba en estado vegetativo. La tristeza de María Cristina Martínez Leal se distraía cada miércoles cuando cruzaba el umbral del canal de las pelotitas. Las grabaciones como un bálsamo. Hoy María se reúne con “Las Chancles” cada dos o tres meses. Les prepara guiso y milanesas, las abraza, las aconseja. Un rol de madraza que no interrumpe desde 1991.

¿Por qué la vemos poco fuera de la escena teatral y de la televisión? ¿Por qué se define orgullosamente “topo”? “Una gran contradicción. Trabajar como actriz y ser chúcara”, se ríe. “Eso mismo me pregunté muchas veces. ‘¿Por qué fui para ese lado de la vida siendo tan topo?’. Tiene que ver con la tranquilidad. El amor que me da la gente me hace bien, pero tengo cierta fobia”, avisa. 

María Leal.

Vive en un piso 20. Tiene 72 años, dos hijos, dos nietos. Este año decidió desechar las ofertas de temporada en Carlos Paz y en Mar del Plata y quedarse quieta. Es que todavía está en proceso de metabolismo de “la vida y la muerte juntas”. En diez días perdió a su madre y a su hermana. Y en breve nacerá su tercera nieta, Asia. Momento de mirar para adentro. Ella, justamente, la que repite en cada nota un lema: “Me pasé la vida tratando de que no me vieran”.

-¿Por qué creés que tenés tendencia a aislarte?

-En principio soy de encerrarme. Aunque mi mundo son mis hijos y nietos, y con ellos sí, recibo, cocino. Lo mismo que con las chancles. El otro día José María Muscari me invitó a la inauguración de su casa y me pidió: “Tratá de explicar tu fobia a las reuniones”. Será que pienso mucho qué voy a decir, qué voy a hacer. Y después todo fluye. Yo no quiero tener gente mala cerca.

-¿O sea que se trata de un proceso de selección? Apartarte para protegerte…

-Sí. Priorizo eso a la hora de aceptar propuestas teatrales. Porque en el escenario se debe tejer una red que contiene al otro. Yo no me subo al escenario con mala gente. Pero ojo: no bajo a nadie. Me bajo yo antes. Y nunca me escucharían dando nombres.

María Leal.

-A menudo citás a Alberto Ure: se refería a los actores como “pobrecitos, indefensos, vulnerables”. 

-Y sí. Es tremendo. Vivimos de la mirada del otro. Estamos en una sala esperando el aplauso y sea el aplauso de 10 o de 1.000 nos llenamos del amor de extraños. Vivimos de la piedad de los extraños.

-¿O sea que esa imagen de egocéntricos y poderosos de los actores deberíamos reconsiderarla?

-Sí. Ojo, también hay de esos estúpidos que se creen todopoderosos cuando atraviesan un éxito. Yo no sé cómo hubiera sido mi vida comprando todo ese otro paquete, la fama, y todo eso. Nunca fui a estrenos, y a la tele voy solamente a trabajar.

María Leal y Enrique Liporace en “La pecosa”, en 1971.

Hace 50 años María debutó en la televisión en Simplemente María. El éxito desesperante de la telenovela la llevó a protagonizar un fracaso, María Chiquita. La enseñanza temprana no se la olvida: “Desde ese día entendí esto como un barquito que te pasea en una orilla y en otra”, dice la misma voz de un Long Play que guardan todavía unos pocos coleccionistas. En 1971 protagonizó La pecosa y terminó cantando en un disco homónimo. Desde entonces, más de 25 ciclos televisivos, una decena de películas y una colección de personajes en teatro, como la pionera del psicoanálisis infantil Melanie Klein o la hija herida de Esa relación tan delicada, pieza que le valió un María Guerrero 1998 como “mejor actriz”.

Tiene la sabiduría de quien perdió “temprano”. A los 30 años ya era viuda. El productor Martín Rodríguez Mentasti, padre de sus hijos, murió y ella sintió ganas de “seguirlo”. Pero “la pulsión de vida fue más fuerte”: “¿Sabés qué fue lo más doloroso de todo? Entender que de amor no te morís. Al principio me quería morir con él, teniendo mis hijos chicos. El amor te termina empujando a ver desde otra perspectiva”.

La selfie de María. La actriz de bajo perfil a veces se retrata con el celular.

Dice que de niña “ya tenía personajes adentro”. Brotaban como recurso en la casa de Almagro “para los primos menores que no querían comer”. Su complejo siempre fue “ser diminuta”. Su fortaleza: su don de “hacer reír”. Pícara, “liera, buena alumna”, sus juegos de fin de semana consistían en lanzarse por la ventana con sábanas que simulaban paracaídas en la casaquinta de Castelar.

La historia de su nombre compuesto tiene una explicación religiosa. Hija de entrerrianos, por el Hospital Militar porteño pasó una monja mientras su madre estaba en trabajo de parto. Era época de Corpus Christi y eso inspiró a llamarla María Cristina. 

Arturo Puig, María Leal y “Las chancles” de Grande pa!/ Archivo

La historia de su nombre compuesto tiene una explicación religiosa. Hija de entrerrianos, por el Hospital Militar porteño pasó una monja mientras su madre estaba en trabajo de parto. Era época de Corpus Christi y eso inspiró a llamarla María Cristina.

El “rayo” del que hablaba Cortázar la dejó “estaqueada” un día que fue convocada por Rodríguez Mentasti para una película. “Yo estaba haciendo el teleteatro La pecosa y fui a la oficina de él con mi representante, Pachequito. Llegué tarde. Un edificio en San Martín y Corrientes. Lo vi y me enamoré ahí mismo, en la escalera. Un metro noventa y dos, ojos terriblemente azules. Un príncipe”, se emociona. “Me empezó a hablar del campo y yo no podía dejar de mirarlo. Cuando me voy, mi representante me dice: ‘¿Vos te das cuenta de que te están ofreciendo tres películas?’. Yo le contesté: ‘No sé. Sólo sé que acabo de conocer al padre de mis hijos’. Me llevaba 17 años. Era casado y pensé, ‘qué pena, se va a tener que separar'”.

María Leal en una de sus últimas obras, “Falladas”.

Hubo una segunda convivencia, una separación y, más tarde, una vida dedicada a la armonía “puertas adentro”. Pasado el tsunami ¡Grande, pá! volvió la paz y tuvo que aprender acomodar las piezas. “Lloré dos días seguidos cuando terminó el programa. Era una beca hermosa llena de amor entre nosotros y encima ganaba mucha plata. Nuestra tarea no era no marearnos, porque éramos adultos bien plantados y nunca nos confundimos. Nuestra misión era evitar que a las Chancles no se les partiera la cabeza”.

Aquella criatura que terminaba casándose con Arturo le sirvió alguna vez como escudo. Intentaron robarle en la puerta de un restaurante amenazándola con un cuchillo y María la “grande má” se impuso triunfante con la mirada: “¡Chicos, a mí, no!”.

Hoy María no hace más que repartir besos cuando va al supermercado. Ejecuta una rutina de “una señora como cualquiera”. La cocina es su gran acto de entrega, con un menú que va del risotto de hongos, el pollo a la francesa y los guisos al estofado con cabellos de ángel como especialidad de la casa. Su amigo José María Muscari, director de sus últimas tres obras (8 mujeres, Gente feliz y Falladas), es quien mejor puede describirla: “María lleva unas pequeñas copitas de cognac y un cognac o whisky para compartir antes de salir a escena con sus compañeros. El teatro la sostiene. Cuando pasó lo de su madre y su hermana le dije: ‘Estoy haciendo Sex. Es lo único que tengo para ofrecerte. Salvo que quieras venir a rodearte de esos degenerados en bolas’. No aceptó, pero se rió mucho. Goza de una popularidad inalterable, es hermoso caminar con ella por la calle y ver cómo la gente la guarda en la retina de sus emociones”.

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