La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un amor imposible

No me cuesta recordar el mundo en el que crecí. Pero me resulta difícil precisar si la diferencia con el actual es definitoria o aparente.

Luciano era un pre adolescente afeminado, pasada la mitad de la década del 70, cuando todos teníamos 12 años, o menos. Su comportamiento -su gestualidad- no era exactamente como el de alguna de las chicas; pero sí completamente diferente del de la mayoría de los varones.

No jugaba al fútbol -prefería no jugar; y en ocasiones, si le insistían demasiado, lo hacía tan mal que lo terminaban desplazando-; no coleccionaba autitos ni soldados. No se jactaba de su fuerza física ni aspiraba a ejercerla. Por distintos motivos, yo empatizaba con Luciano.

Aunque a él no le gustaba leer -prefería hacer desfilar en secreto unas muñecas que eran el símil de los Temerarios- y a mí me encandilaba la biblioteca, era cierto que cuando yo elegía sumergirme en los álbumes de Nippur de Lagash o en las novelas de José Mauro de Vasconcelos, me apartaba del resto del grupo, igual que Luciano.

También cuando concurrían a la capilla y yo me quedaba afuera, Luciano entraba con un dejo de sorna. Y de algún modo, cuando el cura les hablaba mal de los judíos al resto de mis compañeros, yo también quedaba como un outcast.

Era un club estatal, en las afueras de la Capital, y yo sabía a qué atenerme. Hacía mis propios planes. Alguna vez me tocó, por supuesto, padecer la crueldad infantil; pero yo también debo haberla aplicado alguna vez. Sin embargo, me resultaba especialmente incomprensible cuando alguno se burlaba de Luciano.

Nunca he logrado deducir por qué alguien podría maltratar o subestimar a un hombre que le gusten los hombres o a una mujer que le gusten las mujeres. ¿En qué atañe la vida privada libremente electa de una persona a quien no está involucrado en ella?

Pero en esa época y en ese ambiente, los chicos crueles podían ser especialmente malvados con un chico como Luciano. No recuerdo que alguna vez las cosas hayan pasado a mayores; ni golpizas ni nada incluso peor. Pero con las burlas alcanzaba para que a mí me resultaran despreciables los agresores. Aún hoy me lo resultan.

Y entonces llegó Bardale. Era apolíneo, musculoso, y curiosamente justo. En mi columna anterior hablé de Charles Atlas y el método para ser un hombre fuerte con apenas diez minutos diarios en la intimidad de tu habitación. Pero Bardale no necesitaba de esos diez minutos: como tantos otros gigantes capacitados para luchar que he conocido, era así por naturaleza.

No practicaba ningún deporte en particular, se desempeñaba bien en todos y era un nadador insuperable. Su poder no devenía de la disciplina ni de una dieta: como Obelix, lo había adquirido en sus primeros días y era permanente. Su fisonomía y accionar eran lo que por entonces hubiéramos denominado como viril o masculino, y yo sigo denominando así.

Pero lo llamativo de esta historia es que Bardale se convirtió en el protector de Luciano.

Cuando algún imbécil malvado le decía alguna palabra inapropiada, o lo insultaba, o lo mencionaba con malicia; Bardale ponía al injuriador en su lugar. La aparición de Bardale en el club, en relación con Luciano, me hizo creer que podía existir algún tipo de justicia divina en el Universo. Aún dudo al respecto, pero en ese momento, en ese caso concreto, lo creí.

Dadas las circunstancias y por distintos acontecimientos, Bardale y Luciano comenzaron a pasar mucho tiempo juntos. Bardale no era gay, como se dice ahora. Por entonces, el modo no ofensivo de denominar la relación sentimental entre hombres era “homosexual”. Bardale no lo era.

Existía una amistad no sexual entre Bardale y Luciano. En rigor, tampoco había escarceos entre chicos y chicas, al menos en esa edad y en ese ámbito. Pero si una chica y un chico hubieran pasado tanto tiempo juntos como lo pasaban Bardale y Luciano, probablemente los hubiéramos llamado “novios”.

No era el caso de Bardale y Luciano. Eran amigos, como yo tenía mis propios amigos. Pero era cierto que pasaban más tiempo juntos que el que yo pasaba con mis amigos. Para los padres de Luciano fue un alivio la llegada de Bardale. Y en cierta ocasión, me pareció entender que la madre de Luciano miraba a Bardale con algo más que alivio. Pero no lo puedo aseverar.

Bardale no necesitaba que vinieran a buscarlo sus padres: iba y venía solo. Nos quedábamos a dormir en el club, en cabañas; y Bardale compartía la cabaña con Luciano, garantizando que ninguno de los otros dos huéspedes lo molestara. Cuando cumplimos catorce años, cuando sí empezaron a surgir en todos nosotros las pulsiones del amor y la atracción, dejamos de concurrir al club. Dejó de concurrir Luciano, dejó de concurrir Bardale, dejé de concurrir.

Cada uno hizo su camino, aunque yo todavía no sé bien cuál es el mío. Seguí frecuentando las bibliotecas, leyendo a Nippur y Asterix. Nada muy distinto de eso: era fácil de adivinar, y no había mucho más. Pero Bardale, a quien seguí considerando uno de los pocos hombres justos que he conocido en mi vida, reapareció como empresario aeronáutico en un momento en que me resultó absolutamente esencial.

En esos años del período intermedio del paso del boleto aéreo de papel al virtual, tiré un ticket que debí haber conservado, y no me dejaban regresar de Asunción a Buenos Aires.

Repentinamente, se corporizó (nunca mejor utilizada la expresión) Bardale, a los 43 años, a cargo de esa compañía aérea en ese mismo aeropuerto, para asegurarme que saldría en el próximo vuelo, un par de horas después.

Su emersión del pasado, como un súcubo bueno, como un genio de la lámpara, resultaba tan sorprendente como discreta su expresión y su voz. Como si allí no pasara nada, y esa coincidencia no fuera milagrosa y estrafalaria. Conservaba sus cualidades intactas.

Teníamos dos horas para conversar, y muy pocos temas que compartir. Era un gerente exitoso, y yo el mismo de siempre. Sonará inverosímil, pero yo no mencioné a Luciano y su nombre apareció inesperadamente para mí.

– ¿Sabés que Luciano es mujer? -me preguntó.

– No -repliqué estupefacto, y agregué con cierta incomodidad-. ¿Se operó?

– No, no -sonrió Bardale-. Siempre fue mujer. Es mujer. Los padres lo obligaban a fingir que era varón. Porque habían querido tener un varón y no había llegado. Le prohibían bañarse en el club.

– Pero qué crueldad… – murmuré-. ¿Y cómo nunca nos dimos cuenta?

– Éramos muy chicos -reflexionó en voz alta Bardale-.  Supongo.

– ¿Lo volviste a ver? -consulté, y me corregí-: Perdón: ¿la volviste a ver?

– Una mujer hermosa -asintió Bardale-. Yo era soltero. Y pudimos haber… Los padres murieron en un accidente automovilístico.

Hizo un silencio introspectivo y sentenció: – Afortunadamente. No me pude acercar a ella, por cómo nos conocimos.

Quise preguntar algo más, pero no se me ocurrió qué.

Cuando llamaron por los altoparlantes abordar mi vuelo, me apuré, aliviado.

WD

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