Luis Gorelik dirigirá a Martha Argerich en Europa: es piloto de avión, lo apasiona el fútbol y descree del “culto al texto musical”



El director platense Luis Gorelik, al frente de la Orquesta de la Radio Televisión Nacional de Serbia, junto a la notable pianista Martha Argerich serán los encargados, el próximo 1 de noviembre, de abrir la edición 52 del Festival Bemus, en Belgrado.

El encuentro es el más legendario de Serbia y uno de los más importantes del Sudeste europeo, que en esta ocasión contempla, como “rareza”, la admisión de público de cuerpo presente. Todo un dato, en los tiempos que corren.

Sin embargo, para Gorelik la experiencia no será del todo novedosa. Es que el artista argentino ya tuvo a su cargo en agosto la dirección de una gala lírica y el 7 de septiembre pasado y en la misma ciudad, la dirección de una puesta de la ópera Rigoletto, uno de los primeros espectáculos “presenciales” que se realizaron en Europa desde que comenzó la pandemia.

“Fue una experiencia muy fuerte. Está entre las dos o tres primeras que se montaron, y lo hicieron de forma muy inteligente porque fue pensado para las cámaras, para la televisión. Era al aire libre y el público que había era muy limitado. Casi decorativo”, cuenta Gorelik, de paso por Buenos Aires antes de volver a cruzar el Atlántico.

Para Gorelik, haber sido partícipe de una de las primeras puestas de ópera que subieron a escena desde el inicio de la pandemia fue une “experiencia muy fuerte”. /Foto Prensa – Nebojsa Babic

-Sin embargo, sobre el escenario los artistas actuaron como en tiempos “normales”.

-Sí, totalmente. Hace un mes, en Serbia, que es en un país de 8 millones de habitantes,  había unos 80 o 90 casos diarios, que es un número muy bajo. Entonces, empezaron a algunas actividades. Lo lindo, lo positivo para mí, es que las culturales están entre las primeras que se empezaron a abrir, y no entre las últimas, como parece que está ocurriendo acá, donde ni siquiera se habla de eso.

-Ayer me contaron que el alcalde de Londres le sugirió a los músicos que piensen en buscarse otro trabajo, por un tiempo.

-Y sí, lamentablemente sí. Allá, lo que a mi modo de ver está muy bien es que se puso en primera línea o en segunda una serie de actividades culturales como la ópera. Entonces, simbólicamente esa representación de Rigoletto tuvo un impacto enorme, por que la vio muchísima gente a través de la televisión y el streaming. Y plantó bandera de alguna manera para toda la actividad cultural.

-¿Tuviste miedo de contagiarte, al trabajar con tanta gente?

-Sí, pero el miedo lo tuve acá, al subir al avión. Me parecía estar en la línea B del subte cualquier día a la mañana. En Ezeiza no hay nadie, porque hay muy pocos vuelos y sólo entran los pasajeros, pero una vez que subiste al avión de Aerolíneas, es el mismo amontonamiento de toda la vida pero con barbijo. Ahí, realmente me asusté.

La experiencia única de trabajar con Martha Argerich

-¿El concierto con Martha Argerich también será al aire libre?

-No. Pero en vez de hacerlo donde normalmente se realiza, lo pasaron al Sava Center -se escribe Sava, como el “Colorado”, que jugó en Racing-, donde entran unas tres mil personas. Allí, con el 30% del aforo pueden entrar unas mil personas. 

El concierto de apertura del Festival Bemus no será la primera vez que Gorelik trabaje con la pianista, de 79 años, quien en 2018 viajó a Entre Ríos para hacer un concierto en Paraná y otro en Concepción del Uruguay, con la sinfónica local y el director al mando. Y describe eso que hasta poco antes había sido un “sueño” como una experiencia única. 

Martha Argerich y Luis Gorelik compartieron dos conciertos en 2018, en Entre Ríos. /Foto Facebook Luis Gorelik

“A lo largo de todos estos años he trabajado con muchos pianistas buenísimos, pero Martha está fuera de ese escalafón. Está por encima por muchas razones, no sólo técnicas”, advierte el músico, que en Belgrado compartirá con Argerich la interpretación del Concierto para Piano y Orquesta No. 1 Op. 15 de Ludwig van Beethoven. 

-¿Podés explicitar al menos una de esas razones?

-Para mí, la gran virtud es su gran capacidad de incorporar al lenguaje musical la lógica del lenguaje hablado. Es decir, cuando toca el piano, Martha habla, literalmente. Lo que está haciendo es un discurso de lenguaje hablado, que es muy difícil de lograr. Hay muy pocos pianistas que tienen esa capacidad, y Martha la tiene de forma espontánea y natural. Trabajar con ella es un aprendizaje para cualquiera.

-¿Y en lo personal? Uno, por prejuicio, suele asociar la genialidad con una personalidad difícil o complicada.

-No. Es encantadora. Es una mujer muy generosa, extremadamente humilde, como todos los grandes de verdad. Y además es abierta. Permanentemente está en dialogo con quien está al lado, para ver qué tiene el otro para ofrecer y qué intercambio se puede generar. Eso es maravilloso. Sólo un artista gigantesco puede ponerse en ese lugar de espontaneidad.

El deseo, ese motor que mueve al mundo

-¿Qué te pasa a vos, después de haber trabajado con tanta gente? ¿Hay algo que haya dejado de sorprenderte?

-El día que dejen de sorprenderme las cosas, es porque se acabó el deseo. Y si se acaba el deseo es porque estoy muerto.

“Cuando toca el piano, Martha habla, literalmente. Lo que está haciendo es un discurso de lenguaje hablado, que es muy difícil de lograr. Hay muy pocos pianistas que tienen esa capacidad, y Martha la tiene de forma espontánea y natural. Trabajar con ella es un aprendizaje para cualquiera.”

-¿Cuál sería el deseo, cuando salís a dirigir una obra de Beethoven?

-Te voy a pasar el teléfono de mi psicólogo y que te lo explique. ¡Jajaja! Es muy difícil definir el deseo en palabras; se cruzan muchas cosas. Hay una satisfacción muy profunda en poder lograr un resultado estético acorde a lo que uno se imagina, a lo que uno tiene mente. Estamos años trabajando para poder lograr eso, y pueden ser segundos en una interpretación, minutos dentro de horas de trabajo, o sólo un chispazo. Pero eso es tan fuerte que compensa todo. También hay otros deseos que tienen que ver no sólo con lo estético, sino con lo personal. La pregunta de por qué uno elige esta profesión y no otras. Pero en lo estrictamente artístico, creo que uno como director de orquesta tiene una idea, un paradigma, y todo el trabajo consiste en acercar todos los medios que tenés a tu disposición a la concreción de esa idea. En la mayoría de las veces, no llega a haber una conjunción entra la idea y la realidad. Por ahí se acerca un pedacito y se separa de nuevo… 

-¿Cómo se hace para que el resto no sea frustración?

-No lo es. Porque si llegaste a ese segundo es porque el resto está muy cerca también. Es como en la vida: si llegaste a ese segundo de magia es porque el resto se acercó bastante, para permitírtelo. Difícilmente sea algo espasmódico.

-¿Cómo es el proceso previo a compartir un concierto con alguien como Argerich? Se comunican con anticipación, se encuentran directamente para ensayar…

-Cada vez que dirigís una obra, hay un proceso largo de preparación. Este concierto, Martha lo grabó en 1949, cuando tenía ocho años, con la orquesta de la ex Radio El Mundo. Ella debutó, hace 71 años, con esta obra. De ahí en más, la ha tocado centenas de veces, con grandes orquestas y directores. Sin embargo, ella encara un proceso de estudio antes de volver a tocarlo. El hecho de que uno haya tocado la obra tantas veces no significa que no tenga que estudiarla, reflexionar sobre ella, tomar algunas decisiones, cambiar algunas cosas que viene haciendo. Es un proceso que lleva un tiempo. Hay obras que se estudian en una época de la vida y se retoman mucho después, desde otra perspectiva. Hay muchas opciones.

Martha Argerich grabó el concierto de Beethoven que interpretará el 1 de noviembre en Belgrado cuando tenía apenas 8 años, y desde entonces lo tocó centenas de veces, pero Gorelik advierte que eso no quiere decir que no tenga que volver a estudiar la obra. /Foto Prensa CCK

El culto al texto musical y la irreverencia de Borges

-Hace poco posteaste una cita de Jorge Luis Borges, en la que critica la idea de la obra como una pieza intocable. ¿Hasta qué punto se puede jugar con esa idea de libertad sobre una composición “clásica”?

-Hasta donde se te antoje, porque la única justificación es estética. Y artística. Y es uno el que la tiene que sostener. No hay límite. Después, dentro de ese no límite las opciones son muchas: podés hacer cosas de espantoso mal gusto -perdón, y sin ánimo de ofender, como Waldo de los Ríos poniéndole punchi punchi a la Quinta Sinfonía-, o podés hacer unas cosas increíbles. Pero es uno el que tiene que sostener eso. No hay ningún tipo de límite. Estoy absolutamente convencido de que eso.

-¿Eso incluye el permiso de agregarle o quitarle algún elemento?

-Sí. Es la relectura. Venerados directores de orquesta como Toscanini, o más aún Leopold Stokowski, en los años 40 o 50, tenían como práctica habitual la “corrección” de las partituras orquestales para subsanar las limitaciones organológicas que podían haber tenido Beethoven o Brahms en sus épocas. Por eso era muy habitual el agregado de líneas enteras. Hay montones de ejemplos, en obras de repertorio, que en las versiones de Toscanini, pero más aún en las de Stokowski, se reescribían muchas de las partes. Lo que sí, para mí, no tiene sentido es rendir un culto al texto musical como si fuera, utilizando la palabra de Borges, un texto definitivo. Borges lo dice con el humor increíble que tenía: “La noción de texto definitivo corresponde a la religión o al cansancio”. Esa frase es maravillosa.

-¿Por qué elegiste la música clásica como universo?

-La música me atrajo desde que tengo uso de la memoria. Y bastante rápido sentí que el orquestal era el lenguaje musical a través del que podía expresarme mejor. No vengo de familia de músicos, pero sí tenía el estímulo de mi padre, que era un amante de la música; un melómano. Era un tanguero de ley, un hombre que consumía y escuchaba mucha música. Y eso me pregnó, de alguna manera.

El profesionalismo del “rock dinosaurio” y los “arreglos albóndiga”

-Sos del ’63; podías haber agarrado por el lado del rock.

-Agarré parte de la generación del rock. La disfruté, la viví y la vivencié, también. El rock dinosaurio: King Crimson, Genesis… Hace poco me di el enorme gusto de escribir unos arreglos para Dream Theater, cuando vinieron tocar en el luna Park. Me convocó su tecladista, Jordan Rudess, a quien conozco de otro lado, para que escribiera unos arreglos de cuerdas.

La Orquesta Sinfónica de Entre Ríos, dirigida por Luis Gorelik, es el eje del Encuentro Jazz, en Entre Ríos, cuya edición 2020 fue frustrada por el coronavirus. /Fotos: Gentileza Instituto/Gustavo Roger Cabral

-¡Tremendos músicos! 

-¡Impresionantes! Para mí, esa experiencia -fue en 2012-, que quedó registrada en el DVD LIve At the Luna Park. Son unos gigantes músicos. Fue una experiencia muy linda, muy divertida y, sobre todo, me permitió ver desde adentro el enorme profesionalismo con el que trabaja una banda de ese nivel. ¡Enorme! No sé si hay muchas orquesta sinfónicas en el planeta que llegan a ese nivel de profesionalismo.

-¿Qué tan lejos está ese universo del de la música académica?

-No mucho. Lo que se llamó rock sinfónico claramente tiene un pie muy plantado en la estructura sinfónica. No hay improvisación y lo que parece, no lo es. La elaboración es complejísima, hay una estructura, un mapeo clarísimo de la forma, de la armonía… Y también de ciertos elementos de inspiración. Cuando Emerson Lake & Palmer sale a reversionar obras de Ginastera, Janacek o Mussorgsky, en su momento era bastante audaz. No era lo que se hizo después, que fue acolchonar obras de rock. Lo que se llama el arreglo albóndiga: notas largas a las que les sacás el colchón y nada cambia. Eso era realmente un ensayo nuevo, importantísimo. 

A trazo grueso, el itinerario que Gorelik transitó con la música tiene su punto de partida en su primera infancia, al amparo de la melomanía de su padre, y luego se desarrolló en sus estudios de guitarra clásica durante su adolescencia, para encaminarse finalmente hacia la dirección orquestal, hacia sus 20 o 21 años.

Pero de ningún modo la música, que desde diferentes perspectivas también aborda y comparte todos los martes a las 18 en su programa Tardes Transfiguradas, a través de Nacional Clásica, es la única ocupación que concentra la dedicación del director. Y alcanza con espiar alguna de sus redes sociales para ver que sus intereses también se desplazan por el aire, a bordo de alguna pequeña aeronave.

El piloto que toma más riesgos en los escenarios que en las alturas

“Soy piloto de avión”, explica, y se extiende: “Para mí es una actividad deportiva, placentera, que hago desde hace mucho tiempo. Aprendí a volar en Israel, en los años que viví allá, entre 1988 y el 2000”, revela Gorelik, que luego pasó siete años en Chile, antes de regresar a la Argentina en 2007, con una primera escala en la Sinfónica de Salta y también un paso, entre 2016 y 2018, por la Orquesta Nacional de Música Argentina ‘Juan de Dios Filiberto’.

-¿Aprendiste a pilotear por placer?

Piloto de avión, un apasionado del fútbol, pero ante todo y sobre todo, uno de los directores orquestales que desde la Argentina se proyectó al mundo. /Foto Prensa – Nebojsa Babic

-Aprendí… Sí. Lo disfruto un montón, pero es un pasatiempo. Ahora, con el tema de la pandemia hubo algunas restricciones, pero por suerte ya se pueden hacer vuelos de entrenamiento, que es lo que estamos haciendo para no perder el standard operacional ni la licencia.

-¿Existe algún punto de contacto entre dirigir una orquesta y pilotear un avión?

-Creo que tienen muchos puntos de contacto. Sobre todo, en la multiplicidad de funciones, en la resolución de múltiples tareas al mismo tiempo, cosa que tanto en la dirección de orquesta como en la aeronáutica se dan permanentemente.

-Hay quienes dicen que la música te puede hacer volar.

-Metafóricamente puede ser. Pero en ambos casos estamos hablando de actividades muy concretas, en el sentido de que hay que ser muy preciso, muy metódico y muy disciplinado. Ambas actividades te demandan eso. No es que uno hace lo que le viene en gana según su inspiración. Está todo pautado, y una vez que tenés el procedimiento lo suficientemente estandarizado, recién ahí empezás a disfrutar. Tanto en la dirección como en el vuelo.

-¿Viviste momentos de zozobra, en los que hayas sentido que habías perdido el control, en el escenario o en las alturas?

-La palabra control, para un director de orquesta es la palabra más compleja. Es un aprendizaje de toda la vida, entender hasta dónde uno puede controlar y a partir de qué momento hay que soltar. Siempre hay situaciones que generan vértigo, que se genera cuando uno siente que va a perder el control. Las tuve en ambas actividades, pero más en la música que en la aeronáutica.

-Pensaba que me ibas a decir lo contrario.

-No. En general trato de ser bastante metódico, conservador, disciplinado y de no tomar riesgos innecesarios en el aire. En la música tomo muchísimos más riesgos, como cambiar en el momento en el que va a comenzar el concierto algo que hemos ensayado de una manera durante toda la previa, con todo lo que eso conlleva. Porque un cambio sin planificar puede generar una ventana de magia o un desastre. Ahí está el punto.

El salto al vacío, la virtud argentina de la adaptación y el valor del mérito

-¿Cómo venís en el partido “magia vs. desastre”?

-Creo que la magia le gana a los desastres con comodidad. Pero el vértigo en ese momento es fuerte, porque sentís que perdés el control. Al salir de lo pautado hay un salto al vacío. Hay grupos humanos, sobre todo acá en la Argentina, que son más flexibles.

“La palabra control, para un director de orquesta es la palabra más compleja. Es un aprendizaje de toda la vida, entender hasta dónde uno puede controlar y a partir de qué momento hay que soltar. Siempre hay situaciones que generan vértigo, que se genera cuando uno siente que va a perder el control. Las tuve en ambas actividades, pero más en la música que en la aeronáutica.”

-El lugar común de que el argentino se adapta a cualquier situación.

-Obvio. Si nunca sabés lo que va a pasar la semana que viene.

-Ya que hablamos de la Argentina, ¿qué lugar creés que debería ocupar el mérito en tu profesión? A priori, uno supondría que es esencial.

-Para juzgar el mérito necesitás tener, antes, igualdad de oportunidades. Y como nadie puede elegir lo que no conoce, entonces primero tenés que dar igualdad en las oportunidades para que todos puedan elegir lo mismo, y recién ahí juzgar. En el caso de la Argentina, hay muy pocos ejemplos, coherentes, de aplicación de ese concepto de dar una oportunidad, en relación a la música y en términos sociales, consistentemente. Unos de ellos son los programas que lidera Rolando Goldman, en el marco de Ministerio de Cultura, el Andrés Chazarreta y el Celia Torrás. Es un programa que destaco mucho porque no apunta el mérito individual, sino como una construcción colectiva y grupal. Creo que las orquestas estatales y públicas, más que nunca, deben estar orientadas a una mirada pedagógica, social e inclusiva, Todas; no sólo las juveniles. Ese el el mérito que me interesa; el individual, arranca desparejo.

-¿No se corre, en algunos casos, el riesgo de perder de vista el esfuerzo personal? Por alguna razón sos vos quien va a dirigir el concierto del 1 de noviembre y no otro director.

-Es verdad que hice ese esfuerzo. Pero me crié también en un país como éste, que me dio la oportunidad de formarme, y muy bien, en instituciones estatales y públicas. Y de formarme bien. Si no hubiera pasado por ahí, no sé si habría tenido la posibilidad de acceder a estas elecciones. Después, seguí en Israel, pero acá empecé en una universidad pública, con enormes maestros como Gerardo Gandini, Virtú Maragno, Pedro Ignacio Calderón… Es cierto que hay un mérito individual, pero también hay una posibilidad de acceso que está brindada por una política estatal. Si todo eso lo hubiera tenido que pagar del bolsillo de mi papá, no lo habría podido hacer.

La soledad, el desarraigo y el fútbol

-Una vez me dijeron que el puesto de director de un ballet es una condena a terminar cenando solo, muchas veces, después de la función. ¿Es igual para el de una orquesta?

-Muchas veces sí. Hay una parte asociada esta tarea que tiene que ver con viajes, con soledad. Hay que tener la suficiente estabilidad anímica para poder, después de haber subido esa cima tan elevada, no caer rodando. Y entender que todo es parte del proceso, si después te toca ir a cenar en un McDonalds porque es lo único que encontraste abierto cerca del hotel y estás ahí solo comiéndote una hamburguesa.

“Para juzgar el mérito necesitás tener, antes, igualdad de oportunidades. Y como nadie puede elegir lo que no conoce, entonces primero tenés que dar igualdad en las oportunidades para que todos puedan elegir lo mismo, y recién ahí juzgar.”

-¿No se establecen lazos con los músicos?

-Poco. Cuando vas como director invitado de orquestas de otros países, no mucho, porque ellos también están trabajando. Una vez que termina el concierto se van a su casa. Para ellos es una rutina. A lo mejor a la mañana siguiente tienen otro ensayo, o alguna clase, o tienen algo que hacer con sus familias.

-¿Sentís que perdiste algo, al haber elegido esta profesión?

-Para mí fue ganancia pura. Pero sí perdí muchas horas de mi adolescencia estudiando. Perdí arraigo. Porque el músico lleva también eso en su ADN. Muchos músicos nos criamos en un lugar, estudiamos en otro, trabajamos en otros… Por un lado ganás mucho, por la perspectiva policéntrica que te da el andar por muchos lugares. Pero el arraigo se pierde, evidentemente. Yo me siento un privilegiado, pero los amigos de la infancia son los amigos de la infancia, el lugar en el que uno se crió… Eso lo pagás; no es gratuito. Entonces, uno trata de reconstruir esa amarra de alguna manera, para lograr cierto equilibro entre toda es línea de tiempo de donde uno viene y eso en lo que te convertiste después.

-Hace un rato mencionaste al “Colorado” Sava como delantero de Racing. Una referencia casi de entendido. ¿Sos de ir a la cancha?

-Siempre. Voy con mis tres hijos. Este año pudimos ir una sola vez. Después, cuando yo estaba en Europa, ellos fueron cuando Racing le ganó a Independiente con nueve jugadores, con gol de Chelo Díaz en el minuto 88. Pero estando acá, voy siempre. Me gusta mucho.

-¿Eso repara algo del desarraigo?

-Para quien, como yo, viaja mucho, el fútbol es uno de los factores más grandes de arraigo que puede haber. Además, es algo que se transmite de generación en generación.

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E.S.

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