La psicóloga que dejó el diván para abrir una milonga



Para utilizar una expresión ya extendida, la psicóloga Graciela López en algún momento de su vida se “reinventó”: de la atención diaria de pacientes pasó a ser una exitosa y perseverante organizadora de milongas y como tal se sostiene desde hace diecisiete años. “La Milonguita” se llama su espacio y figura entre un escaso puñado de milongas que permanecen en el tiempo; muchas otras aparecen como hongos después de la lluvia y después desaparecen.

-¿Cómo se produjo ese pasaje de la psicoanalista a la emprendedora milonguera?

-De la manera más casual. Yo había escrito un libro de cuentos sobre temas tangueros –hacía mucho que bailaba- y lo presenté en la Esquina de Homero Manzi; la mujer que lo organizó me preguntó cuánta gente esperaba. “Unas cincuenta”, le dije. Puso treinta sillas, vinieron ciento veinte personas. Me llamó al día siguiente: “tenés una gran capacidad de convocatoria, te ofrezco un lugar y que armes actividades”. Pensé algo para los domingos a la tarde, el momento más difícil de la semana, y finalmente todo lo que imaginé –campeonatos de truco, club de lectura- desembocaron en una milonga.

Graciela López arrancó con la milonga los domingos, sin saber que se convertiría en su modo de vida. Foto: Martín Bonetto

-¿Qué te gustó de esa posibilidad?

-Que estaba vinculada al placer y no a la angustia que como psicoanalista tenía que sostener. Primero fue un hobby de los domingos, pero empezó a crecer y a competir con mi trabajo profesional al punto de que tuve que elegir.

-¿Qué cambios fuiste viendo en la milonga en estos casi veinte años?

-Muchísimos, acompañando los cambios económicos y culturales. Desde los ’90, e incluso más después de la crisis del 2001, se sumó a las milongas mucha más gente de clase media. Otro cambio: ahora son más alegres y menos solemnes. Te acordás que una mujer no podía ponerse de pie antes de que el hombre viniera a buscarla; las mujeres se sentaban de un lado del salón y los hombres, del otro -aún hay algunas así-; si un hombre invitaba a bailar a una mujer de una determinada mesa, no podía invitar a las otras. Hoy esas costumbres te provocan risa.

-¿Cómo definirías a tu propia milonga entre la variedad de las que existen?

-Tradicional pero relajada. En una época incluí una “tanda” de tangos en la que las mujeres invitaban a los varones pero igual que ellos: desde lejos, con un gesto. Después lo cambié porque era como sostener “el momento femenino” y en la realidad no es necesario: las mujeres decididas buscan la mirada del hombre con el que quieren bailar. Aunque las que no, sufren.

Una milonga tradicional, pero relajada. Así define a su espacio Graciela López. Foto: Martín Bonetto

-¿Y en cuanto a la manera de bailar, viste cambios? Para bien o para mal quiero decir.

-Depende de quién lo diga. Aquel “abrazo” cerrado y contenedor de hace veinte años, de los milongueros tradicionales, casi ya no existe salvo en algunos reductos; los que no lo conocieron no pueden extrañarlo. Ahora se baila un poco más separado, más de costado. Esto dicho en general, porque cada pareja que baila es un mundo.

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-La presencia de extranjeros que vienen a bailar tango se multiplicó enormemente en las décadas recientes. ¿Cómo ves ese fenómeno?

-Mucha de esta gente llega a Buenos Aires ya bailando muy bien. Algunos milongueros dicen -aunque creo que es una manera de alimentar nuestro ego- que lo hacen sin sentimiento. Pero creo que ponen sus propios sentimientos, sus recuerdos, que no son los mismos que los nuestros.

-¿Hay más concurrencia de jóvenes a la milonga?

-Sin duda. Muchos de ellos bailan divinamente, con mucha gracia; pero otros bailan en la pista un poco para afuera, para ser mirados y admirados. Todo lo contrario de la intimidad que el baile del tango involucra. Esto tanto no me gusta.

Para informes: La Milonguita facebook

WD​

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