Las Bandas Eternas: la historia jamás contada del último gran show de Spinetta



Las Bandas Eternas tendría que figurar en el Libro Guinness de los records: no hubo recital que durara cinco horas y media, donde un mismo artista hiciera el viaje yoico de reunir, en una misma noche, a todos los grupos que alguna vez integró en 40 años de carrera.

Las Bandas Eternas es la última efeméride de Luis Alberto Spinetta. Lo que viene de ahora en más son secuelas y remakes. Se cumplen diez años de ese show enorme en más de un sentido: 37 mil personas en la cancha de Vélez, un 4 de diciembre único en el que se juntaron Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade y Los Socios del Desierto. Además, Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati, Ricardo Mollo, Juanse.

Habrá que agradecerle a una profunda crisis económica de Spinetta. De no tener serios problemas de plata, el Flaco, el mismo que cantaba “mañana es mejor”, jamás hubiera vuelto sobre sus pasos con semejante grado de nostalgia.

Recital de “Las bandas eternas”, Spinetta y Charly García. Foto: Martín Bonetto

Pablo Mangone. Retengamos ese nombre. Mangone era dueño de un fabuloso negocio de instrumentos. Amigo leal, recibe un llamado de Luis Alberto Alberto.

-¿Cuánto me pueden dar por la Pensa? –Spinetta preguntaba cuánto le ofrecerían por su guitarra roja hecha por el célebre luthier Rudy Pensa-.

La viola más importante de su colección, la que conocés aunque sólo hayas escuchado a Wos o a Gardel. La roja y blanca que le había hecho a medida uno de los luthiers preferidos de Lenny Kravitz, Mark Knopfler, Peter Frampton, Dave Grohl, Spinetta y Gustavo Cerati.

Esta charla ocurrió a un año exacto del recital más multitudinario en la vida artística de Spinetta. Mangone, a esa altura, era una de las pocas personas allegadas. Cenas en familia, almuerzos, mate en la cocina. “Un consejero”, según el Flaco. Más aún: el amigo incondicional que lo acompañó hasta el último momento.

Fue Mangone el ideólogo de las Bandas Eternas. También fue quien tuvo la horrible tarea de comunicarle al Flaco la enfermedad que lo mató el 8 de febrero de 2012, a los 62 años.

En 2008, Spinetta edita Un mañana. Su más reciente lanzamiento tiene poca y mala difusión. Sería el último disco antes del megaconcierto de las Bandas Eternas. A decir verdad, no pasaba demasiado con Spinetta. Su trabajo consistía en mantener activos a sus músicos haciendo shows chicos casi todos los fines de semana.

El manager era el de siempre, Juan Carlos Giacobino.

Con Las bandas… Luis Alberto debió retroceder cien mil casilleros. Hacer memoria. Cantar Muchacha ojos de papel casi como broche de oro. Habrá sufrido y disfrutado en partes iguales. Cantar Muchacha…, ni su público más fiel osaba pedírsela.

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Mangone lo hizo. Háganle un lugar en sus altares spinetteanos. El que lo vio primero y nos enseñó el camino a este personaje huidizo es Jorge Kasparian, “El Ruso”, autor del libro Luisito y generoso protagonista cordobés del ecosistema humano que significa Spinetta.

Mangone es el de la foto. Cuando lo vean, pueden darle un abrazo grande.

Pablo Mangone, productor e ideólogo de las Bandas Eternas. Foto: Constanza Niscovolos

En los primeros 2.000 fue dueño de una casa de instrumentos musicales llamada Mangos Music. Talcahuano 156. Para Spinetta era como ir a Disney.

-¡¿Cómo vas a vender esa guitarra, Luis?! –Mangone salía al cruce con un razonamiento indudable-.

Le dijo, además, que una cosa era el valor industrial y otro, muy distinto, el valor simbólico de “la” viola de Spinetta.

-Bueno –minimizó Luis Alberto, tratando de restar dramatismo-: entonces trato de vendérsela a alguien que me la preste si la llego a extrañar.

-Listo –le dijo Mangone-, ya la vendiste. La tenés vendida, pero como ahora no la necesito, te la estoy prestando.

Fito Páez con Spinetta en el show de las bandas eternas.

Spinetta tenía una forma de nunca terminar las oraciones seriamente. Le salía bien imitar las voces. La voz de Calamaro, la de su adorado Tangalanga. O arquetipos de tano cabrón y viejo vizcacha, el mentón mandado hacia adelante y a largar la idea. En uno de eso desvíos, con sushi de por medio, siempre en serio pero no tanto, le propuso a Mangone ser su manager. 

El número del valor de la viola nunca se revelará. Mangone es de esas personas que tiene todos los códigos que la discreción exige. Se la compró en dólares. Eso dirá. Punto y nota al pie: la guitarra roja es el disparador de todo.

Mangone se quedó preocupado. Le indignaba cómo podía ser que uno de los músicos más grandes de la Argentina, lejos de ser millonario, necesitara vender su herramienta de trabajo más emblemática y preciada. Quizás por eso, años más tarde, El Flaco hablaría de las Bandas Eternas como de “un acto de Justicia”.

Hacia fines de 2008 faltaban pocos días para que se cumplieran 40 años del primer disco de Almendra. Faltaba poco también para que Spinetta llegara a los 60 años. Señales. Números redondos. Las Bandas Eternas llegó a pensarse como un tributo gigantesco para que Luis Alberto disfrutara, a moco tendido, desde un palco.

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El primero en enterarse de la locura no fue Spinetta, sino Gustavo Cerati. Amigo de Mangone, el ex Soda sentía un amor incondicional por quien era su ídolo. “Si hay un deseo cumplido, es éste. Disfrutalo Luis”. Lo dijo en el escenario de Vélez y se abalanzó sobre el Flaco.

-Muy lindo, ¿pero cómo lo vas a convencer? –preguntó Cerati con sarcasmo-. ¡¿Qué se junten todas las bandas?! ¿Qué haga lo de antes…?

24 de diciembre de ese mismo 2008.

A menos de diez días de lo de la guitarra insignia, Mangone pasa por la casa de Luis con un regalito navideño. Calle Iberá, Villa Urquiza. Estudio-hogar “La Diosa Salvaje”.

-Escuchame, vos sos uno de los pocos artistas cuyos pares son tus fans…

Mangone empezó el rodeo. En esa primera charla, Spinetta nunca oyó hablar de la reunión de sus bandas, sino de un “megaconcierto” donde estarían los músicos de siempre y los grosos del rock. La despersonalización pudo ser una estrategia de aproximación al porfiado héroe del rock nacional.

Número uno: las Bandas Eternas todavía no se llamaba así. Dos: se hablaba de músicos reunidos, no de grupos. Tres: Vélez no era el Plan A.

-Lo vemos –respondió Spinetta, sentado en la mítica cocina de la calle Iberá-.

Lo vemos. Esa respuesta se interpretó como el Sí de un plebiscito contundente.

La misma noche que Spinetta tocó en Vélez, AC/DC se presentó en River.

Marzo de 2009.

-¿Cómo no voy a tocar yo…? ¿Me voy a quedar mirando en una platea mientras ellos hacen mis propios temas? Naaa, ni en pedo.

Ahí empezaron a suceder las convocatorias. Luis en persona llamando y haciéndose cargo de la magnitud de su obra. El fue quien le puso las Bandas Eternas a la juntada.

¿Reunir a todas las bandas de Spinetta era la única posibilidad de llenar un estadio de fútbol? “No”, dice Mangone, “la intención era quitarle los límites. Qué el mismo eligiera si una banda, si dos bandas, si todas, lo que él quisiera”.

El show arrancó con Mi elemento que sirvió, sobre todo, para ajustar el sonido. Ella también, con Diego Rapopport como invitado, fue el primer indicio de lo que vendría. Javier Malosetti inauguró el miniset de “estrellas invitadas” y después tocó como baterista en Los Socios del Desierto (el Tuerto Wirzt había fallecido poco antes).

Con Mariposas de madera, Spinetta reconoció la inspiración de Miguel Abuelo en los posteriores “ojos de papel”. ¿Adónde está la libertad?, de Pappo, con Juanse, fue un momentos estelar.

El intermedio más largo entre una agrupación y otra duraba menos de 15 minutos.

“Les voy a presentar a cuatro genios: Edelmiro Molinari, Emilio del Güercio y Rodolfo García. Bueno, son tres, pero son tan genios que valen por un genio más”, dijo El Flaco antes de que apareciera Almendra.

El recital de las Bandas Eternas terminó a las tres y media de la mañana.

El baterista Sergio Verdinelli, de la banda estable (“estables” versus “eternos) fue el músico que más tiempo estuvo sobre el escenario después del Flaco.

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Guillermo Vadalá se hizo cargo del bajo en la reunión de Pescado Rabioso, ya que David Lebón tocó otra guitarra. El ex Fito Páez también fue un director de orquesta de toda la retrospectiva. Era Vadalá quien se encargaba de refrescarle a Spinetta los acordes tarantulescos que él mismo había inventado.

Andrés Calamaro no fue de la partida porque estaba en Santiago de Chile para tocar en el Arena.

Cerati y Spinetta cantando juntos en el show de Las bandas eternas de Luis. Foto: Martín Bonetto

Cerati postergó una fecha de la gira Ahí vamos en Uruguay para no perderse el homenaje en Vélez.

Las Bandas Eternas terminó estructurándose del presente hacia el pasado. El camino inverso finalizó con Almendra. Bah, en realidad termina con No te alejes tanto de mí empañada por un pedido de Fuck You al mejor estilo Lanata.

El destinatario del masivo dedo en alto era la revista Rolling Stone por un malentendido en la foto de tapa. Al Flaco parece que le habían borrado, sin querer, sin ninguna maldad, las letras de su leyenda en la remera de la ONG Conduciendo a conciencia. Por poco suspende el show. Las Bandas Eternas casi no sucede porque Spinetta vio conspiraciones donde sólo había diseño gráfico.

-No cuenten conmigo. ¡Una cagada esa tapa! –Luis Alberto al teléfono; del otro lado, Mangone, el productor de la movida-. Tres días faltaban para el recital del 4 de diciembre.

-Estoy en mi cena de aniversario de casado, Luis, no puedo hablar ahora. Hacé lo que quieras. Si no querés tocar, no toques.

Sin dudas se trató de un ataque de miedo escénico. Se le venía una maratón infernal.

Cuando el recital ya era un secreto a voces, Spinetta no quería notas, no quería publicidad, no quería nada. “Fue misión imposible”, recuerda Mangone. “Muy difícil hacer campaña con Luis. Era reacio a las marcas comerciales, al periodismo. Imposible convencerlo de un spot para radio o televisión. Complicadísimo vender el show”.

Mangone insistió hasta que el músico aceptó un argumento televisivo. Lo eligió Spinetta entre varias opciones. Se produjo, se contrató actores, se grabó. Nunca salió al aire porque el Flaco terminó bochándolo: un tipo de unos 50 años mirando un álbum de fotos del pasado y escuchando la voz inconfundible de Luis Alberto. De golpe irrumpe en escena el hijo adolescente y deja caer los tickets para ver las Bandas Eternas. Ambos se abrazan.

-No me gusta como quedó. No va.

Las entradas se vendían por TopShow. Mucha gente no sabía cómo conseguirlas. Spinetta desarmaba todas y cada una de las iniciativas publicitarias donde debía aparecer el chivo de la empresa ticketera.

Absurdo hacer un estadio de fútbol sin publicidad.

El único sponsor que finalmente tuvo el recital fue Banco Santander, que ofrecía descuentos especiales para sus clientes.

Moliere, un bar de San Telmo, fue el lugar elegido para actuar en vivo y en directo, a la hora de los noticieros. Faltaba para el show en Vélez y esa era la última posibilidad de prensa que Spinetta aceptaría como condición. Sobraban buenas razones: estaban juntos Spinetta y Charly. Sin dudas era la mejor publicidad de todas. Las ventas de las Bandas Eternas se dispararon de inmediato.

-Luis, dame un segundo, necesito hablar con vos –le dijo Mangone días después del café Moliere-.

-Ya sé, necesitás que haga más notas. Todo bien, dale, decime con quién tengo que hablar…

-No. Quiero decirte que se está vendiendo tan bien que hasta podríamos hacer un segundo Vélez.

Cuando el recital terminó, algunos privilegiados entraron al camarín. Ahí estaban todos. Cerati, Fito, Charly, Mollo. Se formó una especie de fila donde amigos y no tanto saludaban al Flaco. “Crecí con vos”, le dijo un infiltrado al camarín de luxe. Spinetta cacheteó cariñosamente la mejilla del desconocido.

La escena se desarrolló bajo una de las tribunas convertidas en inédito detrás de escena. El Bocón Frascino, ex Pescado Rabioso, dijo lo que pudo haber dicho el mismo Spinetta. “Nunca en mi vida imaginé tocar para tanta gente”.

Rezo por vos con Charly. Té para tres y Bajan con Cerati. Necesito un amor con Dante y Valentino, sus hijos. Fito, Javier Malosetti, Juanse, Mollo, Baltasar Comotto, Juan del Barrio, Claudito Cardone -el músico que más años acompañó a Spinetta en toda su carrera-, El Mono Fontana, Carlos Cutaia en los teclados de Pescado Rabioso, David Lebón.

-Hay que pegarle de puntín al medio.

A la hora de planificar los temas con cada una de sus bandas, Spinetta no dudó. Con Pescado debían sonar Poseído del alba, Serpiente viaja por la sal, Credulidad, Despiértate nena, Me gusta ese tajo y Post crucifixión. De Almendra, Color humano, A estos hombres tristes, Muchacha ojos de papel.

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El recital duró 53 canciones y cinco horas veinte minutos. Sabían que iba a ser largo, pero nunca lo cronometraron. Hubo tarimas deslizables para no tener que estar armando y desarmando escenarios continuamente. Cada músico tuvo su equipo de sonido propio.

Tres meses de ensayos. Todo el mundo cobró, todos los músicos percibieron un cachet excepto Cerati, Charly y Fito, “que realmente fueron de onda”.  Javier Malosetti tampoco quería cobrar. Tanto le insistieron que dijo: “Yo extiendo mi mano y tiren la moneda que quieran”.

El más complicado para arreglar fue Edelmiro Molinari, de Almendra. La situación resultó tan compleja que hizo peligrar la juntada de la banda más cara de las Bandas Eternas.

El set box que salió un año más tarde dejó afuera cinco temas. Dos eran de Almendra. A Spinetta no le convenció el resultado final. A decir verdad, el material audiovisual no le hace ninguna justicia a ese tremendo recital. Casi no hay sonido ambiente y las cámaras están sólo posadas sobre el escenario. Más que el gran concierto de tu vida, se parece a un recital en un estudio de televisión por cable.

Las Bandas Eternas trascendió por hacerse. Al otro día, todos los medios hablan de eso.

Spinetta en el show de la bandas eternas con juanse. Foto: Martín Bonetto

-¿Spinetta tuvo un contrato millonario?

-El contrato no fue con cifras. Yo fui a tentarlo con una, pero nos asociamos en la locura -dice Mangone-. Si él perdía, perdía en su reputación, y yo en el dinero de mi familia y mis hijos.

Al año siguiente Luis Alberto Spinetta giró por Estados Unidos. Ya tocaba sentado. Le dolía el hombro. Esa fue la causa inicial del desenlace. Los médicos decían que era un problema en la articulación por tantos años de guitarra colgada. Lo operaron dos veces. El dolor continuaba.

A un iluminado se le ocurrió hacerle otra clase de estudios y ahí se descubrió que lo del hombro podía ser una metástasis de su enfermedad.

Ya era muy tarde.

Mangone fue el encargado de comunicárselo.

El recital duró 53 canciones y cinco horas veinte minutos. Foto: Martín Bonetto

Luis Alberto venía haciendo un tratamiento de kinesiología. Iban juntos porque quedaba cerca del local de Mangone. Cuando se hicieron estudios paralelos y tuvieron todo más claro, pasó a buscarlo por la casa y le dijo: “Luis, hoy no vamos a ir al kinesiólogo, sino a otro tipo de médico, a un oncólogo”.

-Ajá, ¿por qué…? –preguntó Spinetta.

-Porque eso que tenés en el hombro es consecuencia de otra cosa en otro lado.

Spinetta dio vueltas en la cocina de su casa:

-¿O sea que ahora además de tocar la guitarra voy a tener que aprender a tocar el arpa?

En diciembre de 2011 a la casa de la calle Iberá se entraba usando contraseñas. El Flaco estaba débil, pero andaba un poco de acá para allá. Mangone lo fue a visitar y Luis le dijo que le quería dar algo. Se refería a la famosa guitarra roja.

-Llevatela, es tuya. No me hagás hablar…

Hoy día la guitarra que el Flaco mismo definió como una de sus “mejores amigas” se encuentra en manos de los hijos de Luis Alberto Spinetta.

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WD

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