Lizy Tagliani va ganando el reality de Divina comida como mejor anfitriona



Lo definen como un reality gastronómico, pero se parece más a una charla entre amigos alrededor de una cena. Divina comida, que empezó el lunes 13 a las 23.15 por Telefe, picó en punta con buen rating y gran ritmo. El programa reúne a cinco famosos por semana y cada día uno es debe ser el anfitrión y cocinar en su casa para los demás. Al final, todos ponen puntajes a todos para que haya un ganador semanal.

En esta primera semana, los que están probando sus dotes culinarias son Lizy Tagliani, Sol Pérez, Georgina Barbarossa, Federico Bal y Guillermo Coppola. Y el rating acompañó al ciclo: el lunes midió 9,4 con picos de 11,1 y el martes redondeó los 9 puntos de promedio. De esa manera se colocó como el tercer programa más visto de cada día.

La fórmula es simple, pero rendidora: un grupo de personas reunidas alrededor de una mesa conversando sobre cualquier tema. El perfil de los invitados suma mucho, como en este caso: Lizy aporta su carisma infalible, Sol Pérez y Federico Bal, simpatía y espontaneidad; Georgina le pone picardía y Coppola, anécdotas que funcionan como imán, entre las que no faltan, por supuesto, las de Diego Maradona, además de las de Fidel Castro, Luis Miguel, el famoso jarrón y hasta el Viagra.

Una mesa para comer y charlar, formato que propone Divina comida, el nuevo ciclo de Telefe.

En el primer envío del reality inglés -que tiene más de 40 versiones en todo el mundo- la anfitriona fue Lizy, quien recibió a sus invitados en su hogar de Hudson, al sur del Gran Buenos Aires. Durante un bloque, el público accedió a la intimidad de su casa.

Así nos enteramos de la gigantesca colección de peluches y autitos de juguete que tiene Lizy y, en el segundo envío, del armario para zapatos que Sol Pérez guarda en su baño.

La comida es un eje importante, por supuesto, y se supone que el anfitrión o anfitriona debe desplegar sus habilidades en la cocina con un menú de tres pasos: entrada, plato principal y postre.

Lizy ofreció fainá y pizza que amasó ella misma y una copa que bautizó como “helada madrina”. En el segundo programa, Sol recibió en su departamento en Vicente López y se inclinó por un menú mexicano con nachos, guacamoles, tacos y mucho tequila, además de un volcán de chocolate que resultó fallido en su presentación.

Una locutora en off acompaña en distintos segmentos, principalmente cuando el anfitrión o anfitriona está cocinando en la previa a la cena y en momentos editados donde los participantes van contando cómo se sienten, además de meter varios bocadillos comentando lo que pasa.

Sentarse a una mesa a disfrutar de una comida invita a la charla y, en el caso de este grupo, a ninguno le cuesta meterse con cualquier tema: desde experiencias laborales y confesiones personales hasta temas como el manejo y exposición en las redes sociales y sus consecuencias. En cualquier caso, resulta entretenida y ágil. 

Cada noche, además de la cena, quien recibe en su casa propone algún juego o sorpresa: Lizy llevó a los invitados a su dormitorio, en plan “confesiones íntimas” y Sol propuso jugar al “yo nunca”, tequila de por medio, y después sirvió café turco para que una especialista leyera la borra de cada uno.

Como el programa se declara reality al llegar al final, los invitados tienen que puntuar al dueño de casa teniendo en cuenta el ambiente, la comida y todos los detalles. El puntaje parece más bien una excusa para estructurar el formato y, hasta ahora, Lizy sumó 34 puntos y Sol, 32. Pero quedan varias noches de encuentros alrededor de la mesa.

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