La soprano letona Kristine Opolais puso al Teatro Colón a sus pies

Segunda gran figura que visita el Colón desde el comienzo de la pandemia (Olga Peretyatko deslumbró hace 10 días en un recital), la soprano Kristine Opolais tuvo su primera presentación en ese escenario este sábado 30 de octubre, con una selección de arias de ópera al piano.

Todo debut de un cantante internacional en el Teatro Colón suele plantear tantas expectativas como interrogantes. Cuando además, como en el caso que nos ocupa, se trata de una figura con un aparato de marketing importante a su alrededor, la expectativa suele ser mayor.

El Colón tiene en su haber varios casos de estrellas internacionales a las que a pesar de su acústica milagrosa, la sala “les quedó grande”. El porte de las voces suele ser una de las mayores preocupaciones de los conocedores, y así se lo percibía en las charlas del foyer y los pasillos: muchos se preguntaban si el caudal generoso que Opolais exhibía en grabaciones y videos era una realidad.

Opolais hace gala de una gran capacidad de actuación, y la pone al servicio de su conexión con el público. Foto PRENSA TEATRO COLÓN / MÁXIMO PARPAGNOLI.

Opolais hace gala de una gran capacidad de actuación, y la pone al servicio de su conexión con el público. Foto PRENSA TEATRO COLÓN / MÁXIMO PARPAGNOLI.

Más que sólo una cantante

Nacida en Letonia hace casi 42 años, Opolais es desde hace una década una figura frecuente en los grandes escenarios del mundo. Aunque su carrera la llevó por diferentes autores y estilos, para su debut en el Colón eligió un repertorio enfocado exclusivamente en la ópera italiana de las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX.

Más específicamente, en arias y escenas dramáticas, ideales para poner en primer plano sus impresionantes dotes de actriz trágica; la contracara de esta coherencia fue una total monotonía de climas y paisajes, a pesar de la entrega de la cantante en cada una de sus estaciones.

Originalmente anunciada junto a Constantine Orbelian, promocionado como “el colaborador soñado de los cantantes”, finalmente Opolais se presentó junto al mendocino Marcelo Ayub, no menos soñado como acompañante y uno de los músicos más completos de nuestro medio.

Un pianista que no solo siguió al milímetro las inflexiones de la voz sino que interpretó cada uno de los fragmentos instrumentales (preludios e interludios) con extraordinaria delicadeza, y dentro de su actuación impecable tuvo su punto más alto en la transcripción de Liszt de la muerte de amor de Isolda (Wagner).

Marcelo Ayub fue el acompañante ideal de la soprano letona. Foto PRENSA TEATRO COLÓN / MÁXIMO PARPAGNOLI.

Marcelo Ayub fue el acompañante ideal de la soprano letona. Foto PRENSA TEATRO COLÓN / MÁXIMO PARPAGNOLI.

La primera parte comenzó con un “golpe de efecto”: Opolais hizo su entrada después de Ayub, y ya sobre los acordes del piano para acometer con potencia y seguridad Io son l’umile ancella, aria de presentación de la protagonista de Adriana Lecouvreur (Cilea).

La sorpresa que generó este efecto se diluyó cuando la cantante lo repitió dos veces consecutivas, en la gran escena de Desdemona (Otello, de Verdi) y el aria del final de Adriana, Poveri fiori, para terminar la primera parte con Ebben, ne andrò lontana, de La Wally, de Alfredo Catalani.

Disipada ya la duda sobre el volumen (que no es para nada escaso), llegó el momento de apreciar las otras cualidades de la voz de Kristine Opolais. Su timbre es acerado, y su emisión no se advierte completamente pareja; en varias oportunidades se escuchó tirantez en sus agudos y falta de peso en los graves.

Posiblemente esto sea consecuencia de que la artista haya elegido construir su carrera sobre roles “pesados” que han ido mermando la belleza de su voz naturamente lírica. Pero un cantante no es solo una voz (“Con la voz ‘también’ se canta”, decía un recordado maestro de técnica), y Opolais lo sabe mejor que nadie.

Ávido de voces que llenen de música el recinto, el Colón se rindió a los pies de Kristine Opolais. Foto PRENSA TEATRO COLÓN / MÁXIMO PARPAGNOLI.

Ávido de voces que llenen de música el recinto, el Colón se rindió a los pies de Kristine Opolais. Foto PRENSA TEATRO COLÓN / MÁXIMO PARPAGNOLI.

Luego del infaltable cambio de vestuario, en la segunda parte entregó -con fortuna despareja- el aria de Margherita del Mefistofele de Arrigo Boito y dos favoritos de Puccini: Vissi d’arte (Tosca), que cantó parcialmente de espaldas para coronar de frente con un agudo poco feliz, y Un bel dì vedremo (Madame Butterfly).

Para el primero de los bises, la cantante reservó un nuevo golpe de efecto, al ingresar por el pasillo central de la platea para hechizar completamente con el aria de uno de los roles que la hicieron famosa: la Canción a la luna de Rusalka (Antonín Dvorák).

Después de la ovación de pie para el que probablemente haya sido el momento más memorable de la noche, Opolais recuperó la frescura de su voz con O mio babbino caro (Gianni Schicchi), donde incluso sus agudos se escucharon menos tirantes, y cerró con una vuelta al clima lúgubre en Sola, perduta, abbandonata, de Manon Lescaut, también de Puccini.

A fuerza de entrega, manejo escénico, encanto personal y una calculada espontaneidad, Kristine Opolais puso a sus pies a un Colón ávido de esas grandes noches de esplendor vocal que tanto extrañaba su audiencia.

Ficha

Calificación Bueno

Kristine Opolais (soprano)

Marcelo Ayub (piano)

Teatro Colón, sábado 30 de octubre 

E.S.

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