Libertad Lamarque: el recuerdo de La novia de América, a 20 años de su muerte



Libertad Lamarque, una mujer que de a poco fue asumiendo con convicción, firmeza y seguridad que había nacido con el don de convertirse en una gran estrella del espectáculo Crédito: GROSBY GROUP

La historia pertenece a Ernesto Schoo y apareció en una de las columnas que nuestro ejemplar y añorado crítico teatral escribía cada semana para LA NACION. Esas líneas, publicadas en la edición del 13 de diciembre de 2000, estaban dedicadas a Libertad Lamarque, un día después de su muerte en la Ciudad de México, a los 92 años.

Allí, Schoo cita a Luis Saslavsky, el director de la época clásica del cine argentino que llevó a Libertad Lamarque a su máximo esplendor. “Saslavsky me contó esta anécdota -escribe-. Durante la filmación de La casa del recuerdo, la autora del libro, María Luisa Bombal, expresó el deseo de asistir a la filmación con un grupo de amigos. El director accedió y estando ya todos en el set mandó llamar a Libertad para empezar la escena. Como pasaba el tiempo y la diva no aparecía, a Saslavsky se le ocurrió tocar un timbre, que nunca usaba, conectado directamente con el camarín de la estrella. Una hora y media después apareció Lamarque, radiante en su caracterización de época, y con el mejor tono aniñado le preguntó, candorosa, “¿Usted tocó el timbre, Luisito?”.

Libertad Lamarque junto a Elsa O´Connor, en una escena de La casa del recuerdo (1940) Fuente: Archivo

A 20 años exactos de su muerte, la figura de Libertad Lamarque remite desde una primera expresión a un tiempo ya superado y casi mítico en el que solo las grandes estrellas, como en el relato de Schoo, podían permitirse cierto tipo de privilegios que nadie se animaría a cuestionar. Dicen que la misma paciencia (¿o resignación?) de Saslavsky la tuvieron en 1996 Julio Mahárbiz, por entonces presidente del Incaa, y los organizadores del Festival de Cine de Mar del Plata, que aguardaron en vano a la estrella para acompañar ese año la ceremonia de apertura de la muestra, en la que recibiría un gran reconocimiento a su trayectoria. Lamarque se excusó en el tiempo que le llevó atender todas las requisitorias que tuvo desde el mismo momento de su llegada a la Ciudad Feliz.

Eran los años finales de la larguísima vida de una mujer que de a poco fue asumiendo con convicción, firmeza y toda la seguridad del mundo que había nacido con el don de convertirse en una gran estrella del espectáculo. De las más grandes que conoció América latina en toda su historia. Fue admirada y reconocida desde México hasta la Argentina, sus dos patrias, con toda clase de escalas en el medio. En un momento llegó a decirse, por ejemplo, que los cubanos llamaban al café de todos los días Ayúdame a vivir (que se puede ver en CineAR), en homenaje a una de las películas más exitosas de Lamarque.

Ayúdame a vivir, uno de los films más recordados de Libertad Lamarque Fuente: Archivo

Allí se dio el lujo de cambiar sobre la marcha la identidad del personaje que debía encarnar. “¿Cómo quiere usted que yo aparezca como una asesina? ¿Cómo lo iba a tomar mi público, que cree que yo soy como las dulces heroínas que interpreto? Modifiqué el guion para que el hecho de que yo matara a un hombre fuese un accidente. Hay que cuidar esos detalles”, recuerda Schoo que le dijo en una oportunidad. Sabía multiplicar la atención a esos detalles y ponerlos a su propio servicio: había ganado con los años una habilidad insuperable para saber cómo debía ser iluminada o fotografiada.

Libertad Lamarque fue ante todo una cantante (o cancionista, como se las denominaba en aquel tiempo) de cualidades extraordinarias. Tenía una voz privilegiada que se movía con absoluta comodidad en las tesituras más agudas. Pero ese tono que al principio estaba marcado por la ternura y la ingenuidad fue adquiriendo de a poco más y más envergadura dramática, temple y visceralidad. La nostalgia y el sentimiento profundo en todas sus capas y manifestaciones encontraron eco en una voz que aún en los momentos de mayor teatralidad jamás perdió la tersura de los tiempos iniciales.

“Volver”, “Canción de Buenos Aires”, “Malena” y “El choclo” adquirieron en buena medida gracias a su voz la categoría de clásicos. Por encima de todos aparecía “Madreselva”, cumbre de su estilo y bandera de una identificación de toda la vida con el tango, un vínculo que se extendió a la pantalla y que la mostró en los albores del cine argentino sonoro como una estrella de nombre propio, capaz de convocar al público con su sola presencia.

Había nacido en Rosario el 24 de noviembre de 1908, de padres inmigrantes (un artesano uruguayo con antepasados franceses llamado Gaudencio y una gallega nacida en La Coruña). Empezó a cantar de muy chica en clubes y asociaciones de su ciudad de origen, y su nombre empezó de a poco a conocerse también en otras ciudades de la provincia de Santa Fe. Alentada por su padre se decidió a probar suerte en Buenos Aires, ciudad a la que llegó en 1926. Debutó el 11 de marzo de ese año como figura de complemento de un elenco que tenía a Olinda Bozán y su sobrino Paquito Busto como principales figuras.

El tono entre tierno y dramático con el que entonaba los tangos la llevó muy rápido al disco. Con el apoyo de Azucena Maizani hizo su primera grabación para RCA Víctor, el sello que la acompañó toda la vida y con el que muchos años después, en México, grabaría además de tangos una multitud de canciones populares, rancheras, boleros, rumbas y milongas.

Al año siguiente se casó con Emilio Romero, un apuntador del Teatro El Nacional con quien tuvo una hija, Mirtha. Con el tiempo, Lamarque empezó a reconocer cada vez más en público que sus vínculos sentimentales no le habían hecho demasiado bien. Todo lo contrario. Más allá de haber reconocido más de una vez a su segundo marido, Alfredo Malerba, como el hombre de su vida, los matrimonios siempre dejaron en ella recuerdos mucho más amargos que gratos. Cerca del final lamentaba no haberse quedado soltera toda la vida.

Su llegada al cine tuvo desde el comienzo una profunda identificación con el tango. Lamarque fue una de las primeras grandes figuras a la que el público argentino iba a ver en pantalla grande para admirar y disfrutar en todo su esplendor de las interpretaciones más reconocidas de sus discos. Y se cuenta también que más de una vez los espectadores reclamaban a viva voz al operador de cabina que rebobinara la película para volver a escuchar las secuencias en las que cantaba sus grandes éxitos.

Lamarque ocupó en 1932 un papel muy destacado en ¡Tango!, considerada la primera película genuinamente sonora hecha en nuestro país y tres años después fue protagonista de El alma del bandoneón, ópera prima de Mario Soffici. A fines de esa década llegaron tres títulos más con su presencia estelar dirigidos por José A. Ferreyra, la citada Ayúdame a vivir, Besos Brujos y La ley que olvidaron, una trilogía definida por el crítico Domingo Di Núbila como “óperas tangueras”.

En todas esas apariciones comenzó a perfilarse de a poco el estilo que Lamarque dejó marcado a fuego en sus películas, especialmente cuando eran dirigidas por Saslavsky: la de una mujer sufrida, golpeada por la adversidad, dispuesta a soportar todo tipo de agobios, reproches y ofensas, hasta que en algún momento la suerte cambia para ella y encuentra finalmente algún tipo de consuelo o reivindicación. Todo matizado por supuesto con la oportuna aparición dentro de la trama de sus grandes éxitos musicales, que encontraban siempre en la pantalla la unión perfecta entre voz y expresividad gestual.

Esa tendencia llegó al climax en la película Madreselva, en donde Lamarque se dio el gusto de sumar a sus clásicos tangos algunas piezas líricas como el “Ave María”, que cantaba en la boda del personaje de su hermana (Malisa Zini) y el hombre (Hugo del Carril) del que las dos mujeres estaban enamoradas. Lamarque encaró este proyecto, uno de los más importantes de su carrera en el cine, después de rechazar en 1938 una oferta de Hollywood que hubiese cambiado su vida. En ese mismo año debutó en Radio Belgrano.

La carrera de Lamarque en el cine se consolidó todavía más en los años siguientes. Llegaron títulos como Puerta cerrada, Caminito de gloria, Cita en la frontera, Una vez en la vida, El fin de la noche y, en 1946, La cabalgata del circo, una historia costumbrista que marcó un punto de inflexión casi definitivo en la vida artística y personal de Lamarque.

La vida de sufrimiento y escarnio que venía soportando en la ficción de sus películas se trasladó a la vida real. De a poco fue apartada a la fuerza de todos los espacios artísticos que ocupaba porque el peronismo que ya estaba instalado en el poder la veía cada vez más como una enemiga. Lamarque nunca negó esas dificultades cada vez más crecientes y visibles, que terminaron obligándola a dejar la Argentina, pero ella misma se encargó de desmentir que el motivo de la disputa había sido una supuesta bofetada que le dio a Eva Duarte (la futura Eva Perón) durante el rodaje de La cabalgata del circo. Así lo hizo en su libro de memorias (publicado en 1986) y también en un célebre almuerzo a solas que compartió con Mirtha Legrand en sus últimos años.

Al parecer, el disgusto tenía que ver con algunas actitudes de Duarte durante el rodaje que Lamarque calificaba de “poco profesionales” y que demoraban el rodaje de cada una de las escenas. Y aunque esas expresiones nunca pasaron al terreno de los hechos, la situación dejó expuesta a la estrella frente a un poder que no dudaba por entonces en censurar y marginar a las figuras que no respondían a esa ideología.

“No hubo ni cachetadas ni palabras fuertes, pero mi disgusto fue evidente. No quiero que la gente siga preguntando si le pegué o no a Evita. Todo fue muy distinto… Ella no cumplía con su trabajo y eso a mí me molestaba. Desde allí comenzaron a apartarme, no me nombraban en ningún lado. Hasta que en 1946 me cayó del cielo un contrato con Cuba. Me pagaban 1000 dólares por día. Lo acepté y a partir de allí me convertí en una estrella internacional”, reconoció muchos años después en un reportaje televisivo.

Curiosamente, Lamarque había sido la estrella del espectáculo que más dinero recaudó durante la colecta callejera que se hizo para ayudar a los damnificados por el terremoto de enero de 1944 que dejó 7000 muertos y destruyó el 90 por ciento de las viviendas de la ciudad de San Juan. El propio Perón le envió un mensaje de agradecimiento escrito de puño y letra.

De allí en más comenzó una nueva etapa que Lamarque siempre se negó a caracterizar como exilio. “La Argentina es mi tierra y México es mi cielo. La Argentina me dio a conocer al mundo y México prolongó mi carrera”, dijo años después de instalarse en la tierra que sentía como su segunda patria. Allí prosiguió con una carrera cinematográfica marcada como siempre por el dolor y el sufrimiento estoico y permanente de cada uno de sus personajes. La síntesis de esa doble devoción quedó plasmada en la primera película que hizo en tierras aztecas, Gran Casino. Allí canta otro de sus clásicos, “Adiós Pampa mía”. Compartió allí cartel protagónico con el cantante mexicano Jorge Negrete y el director fue nada menos que Luis Buñuel, en su primera experiencia como director en México.

Con el tiempo, Lamarque se convirtió en La novia de América, el título con la que siempre era reconocida en cada rincón del continente latinoamericano. Hizo muchas películas en México, pero siempre se las ingeniaba para regresar cada año a la Argentina “en silencio y calladita”. Algunas de esas visitas se extendían más de la cuenta gracias a proyectos importantes como el musical ¡Hello Dolly!, que protagonizó con gran éxito en 1967 y dos éxitos del cine nacional de la década siguiente, pensados casi como homenajes en vida, La sonrisa de mamá y La mamá de la novia. Mantuvo hasta sus últimos años esas apariciones, aunque cada vez con menos frecuencia. En una de las últimas, en 1996, compartió un escenario de la avenida Corrientes con María Martha Serra Lima.

Con el tiempo, Lamarque se convirtió en La novia de América, el título con el que siempre era reconocida en cada rincón del continente latinoamericano Fuente: Archivo

El paso del tiempo nunca fue un obstáculo para Libertad Lamarque. Su presencia artística nunca encontró una pausa. Después de pasar mucho tiempo en México había encontrado en Miami su lugar de residencia definitiva. Eligió instalarse en una amplia casa de Coral Gables “porque era un lugar muy cómodo, que estaba cerquita de todo”. Allí vivía en una amplia casona con piscina, en la que cuidaba con devoción a sus ocho gatos, algunos de los cuales había bautizado con nombres muy pintorescos: El Negrito, Pintico, Teresita, La Gallega, Panchito.

Desde allí partía con frecuencia a toda clase de destinos de habla hispana para ofrecer recitales evocativos con retazos de su larga carrera, tangos, canciones universales y anécdotas de todo tipo. Y sobre todo volvía a México para seguir con su carrera de actriz en el mundo de las telenovelas. Muchos recuerdan todavía su personaje de tía alcohólica en La usurpadora. Y también quedará para siempre en el recuerdo su última aparición, la de madre superiora de un convento en Carita de ángel, remake televisiva mexicana de la telenovela argentina Papá corazón. Mientras grababa ese programa sufrió una neumonía, que poco después le ocasionaría un paro cardiorrespiratorio. Murió el 12 de diciembre de 2000. Acababa de cumplir 92 años.

En su último viaje a la Argentina le confesó a LA NACION: “Cuando llego aquí empiezo a recordar de todo un poco. Extraño cosas como el olor especial del ferrocarril, con el que anduve por todo el país. Extraño el recuerdo. Es un poco raro lo que digo, ¿no? Extraño el recuerdo, porque los recuerdos se van perdiendo, y a mí me gusta recordar”. Pasaron 20 años del fallecimiento de Libertad Lamarque, despedida con todos los honores en México, y el público argentino no la olvida.

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