La nueva historia de Marcelo Birmajer: Verdad

El micro programa de televisión Es verdad aunque usted no lo crea, basado en la franquicia del dibujante y divulgador norteamericano Ripley, quedó grabado hasta hoy en mi memoria, con una persistencia que no puedo explicar.

A menudo el éxito es inexplicable: el envío televisivo no duraba más que unos pocos minutos, no había protagonistas relevantes -el presentador era el actor Jack Palance, pero no creo que su rol haya sido definitorio-; y el título era largo, quizás incluso rebuscado, aunque conceptualmente impecable.

Los hechos verdaderos pero increíbles se inscribían en muy distintas temáticas: una tortuga capaz de deletrear una palabra con una pata, una montaña de tapas de gaseosa más alta que el Everest; un hombre nacido y criado en un submarino, del que no había salido hasta su muerte a los 80 años. En mi colegio, durante mi quinto grado, vino a suceder una historia relacionada con este programa.

Timoteo Gonves era un alumno de cuarto grado que se había lanzado por la baranda de la escalera grande, la que conectaba el hall central con las aulas del primer piso.

No supimos cómo se subió, pero se dejó llevar por la ley de gravedad y, al final del recorrido, una suerte de inercia o mera fatalidad lo impulsó hacia arriba: dio una vuelta en el aire y cayó con el cráneo contra el piso, como un avión en picada.

No sangró. Estuvo desmayado una hora. La maestra de cuarto, a cargo de Timoteo, estaba embarazada. El disgusto la paralizó: temía por la salud de su propio bebé. No se atrevió a llamar a la casa de Timoteo hasta que el niño despertó.

Cuando vino a buscarlo la madre, la maestra miró a ambos con suspicacia: Timoteo era hijo de madre soltera. De ahí, se deducía de la mirada de la maestra embarazada, provenían sus desordenes de la conducta (que en rigor se limitaban a haberse tirado inopinadamente por la baranda).

Pero Timoteo Gonves pasó de ser un niño imperceptible del montón, a ser respetado y apodado como El hombre que volvió de la muerte– en alusión al programa de Ibáñez Menta-, o El sobreviviente. Su cráneo era un prodigio: había soportado un golpe abrumador.

Cuando regresó al colegio, luego de 15 días de convalecencia, su aspecto era normal.

A la mera circunstancia de su milagroso periplo, tanto el accidente en sí como la recuperación, se sumó un detalle de fama extra: en uno de los episodios de Ripley, Es verdad aunque usted no lo crea, que habíamos visto en la tele los alumnos del colegio, figuraba un hombre apodado “cráneo de acero”, capaz de caer de cabeza a piletas vacías, y salir sin un rasguño.

No sangraba ni se desmayaba. De manera inverosímil, e indiscutible, el rostro tenía cierto parecido con el de Timoteo. Por entonces, no había otro modo de ver el programa que no fuera estar delante del televisor los dos o tres minutos que duraba. Los episodios no se repetían. Muchos de los que lo habíamos visto, coincidíamos en el parecido.

Y cuando Timoteo dejó saber que ese hombre de una región autónoma de Oceanía, Kiriápolis, era su padre, muchos lo dudamos y alguno lo creímos. Pero nadie se atrevió a discutirlo categóricamente.

Cuando yo pasé a sexto grado, y Timoteo a quinto, una niña del sexto B se manifestó novia de El hombre que volvió de la muerte. El romance era admisible: Timoteo había hecho dos veces primer grado (prácticamente toda el plantel escolar creía que por la falta de padre).

Fue la primera vez que percibí a una chica deslumbrada por la fama que había cobrado un muchacho. Timoteo lucía perfectamente rendido a su novia. El milagro de su caída y la aparición de su símil -quizás padre- en Es verdad aunque usted no lo crea– se habían conjugado o conjurado para hacerlo un hombre feliz. No me parecía tan extraño que el hombre que volvió de la muerte fuera feliz.

Pero la vida es más larga que un envío de tres minutos. Poco antes de las vacaciones de invierno, se anunció la llegada de Ripley en vivo a La Rural. El famoso programa de exotismos se haría presente en el rincón de Plaza Italia con algunas de sus atracciones más mentadas, para deleite de grandes y chicos.

Sí, el hombre del cráneo de acero sería de la partida. También la jirafa cantora y el inventor de la planta sin agua, con su helecho.

Las salutaciones se multiplicaron para Timoteo: su padre llegaría a la Argentina. También las suspicacias: ¿aquel maorí era realmente su padre? Timoteo aseveraba que el mismo maorí había sido oportunamente el marido de su madre -sin nupcias-, y regresado luego, destempladamente, a su tierra natal.

Como fuera, el secreto se revelaría. Hijo y padre se reencontrarían en Ripley en La Rural. Por esos mismos días, apenas una semana anterior a Ripley, llegaba Frank Sinatra a la Argentina. Mientras los adultos no podían creer que finalmente La Voz aterrizara en Buenos Aires -aunque fuera verdad-; los habitantes del colegio solo aguardábamos expectantes a Ripley.

Finalmente llegó My Way. Cantó en el Sheraton y en el Luna Park. Aún no existía Puerto Madero. Los recitales fueron un éxito. Pero el dólar se disparó brutalmente -luego de que el ministro de economía de la dictadura, Sigaut, anunciara: el que apuesta al dólar, pierde– y contractualmente resultó un terrible fracaso económico para Palito Ortega, el gestor de la visita.

Las entradas se cobraban en pesos, y Palito tuvo que pagar el contrato de Sinatra en dólares. Quizás una de las grandes parábolas argentinas: Ortega pagó hasta el último dólar a Sinatra, y este compromiso cumplido contra viento y marea, a lo largo del tiempo, resultó un trampolín virtuoso en su carrera. Pero bajo aquellas circunstancias, la troupe de Ripley canceló su visita: aunque usted no lo crea.

No sé si habían vendido entradas por anticipado ni si las devolvieron. Pero el hombre del cráneo de acero, la jirafa cantora y la planta sin agua, se quedaron respectivamente en Kiriápolis, Botswana y Omaha.

Creo que muchos años después apareció la semblanza de un granjero extremadamente parecido al creador de la planta sin agua, en un episodio de Los Simpson… pero vaya uno a saber.

La leyenda de nuestro Hombre que volvió de la muerte se cimentó. La suerte lo acompañaba allí donde fuera. La chica de sexto B siguió siendo su novia hasta pasada la adolescencia, y aparentemente fue Timoteo el que prefirió otra consorte. Los años pasaron con prisa y sin pausa para todos nosotros, aunque no lo creyéramos

En 2012, saliendo de dar una conferencia, me topé con Timoteo, que me seguía en el panel, como asesor financiero, para disertar sobre el dólar.

Me quedé a escucharlo. Exitoso y bien plantado, no obstante le nublaba el gesto una cierta melancolía. Aunque la charla posterior fue extremadamente casual, y no teníamos mucho de qué hablar, no pude evitar preguntarle si lo apenaba algo en especial.

– Falleció mi viejo -respondió.

Le di la mano a modo de pésame, sin preguntar nada al respecto; y me marché como si aquel obituario oral cerrara para siempre nuestra aleatoria relación.

PD: (Uno de los episodios de Ripley reseñaba la desesperación de los contemporáneos del cometa Halley. Se suicidaban y hacían planes sobre la extinción del planeta. El cometa nunca impactó contra la Tierra. Me recuerda cierta civilización que decidió permanecer encerrada en casa durante dos años…).

WD

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