Leonard Warren, el otro fantasma de la ópera



Se cumplen 60 años de uno de los hechos más increíbles en la historia de la ópera; increíbles y, podría decirse, casi predestinados. El 4 de marzo de 1960 el barítono estadounidense Leonard Warren caía fulminado en el escenario del Metropolitan de Nueva York por un derrame cerebral luego de cantar Morir! Tremenda cosa!, el recitativo del personaje Don Carlo en el tercer acto de La forza del destino de Giuseppe Verdi. Warren, que había nacido en el Bronx en 1911 como Leonard Warrenoff, tenía 48 años y era una de las estrellas del Metropolitan. Esa noche compartía el escenario con la soprano Renata Tebaldi en el rol de Leonora y el tenor Richard Tucker como Don Alvaro. Dirigía Thomas Schippers.

Tras el recitativo, Warren alcanzó a completar el aria Urna fatale (según los comentaristas, lo hizo muy bien), pero no pasó de ahí. El barítono Roald Reitan, que en esa función personificaba al médico que cura las heridas sufridas por Alvaro en el campo de batalla, se asomó a la puerta de la habitación para exclamar “¡Se salvará!”, pero no se oyó la respuesta de Don Carlo (“¡Qué alegría!”: Don Carlo celebra la recuperación de Alvaro ya que de este modo podrá matar con sus propias manos al hombre que escapó con su hermana Leonora y dio muerte a su padre).

Al cabo de unos segundos, Schippers paró la orquesta y Reitan se aproximó a su colega, que yacía en el piso. “¡Auxilio!”, gritó el médico de utilería. Alguien de la platea reclamó que se bajara el telón, y el Dr. Zorgniotti, el médico verdadero del Metropolitan, salió disparado al escenario y pidió oxígeno. Mientras tanto, el bajo Osie Hawkins asistía a Warren con respiración boca a boca. No hubo caso. Minutos después el director del Teatro Rudolf Bing anunciaba desde el escenario la cancelación de la función.

Esa noche La forza del destino quedaba definitivamente estigmatizada como ópera maldita. Se dice que la fama venía de antes, pero munca pudieron establecerse los motivos. En su origen, La forza no corrió mala suerte. Es cierto que su estreno en San Petersburgo, previsto para enero de 1862, debió retrasarse un año, ya que la prima dona (Emma la Grua en el papel de Leonora) estaba enferma y no se pudo encontrar un buen reemplazo. Pero no fue tan grave. Verdi y su esposa, Giuseppina Strepponi, aprovecharon el viaje a Rusia para pasar unos días en Moscú, y contaban con buenas provisiones: cien botellas de Burdeos de mesa, veinte de Burdeos reserva y otras veinte de champán, además de tagliatelle, macaroni, arroz, queso y jamón curado, según consigna la biografía de Mary Jane Phillips-Matz.La forza del destino se estrenó el 10 de noviembre de 1863, con un elenco de primera línea y entusiastas ovaciones. Al menos hasta un siglo después del debut, lo fatídico de La forza no pareció estar en los hechos que la rodeaban, sino en la ópera misma, que avanza de maldición en maldición.

Luciano Pavarotti se había comprometido a cantarla en el Metropolitan en 1996, pero terminó cancelando. Adujo problemas de salud y consiguientes cambios de agenda que le habían impedido aprender un rol que era nuevo para él (nunca la grabó ni la cantó completa; hay un único registro suyo del dúo Invano Alvaro, en un recital con el barítono Dmitri Hvorostovsky).

En 1996 Pavarotti todavía tenía a Nueva York en el bolsillo. En vez de reemplazar el tenor, el Met reemplazó el título por otro más a medida del italiano: Un ballo in maschera. Joseph Volpe, el director del Met, admitió que Pavarotti era más importante que el título, lo que podría considerarse cierto y falso al mismo tiempo y constituye un auténtico dilema.

Sea como fuese, da la impresión de que Pavarotti aceptó jugar con el destino (seguramente a cambio de una millonada) y que al llegar la hora se echó atrás. Es comprensible. Con el fantasma de Warren dando vueltas por el Met, otra que cruzarse con un gato negro por la calle.

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