la nueva historia de Marcelo Birmajer

Cuando descubrió la sustancia bebible que eliminaba las caries, algún que otro amigo le recomendó a Marco Erage que patentara su invento.

Pero Marco, siempre discreto, inmerso en la investigación, prefirió venderlo bajo contrato a una gran farmacéutica. Desde entonces, llevaba 20 años de trabajo en la empresa, con un sueldo razonable, pero extremadamente inferior a ser propietario de su propia fórmula.

Por eso, cuando el departamento de recursos humanos les propuso invertir dos aguinaldos en criptomoneda, Marco fue uno de los empleados intermedios que aceptó. Ya estaba bien de vivir al día: una inversión. Por una vez.

A los seis meses, comprendió que la apuesta había fallado: cuando chequeó su cripto cuenta, tenía menos de la mitad de lo invertido.

El Neón había bajado: un sacudón en la bolsa de Nueva York, por el regreso de la Cepa Chinchón, que había cerrado los viajes submarinos en todo el mundo. Sólo se admitía el buceo con barbijo, y la mayoría de los practicantes habían preferido abandonar la actividad. Los mercados se habían hundido, paradójicamente.

Marco se hallaba terriblemente deprimido, en su modesto departamento de dos ambientes, en el barrio de Balvanera. Si apostaba a lo seguro, perdía; si arriesgaba, perdía también. La vida no estaba hecha para él.

Por otra parte, Miriam no llamaba. Ya no le quedaban oportunidades para convocarla: si ella no llamaba, esa apuesta también estaba perdida. El portero eléctrico sonó con la fuerza de las sorpresas.

– Miriam -murmuró como un grito Marco-. Pero cuando atendió, un hombre le anticipó: – Es por el asunto de la criptomoneda.

– ¿Qué pasa con la criptomoneda? -preguntó Marco con un fastidio inesperado.

– Si nos permite, necesitaríamos pasarle el reporte de su inversión.

– Ya lo tengo. Perdí todo.

– No, no. Hay un malentendido. Pero no necesitamos que nos abra la puerta, si eso es lo que teme. Solo que nos confirme que quiere recibir el reporte de su inversión.

– Sí, quiero -respondió Marco, con el tono de un novio despechado, a una Miriam invisible. Y colgó el tubo del portero eléctrico- quizás el único tubo con cable que aún quedaba en el universo-, para sacárselos de encima.

Repentinamente, un hombre de saco y corbata, con las orejas como el señor Spock y la piel de tonalidad verdosa, se corporizó en su ambiente central. Marco reprimió un grito. Su discreción, que le había garantizado su porción de fracaso existencial, también lo había preservado del ridículo.

– Vengo del planeta Criptón -explicó el extraño-. Tengo el placer de informarle que ha acumulado usted una fortuna en una caja de ahorro de criptomoneda Neón.

– ¿Krypton? -repitió Marco, sin acento-. ¿Pero ese no es el planeta de Superman?

.- No, no -sonrió, casi rió, el intruso-. Es un error común entre los terráqueos. Nuestro planeta es Criptón, con C. Somos los productores de criptomoneda. En la mitología terrícola, y no son los únicos, ustedes han querido hacerse creer que la criptomoneda depende de vuestra propia fabricación. Pamplinas. Somos los únicos originantes de criptomoneda en el Universo. La buena noticia es que usted es rico.

– No lo creo -musitó Marco, buscándole los hilos a la estafa.

Pero aquel hombre, o lo que fuera, había aparecido en su ambiente. Eso no era un truco.

– La decisión es suya. Nuestros balances no aparecen en su cuenta porque la legislación lo prohíbe. El dinero que usted ha ganado en nuestro planeta supera el monto máximo. Hay unos pocos casos en la Tierra.

– ¿Y qué tendría que hacer?

– Viajar. Es sólo una decisión: el viaje es por medio de la traslación molecular. Alcanzaría con decir: “sí, quiero”. Como la fórmula que me permitió acceder a su departamento.

– ¿Solo en Criptón podré usar mi dinero?

– Los placeres que le deparará nuestro planeta son incomparables. Imagine ser dueño de su invento. Por otra parte, ¿qué lo ata a este basurero? Ahora no pueden viajar, ni siquiera bucear. Se han vuelto todos locos. La gente prefiere quedarse encerrada.

– Yo no es que sea precisamente una pila de vida -especuló Marco-.

– Pero estaba esperando a una mujer, por lo menos -acotó el alienígena.

– ¿Leen el pensamiento?

– Yo ya estaba aquí cuando usted murmuró: “Miriam”. Pero también leo el pensamiento: ella no viene porque le teme al covid. Prefiere quedarse encerrada en casa. Duerme con barbijo. La humanidad ha decidido extinguirse por medio de la necedad. No lo piense más: diga “sí, quiero”.

– Pero usted parece un vendedor de calefones -reaccionó Marco, que se rebelaba contra cualquier forma de convicción-. ¿Por qué tiene tanto interés en mi emigración?

– Número 1: el movimiento de capitales es beneficioso para mi planeta. Su cuenta es una de las más abultadas de entre las nuestras y es un pecado económico mantenerla inactiva. Número 2: usted es el descubridor de la cura de las caries. No tenemos ese problema en Criptón, pero siempre intentamos convocar a los investigadores relevantes. Se encontrará en Criptón con colegas afines.

– ¿Es un viaje de cuánto tiempo, en términos terráqueos?

El extraño por primera vez le quitó la vista. Eludió la pregunta: – No me he presentado. Puede llamarme Super. Es una asociación que agrada a los terráqueos.

– ¿Hay otros terráqueos en Criptón?

– Apenas. Pero más de los que usted frecuenta.

– ¿Cuánto tiempo duraría entonces mi estadía?

– Toda su vida. Lamentablemente, los regresos no han sido exitosos. Algo en vuestra composición biológica.

Marco caviló: – ¿Me lo puedo pensar?

El portero eléctrico sonó por segunda vez en el día. ¡Una exageración! Era Miriam.

Marco miró a Super como si ese error en la lectura del pensamiento diera por tierra con todas sus demás propuestas. Pero Super no se avergonzó. Supo que el terráqueo no lo acompañaría. No le leyó el pensamiento: sí el corazón.

– Las mujeres son imprevisibles -se excusó con elegancia-. Y desapareció, junto con aquella fortuna lejana.

WD

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