La nueva historia de Marcelo Birmajer: La mujer del futuro

El chofer de un auto particular me estaba transportando a dar una conferencia en una Comunidad Israelita de zona Oeste, cuando nos detuvo un piquete particularmente violento. Era plena crisis del 2001. Debíamos comenzar la actividad dentro de media hora, y todo parecía indicar que nos consideraríamos afortunados si simplemente podíamos llegar, a la hora que fuera.

– Si yo le digo a quien tuve en ese mismo asiento -me habló por primera vez en el viaje-, usted se muere muerto. Me acuerdo porque también quedamos varados, rumbo a un encuentro institucional.

No me gustó su referencia a la muerte, particularmente en aquellas circunstancias. Pero pudo más mi curiosidad. De hecho, la curiosidad en mi experiencia siempre ha sido una mediadora entre la vida y la muerte: generadora de motivación y riesgo por partes iguales.

Golda Meir -me reveló el septuagenario conductor-. Yo fui el chofer de Golda Meir en Buenos Aires.

Hizo una pausa y agregó: – Ya han pasado 50 años -otra pausa-.  Exactamente 50 años.

Efectivamente, Meir había visitado el país en 1951, se había reunido con Perón y Evita, y compartido encuentros con diversas instituciones judeo argentinas. Por entonces era Ministra de Trabajo de Israel. Llegaría a ser Primera Ministra en 1969.

– Yo no me encargué de llevarla a la Rosada. Pero sí del recorrido interno por Capital y Gran Buenos Aires. En esa época yo estaba casado, con mi primera esposa: Lara. ¿Le interesa?

Asentí, y me vio por el espejo retrovisor central.

– Con Golda hablamos muy poco, pero en idish.

“Yo sabía el idish por mis padres, y tenía entendido que a los funcionarios israelíes no les resultaba especialmente simpático: preferían el hebreo”.

“Israel apenas tenía 3 años. Pero yo le garantizo que todos los diálogos que tuve con Golda fueron en idish. De hecho, Lara no lo hablaba. Mucho menos el hebreo. Con Golda podía practicarlo y era muy receptiva. Pero se dio cuenta de que algo andaba mal en mi casa, era muy intuitiva”.

Apenas el chofer elogió la intuición de Golda, recordé ese párrafo de su autobiografía en que evocaba su incertidumbre personal respecto de qué hacer al recibir los primeros informes de un posible ataque de Egipto y Siria en 1973, en lo que sería la guerra de Iom Kippur.

Se reprocharía a sí misma el resto de su vida por no haber tomado la decisión correcta. También renunciaría a la Primera Magistratura. Pero preferí no referirle nada de todo esto a mi interlocutor, y dejarlo seguir narrando su historia.

– Lara se consideraba a sí misma “la mujer del futuro”. Ya había por entonces novelas de ciencia ficción; imagine: el hombre no había llegado aún a la Luna.

Paradójicamente, el futuro parecía aún más portentoso de lo que realmente sería un par de décadas después. Pero la noción de futuro de Lara no tenía que ver con la tecnología, mucho menos con viajes espaciales. Ella era lo que después se llamó “una feminista”. No quería hacer la cama ni lavar los platos. 

Por entonces, eso era una diferencia absoluta respecto del resto de las esposas de nuestros conocidos. Yo no me atrevía a compartirlo con mis amigos. Pero la amaba, la amaba profundamente: su mirada enigmática y su cuerpo espigado. Siempre me enloqueció de deseo esa mujer. Y si el precio por ese regalo semanal era que no lavara los platos ni hiciera la cama, bien estaba dispuesto a pagarlo.

Aunque yo no sabía, ni nunca aprendí, lavar los platos ni hacer la cama. Los platos estaban siempre sucios, y la cama desecha. Así vivíamos: y no invitábamos a nadie a casa, porque nos daba vergüenza. Lara decía que un día a nadie se le ocurriría que una mujer fuera ama de casa.

Tampoco es que tuviera una vocación, o un anhelo explícito de ningún tipo. Le gustaba la jardinería, pero no teníamos jardín. Prácticamente su rebeldía era negarse a realizar aquellas tareas que parecían predeterminadas. Repito: yo la quería en casa. Nunca lo dudé.

– Pero entonces… ¿cuál era el problema? -me escuché preguntar.

– La convivencia se volvía tosca con los platos sucios y la cama deshecha. Tampoco podíamos contratar personal doméstico, porque Lara se oponía. También era socialista. Hay que reconocer que nuestros recursos económicos eran terriblemente limitados.

Ambos nos sentíamos mal, y no le encontrábamos solución. Golda me preguntó por qué no emigrábamos a Israel. Le dije que yo quería, pero mi esposa no: aunque Lara admiraba mucho a Golda, como una mujer que había llegado lejos, ella misma no se imaginaba lejos de Buenos Aires.

Otra paradoja: porque su interés por la jardinería le hubiera venido bien en un kibutz. Pero yo nunca la terminé de entender, y era ese enigma de su mirada, ese cuerpo en la oscuridad, apenas iluminado por la luz que entraba por la ventana, lo que me mantenía atado a ella.

– ¿Cuánto duró? -pregunté.

– No nos apresuremos -respondió el chofer, en lo que pareció un chiste de humor negro, porque el piquete y el tránsito nos mantenían inmóviles.

Miré a mi alrededor: el verano parecía de otro país. Los pocos árboles al costado de la ruta tenían sus copas verdes y frondosas. Argentina quería sobrevivir, pese a todo. El calor era abrumador, y yo temía que dejara de funcionar el aire acondicionado de aquella catramina.

“En un trayecto a un club judío en San Miguel, estábamos a media cuadra de casa y el auto se quedó. Golda lo tomó con calma. Yo me desesperé. No había teléfonos a la vista. Yo tampoco tenía teléfono en casa. Si bien Golda aún no había atravesado su hora mayor, ni tampoco la peor, aquel percance no estaba a la altura de su odisea.

Había escapado de Kiev, Ucrania, siendo una niña. Y viajado de los Estados Unidos al desierto y los pantanos que rodeaban Jerusalem, para convertirlos en un jardín, en 1921. No la iba a asustar un auto con el motor apagado. Pero necesitaba ir al baño.

Bajamos, fuimos a casa, y allí estaba Lara, muy sorprendida, nuestra cama deshecha y la pileta repleta de vajilla sucia. Pero claro, Lara solo podía dejar sus ojos clavados en Golda. No lo podía creer.

Le preparamos un té mientras pasaba al baño, hablamos en idish cuando salió, y apenas si farfulló unas palabras en un incomprensible español con Lara, que tampoco hablaba inglés. Gracias al teléfono de un vecino, pasarían a buscarla en aproximadamente una hora.

Inesperadamente, terminado el té, Golda se puso de pie y comenzó a lavar los platos. Muchos años después, yo supe que Golda, frente a momentos de crisis, frotaba una y otra vez una vieja pava rusa de su abuela, que había perdurado con ella hasta Jerusalem. Pero en mi casa lavó los platos. Todos los platos. Por primera vez, la bacha estaba vacía y la cocina reluciente”.

El piquete no remitía y un humo negro, de neumáticos quemados, comenzó a resultar inquietante, incluso con las ventanillas cerradas. Fatalmente se acalló el aire acondicionado.

– ¿Si vamos caminando? -me propuso el chofer-. Serán 45 minutos.

– Vamos -acepté-.

– Cuando Golda regresó a Israel, un par de días después, me fui de la casa que compartía con Lara para nunca más volver.

– ¿Usted también a Israel?

– No. Mis hijos viven allá -me aclaró bajo un sol inclemente, como el del Medio Oriente bajo el imperio otomano-. Pero esa es historia para un día que funcione el auto.

WD

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