La nueva historia de Marcelo Birmajer: La ventana



En el homenaje fúnebre al gran diseñador de interiores, Wilfredo Cozap, su viuda, Inés Larroca, lloraba desconsoladamente. Luego de treinta años de matrimonio, ambos aún en la mediana edad, el marido había muerto de un infarto fulminante, sin llegar a concretar el rediseño del hogar planificado en conjunto. Cuando subió al estrado para pronunciar la elegía, Inés debió beber dos veces del mismo vaso de agua antes de la primera palabra. Se refirió al amor que los había unido durante toda su vida adulta, y a que Wilfredo había muerto sin revelarle el sitio de colocación de una ventana soñada a dúo. Esa ventana, dijo Inés, la instalarían juntos donde quiera que se encontraran, del otro lado del tiempo. La concurrencia acompañó el final del responso con un cálido aplauso y lágrimas. Mientras los presentes se disgregaban, un señor de algo más de cuarenta años se acercó a la viuda.

– Mis respetos -musitó, y agregó-: No he podido dejar de prestar atención a su referencia a la ventana planificada por ambos. Perdón, no me presenté, soy Anselmo…

– Sí, Anselmo Sácari -lo interrumpió Inés-. Sé perfectamente quién es usted.

Era un antropólogo multipremiado y best seller de moda. Había vuelto a poner sobre la palestra que el hombre descendía del mono. Por algún motivo, esta reinstalación del gran activo de Darwin lo había posicionado como un divulgador relevante. También aseveraba que las marcas comerciales no eran entidades en sí, sino construcciones de nuestra imaginación. Esta difusa proposición, mezcla de obviedad y falsedad, aparentemente lo catapultaba como una luminaria del pensamiento. Pero ahora le compartió a Inés un descubrimiento realmente sobrecogedor:

– Estimada Inés, espero que no me considere un charlatán si le comento que, junto con un equipo multidisciplinario, soy capaz de extraer del cerebro de su fallecido esposo el detalle de dónde hubiera instalado la ventana.

Inés replicó con un gesto de amable desconfianza.

– Por supuesto -dijo Sácari interpretando la mirada de la viuda-, no pretendo cobrarle un solo peso. Me alcanzará con que acepte permitirnos realizar el experimento. Lamentablemente, incluye la exhumación, con lo penoso que esto puede ser.

– En este momento me encuentro tan agobiada que no puedo ni pensarlo -suspiró Inés-. ¿Por qué no me llama a inicios de la próxima semana, directamente a mi oficina?

Anselmo Sácari cumplió con el pedido de la viuda. En una conversación telefónica, la ilustró sobre la posible intervención: exhumarían el cadáver, realizarían una trepanación craneana y, de un sector del cerebro hasta entonces inexplorado, extraerían los últimos pensamientos de Wilfredo relacionados con su profesión, previos a su fallecimiento. Si efectivamente ése había sido el último intercambio entre los esposos antes del infarto, el dato debía encontrarse aún allí, según los recientes descubrimientos de Sácari y su equipo. La operación se llevaría a cabo de manera gratuita y totalmente confidencial, si la viuda los autorizaba con un permiso legal. Inés caviló durante 24 horas, y al día siguiente dio su aprobación.

La exhumación la ejecutó el equipo, ahorrándole la presencia a Inés. La viuda sí concurrió al laboratorio multidisciplinario donde, con el cerebro de Wilfredo instalado en el artefacto correspondiente, podían visualizar, en una enorme pantalla digital de calidad superior, como signos ininteligibles primero, y progresivamente como palabras en inglés, los últimos pensamientos profesionales del gran diseñador de interiores.

Hubo dos o tres balances de trabajos externos; y finalmente, como si el mismo Wilfredo lo estuviera escribiendo, la decisión, ahora post mortem, sobre la ventana: la instalarían en el living, y les permitiría ver el jardín. El equipo multidisciplinario celebró el éxito. Si bien la ocasión era solemne, en el sentido de que se trataba de un ser humano recientemente fallecido y en presencia de su viuda, el avance era de tal magnitud para la humanidad que hubo quien no pudo reprimir la idea de desempolvar una botella de champaña, y por último prorrumpieron en gritos de triunfo. Sácari se acercó a la viuda con la mano extendida.

– Señora… -y luego relajó él tono-. Inés, comprendo que para usted la pérdida de Wilfredo esté por encima de todo. Pero de algún modo, su fallecimiento ha sido el puntapié inicial para un cambio de paradigma incalculable en la historia humana. Usted y Wilfredo son los protagonistas.

Pero el rostro de Inés no revelaba satisfacción, ni sorpresa, ni siquiera esa esperable melancolía, indefinible, que asaltaría a una viuda frente al último mensaje de su marido muerto. Su expresión solo graficaba una suerte de fastidio. Sácari, un hombre soltero, no alcanzaba a determinar de qué se trataba ese sentimiento. Permaneció prudentemente en silencio, y retiró sutilmente su mano.

– Le dije mil veces que yo prefería la ventana en la cocina -confesó por fin Inés.

Sácari la observó perplejo.

– En la cocina – insistió Inés-. ¿Podés creer que este infeliz se muere pensando en ponerla en el living? ¡Mil veces se lo dije! No me escuchaba nunca. Ni muerto.

– Comprendo -mintió Sácari, intentando contener el daño-. En cualquier caso, intentamos dar a conocer la noticia mañana por la mañana. Primero a los medios nacionales, y luego al mundo. Nos gustaría que nos acompañe en el estrado…

– ¡Ni ebria ni dormida! – alzó la voz Inés-. ¿Y que el resto del planeta me considere una arpía por no colocar la ventana según la última voluntad del difunto? Antes me muero yo. Les prohíbo terminantemente difundir la noticia. Voy a poner la ventana en la cocina. Y ustedes, manga de…

– No hace falta que perdamos la compostura…- murmuró Sácari.

– Hace falta, hace falta -siseó Inés-. Mándense a mudar antes de que inicie un demanda legal y los meta a todos presos por jugar con los cadáveres.

Con humildad, y especialmente con pulcritud, Sácari comenzó a dar a su equipo multidisciplinario la orden de desmontar las instalaciones, juiciosa y calladamente.

– No se preocupe, señora -cerró el diferendo-. De esto, ni una palabra a nadie.

WD

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