La nueva historia de Marcelo Birmajer: La promesa (segunda parte)



Resumen de la primera parte: En el alba electoral del 3 de noviembre, Peter, un actor norteamericano de 56 años, convencido de las encuestas favorables a Biden, publica en sus redes sociales: si gana Trump, se retirará para siempre de los escenarios. Pero esa misma noche, los guarismos son inciertos. Sus productores y contratistas, ateniéndose a su promesa, cancelan sus funciones; su representante lo defenestra y su joven novia lo abandona.

Una idea súbita como la muerte, en la que había pensado hacía un instante, asaltó su imaginación: ¿y si fingía una enfermedad terminal? “Es cierto”, escribiría en sus redes, “amenacé con retirarme. Pero padezco del síndrome de…”. No, era demasiado: sus seguidores comenzarían a enviarle donaciones y el fraude saldría a la luz. Terminaría preso. Pero… !tenía cuatro hijos y dos ex esposas que mantener!

Ya sólo con la cancelación de la participación en Luciérnagas se le dificultaba el cumplimiento de la pensión de su ex esposa vietnamita. ¿Por qué Biden no había ganado esa misma noche? ¡Era un looser: se le notaba en la cara! ¿Y si fingía covid? Ese podía ser el batacazo: toda su cofradía le echaba a Trump la culpa del covid. De modo que si caía enfermo de covid, deberían excusarlo de su promesa, reintegrarle su cameo en el musical, y su gira. Pero la verdad era que nadie se compadecía de los covid leve: el propio Trump lo había padecido y había salido completamente indemne. No podía fingir los síntomas: no era tan buen actor. Ninguno de sus amigos había enfermado gravemente de covid.

No podía entender esa enfermedad: aparentemente, se había iniciado en China, pero los chinos ya no hablaban del tema. En Nigeria, uno de los países más poblados de la Tierra, había menos gente con covid que en Suecia, con un cuarto de su población, en donde ya de por sí no había casi nadie con covid. No, no podía apelar al covid para levantar la losa de ese maldito tweet. En lo sucesivo, incluiría en el contrato con su agente -si era que Tomy aún lo representaba- la obligación de que supervisara su intervención en la redes.

Mucho antes de la aparición de la comunicación virtual, en sus flamantes 25 años, Peter había cometido el error garrafal de apoyar a Fidel Castro justo unos días antes de que apareciera el chanchullo del narcotráfico con los mellizos de la Guardia y el general Ochoa. ¿Precisamente la semana en que se difundió su elogio en una cadena latina, al dictador se le antojaba fusilar a los propios? ¡Pena de muerte! Estos latinos no eran confiables: por suerte no había firmado el manifiesto en defensa de Chávez. ¿O Sean Penn directamente no lo había llamado? Pero su anuncio de retiro ya le estaba costando más que los ahorros para su casa, de verdadero retiro, en Boca Ratón. Para colmo, las elecciones no se resolvían. Si ganaba Biden, ya podría anunciarse en nuevas salas, o lanzarse por streaming, dejando atrás su idiotez como agua pasada. Y si reelegía, muy improbablemente, Trump, decidir una nueva estrategia. ¿Aplicaría en este caso el seguro de desempleo por accidente? Representaba cerca de un millón de dólares. Era un accidente, no cerebro vascular, sino solo cerebral: le había funcionado momentáneamente mal. Sonó el celular:

– ¿Mr Peter Pan?

– Sí -musitó, sin saber a qué atenerse.

– ¿Consideraría la propuesta de transgredir su promesa y regresar a las tablas a cambio de un millón de dólares?

¿Era un milagro? ¿Dios lo había escuchado?

– No es algo que pueda responder así, de sopetón -murmuró.

Escuchó una risotada del otro lado, y cortaron. No, no era un milagro: era una broma.

¿Podía decir que había dictado su tweet drogado: confesar una adicción al opio y pedir ayuda para la recuperación? ¿Pero qué clase de droga provocaría en un ser humano semejante imbecilidad?. En la noche del viernes hizo de tripas corazón y llamó al primer pub de la costa Oeste en el que le habían cancelado el unipersonal. Argumentó que el triunfo de Biden era prácticamente un hecho, y nadie tenía por qué haberse enterado de la cancelación previa. ¿Podían por favor volver todo a foja cero y reponer su show?. Mack, el dueño, le explicó que ya había otorgado la fecha: actuaría la standapera Mary Joe. ¿Mary Joe Kent?, preguntó incrédulo Peter. Mack se lo confirmó. Su novia, su ex novia, en rigor, le había soplado la función. En menos de 24 horas, ocupó su marquesina. La llamó desconcertado. Atendió su representante.

– Perdón, Tomy -carraspeó Peter-. Se me escapó la llamada. Quería llamar a otra persona.

– No hay problema -resopló Tomy, y cortó-.

Confundido, Peter confirmó que había tecleado bien el numero de Mary Joe, y pulsó redial. Pero una vez más atendió su representante Tomy.

– Ahora sí no tengo dudas de que he marcado el número de Mary Joe -declaró Peter.

– Es cierto -aceptó Tomy.

– ¿Y por qué entonces atiendes tú?

– Mary Joe está ocupada chequeando las locaciones de su primera actuación en la gira de la costa Oeste, Peter. Me ha pedido que atienda yo sus llamadas: como le dijo Ernesto Cardenal a Dios cuando murió Marilyn.

Pocos minutos después de pasado el mediodía del sábado, finalmente Biden se adjudicó la victoria. Los amigos llamaron a Peter para salir a festejar. Pero realmente no estaba de ánimo. La burla telefónica en la que le proponían abjurar de su promesa a cambio de un millón de dólares, y su dubitativa respuesta, se había grabado y viralizado. Repentinamente se sintió un mártir: quizás con su ridículo, había contribuido a una victoria de la que no disfrutaría las mieles. Era un buen plot para ofrecer una suerte de drama shakesperiano en su propia casa: con un servicio de catering, y los espectadores distribuidos entre el living y el jardín. Ni siquiera debía pensar en el retiro.

WD

Mirá también Mirá también

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA



Fuente >>

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *