La nueva historia de Marcelo Birmajer: Tildado



En rigor, debería escribirse: “tiltdado”, porque no está relacionado con la tilde, sino con la expresión “Tilt”. Esa era la palabra inglesa que arrojaba el flipper cuando el jugador lo movía inadecuadamente. El paso de la máquina, de su funcionamiento multicolor y lumínico, a esa súbita interrupción total, casi siempre inesperada, era lo más parecido que me puedo imaginar a la furtiva huída de la vida de un cuerpo humano.

Nos quedábamos alelados frente al flipper, como un cirujano en el quirófano de una intervención fatalmente fallida, observando con una mezcla de impotencia y frustración las criaturas inanimadas, las plataformas sin energía, las bolas metálicas desapareciendo en el foso final… las paletas del flipper inmóviles, aunque taladráramos los botones con las ansias de nuestros dedos índices. En los ’70, los flipper estuvieron prohibidos en la Capital Federal. Se podía jugar en todo el país excepto en esta ciudad. Pero mi amigo Vincent -recién hace dos años descubrí que su padre era entonces traficante de armas-, compañero de séptimo grado de la escuela primaria pública de la calle Boulogne Sur Mer, ocultaba un flipper en el sótano de su casa. Bajábamos a jugar como debían sentirse los norteamericanos accediendo a una destilería clandestina entre los años 1920 y 1933. ¿Cómo llamar a la Ley Seca porteña de los pinball?

Terminaban los años ’70 y los temas de los flippers eran la formación original de Kiss, los western clásicos, Roger Moore como James Bond, los Supersónicos, el Batman de Adam West, el Superman de Christopher Reeve (con una maravillosa participación de Marlon Brando, que despedía a Krypton cuando la bola le daba en el rostro). Pero el flipper de Vincent, tan elocuente y escandaloso como todos los que acabo de mencionar, desplegaba un contenido exótico: la pantalla vertical estaba ilustrada con Idi Amin, el sátrapa ugandés; y las variedades de la caja horizontal, ligadas a sus crueldades como dictador, narradas en un tono de comedia: cuando se te iba la bola, el sobreentendido era que te tragaban los cocodrilos. Si caías en otro foso, lateral, la idea era que te devoraba el propio Amin Dadá.

Yo no sé quién había diseñado ni fabricado aquel flipper que, como dije, era igual en su funcionamiento y espectacularidad al resto; pero sí que no tenía relación con el rescate israelí en Entebbe: de otro modo lo recordaría. De los pocos elegidos para trasponer el umbral del “palacio” de la calle Callao, antes de llegar a Alvear, aún menos accedíamos al sótano. Mi peaje libre se debió a una tarde en el recreo, Vincent preguntó si alguien sabía quién era Idi Amin Dadá y yo le informé. Desde entonces, me incorporó sin que fuéramos amigos.

Entre los “caballeros del sótano” se contaba Lucas: era alto, de mirada lejana, deliberada y sutilmente petulante. Sabía tocar la guitarra e incluso a los doce años compuso alguna canción de letra abstracta. Pero no era hippie, ni exactamente un bohemio, sino lo que el dibujante Viuti, el autor de Teodoro, hubiera llamado un “superado”. Lucas sí era amigo de Vincent, y su vecino de pupitre. Debo reconocer que a mí me caía muy mal.

El padre de Vincent, por su parte, si bien había conseguido e instalado el flipper, pasaba muy poco tiempo en sus dominios. Cuando llegaba de sus viajes internacionales, cargado de regalos importados, Vincent reprimía la alegría infinita. No quería perder la mirada de reproche por la frecuente ausencia del padre. La madre de Vincent era una mujer hermosa. Probablemente tuviera la edad de nuestras madres, quizás unos años menos, pero no se parecía en nada a ellas. Vestía atractiva, se perfumaba sofisticadamente, caminaba con levedad, nos hablaba como una conductora de televisión. Había sido modelo. Las pocas veces que ella bajaba al sótano, quien quiera que estuviera jugando tildaba la máquina.

Dejé de ver a Vincent al egresar del primario. No sé qué fue de los flippers en Buenos Aires entre los ’80 y los ’90. Pero a principios de los noventa, supongo que con la convertibilidad, se exhibieron pública y profusamente: Terminator -hasta la vista, Baby -; los Locos Addams, El fantasma de la Ópera. También la serie Los Simpson. Los garitos electrónicos funcionaban desde media mañana hasta bien entrada la madrugada: la inocua ludopatía pop agrupaba amigos y solitarios en subsuelos de neón. Bastaba comprar fichines para acceder.

Y luego, sin aviso ni explicación, los flippers desaparecieron. Pero ahora de todo el país: las leyes más secas y efectivas son las que nadie dicta. Imperceptiblemente dejaron de existir. Como los cospeles, los boletos y el juego del elástico. Se tildaron todos al unísono. A cada cosa le llega su otoño. A mi también: encanecí, engordé, viajé.

Una tarde en la provincia de Misiones salí a dar una vuelta por el centro en plena siesta: el calor agobiaba y lo único abierto era un kiosco. Algo llamó mi atención en el local de al lado, pero primero bebí un litro de agua fría. Solo entonces pude reparar en la casa de flippers. Una resurrección, una aparición.

Abría a las 19.

Esa misma noche, con una cerveza helada y una camiseta sin mangas, decidí pasar allí el tiempo antes de salir para la estación. Además, soplaba el aire acondicionado. Cuando fui a comprar las fichas, el dueño no me quiso tomar el dinero.

– ¿Sigue estando prohibido para los porteños? -bromeé.

– Solo para los ex compañeros de primario -respondió.

Era Vincent. Me regaló una decena de fichas y conversamos mientras yo jugaba: aunque me sentía en la fábrica de Willy Wonka, no terminaba de entender cómo Vincent, el hijo de la aristocracia de Recoleta, regenteaba aquel casino infantil en Posadas. Pero la fortuna familiar había sido dilapidada: primero, la madre los abandonó. Luego el padre se esfumó. Lo cuidó una tía. Finalmente se quedó sin la casa. Con una renuente herencia, había puesto aquel último esfuerzo. Los dos teníamos casi cincuenta años.

– ¿Sabes con quién se fugó mi mamá? -preguntó Vincent como una frase de flipper. Me quedé lívido, dejé que la bola se fuera y lo miré.

– Con Lucas -agregó.

Solté los botones.

– Pero Lucas… tenía nuestra edad -murmuré, mirando el Game Over en mi pantalla de Jurassic Park-.

Vincent asintió, y musitó: -Ella 45, él 23.

– De Lucas nunca más se supo -alzó la voz. Yo era el único cliente.

– Vení -me dijo. Lo seguí hasta el fondo del local. Desenchufado y mustio, Idi Amin Dadá no obstante nos escrutaba, con sus medallas y su sonrisa caníbal.

– Lo último que supe de mi viejo, fue este flipper que me mandó en un camión de mudanzas. Lo enchufé, pero no prende. Algo me dice que no trate de arreglarlo, que mejor no abrirlo. Vos sabes que los negocios de mi viejo…

Nos dimos la mano y me llevó en un auto desvencijado hasta la terminal. En el micro daban una película de los años ’80, pero cerré los ojos y, contra mi voluntad, pensé en aquel flipper tildado para siempre. Por primera vez, su forma se me antojó la de un ataúd.

WD

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