La nueva historia de Marcelo Birmajer: La dieta

Tras 45 años de mutua ausencia, me reencontré con mi ex compañero Ragonero, de casualidad, dos veces en menos de un mes. Cuando descubrí que de una ocasión a otra había adelgazado notoriamente -siete kilos, me confirmó-, le pregunté si acaso había pegado el virus Kore en la cepa Pachamama.

– Lo desconozco -respondió-.

– Sus síntomas son una inmediata lozanía, rejuvenecimiento y mayor movilidad de las articulaciones, además de un saludable adelgazamiento.

– ¿Y cuáles son sus desventajas? -inquirió Ragonero.

– Que luego volvés a la normalidad y te deprimís profundamente -completé-.

– Pues no, no sólo no creo haber contraído ese virus, sino que implementé una dieta que ha resultado asombrosamente exitosa.

Repasé mi busarda con envidia y reclamé a Ragonero ese prodigio.

– Es la dieta Omnomérica. Podés comer de todo: pochoclo, algodón de azúcar, manzana acaramelada.

– Pienso en una manzana acaramelada y me duelen los dientes -confesé-. ¿Pero cómo podés adelgazar comiéndote un carrito de plaza? Yo almuerzo, ceno y meriendo apio, y aún así engordo.

– Tenés que probar mi dieta Omnomérica: también podés comer garrapiñada, lupines, pirulines. Pero eso no es todo: féculas, harinas grasas, tomate perita. Lo importante de esta dieta es sentirse hastiado. Cuando ya no podés comer más, se inicia un proceso de adelgazamiento que dura hasta tu muerte.

– ¿Que se produce en cuánto tiempo?

– Tiempo indeterminado: según la longevidad de cada uno. Un tío de parte de primo, siguiendo esta dieta, murió a los 93 años con la silueta de Iggy Pop.

– No sé -dudé-. Mi experiencia me recuerda el título de Pavese: Trabajar cansa. En mi caso, vivir engorda.

– Probala, qué podés perder. Ya tenés una panza patética.

– Es cierto -asumí-. Hoy me clavo mi menú de apio y mañana arranco con la Omnomérica: que sea lo que Dios quiera.

Ragonero se marchó contento como un misionero que hubiera sumado un acólito. Pero yo me quedé rememorando un episodio de la antigua y poco conocida historieta Las aventuras del gordo Porcel. En el episodio de marras, Porcel era inducido a practicar una dieta exótica; podía comer de todo: nueces con miel, ravioles, lechón. No extrañamente engordaba aún más.

En algún momento de la trama se revelaba que la dieta no era más que el designio de un científico loco para bombardear el mundo con gordos, arrojándolos desde un helicóptero o avión, ya no lo recuerdo. Supongo que el objetivo final era la conquista del planeta. Alertado, Porcel desfacía el entuerto.

Era una idea graciosamente absurda y la recordé risueñamente por el resto de mi vida. Por esos años las historietas se multiplicaban y coexistían en los kioskos; sin mencionar los clásicos –Capicúa, Afanancio, Lupín– ,había ejemplares de Carlitos Balá, de Piluso, de Minguito Tinguitela, de aparición semanal o quincenal.

Un kiosko de revistas era una cantera de piedras filosofales. Yo las leí todas, no exagero: desde Las diabluras de Jaimito hasta la selección de fútbol de animales anticipando el Mundial 1978, Gatín (referida a Gatti, que finalmente no fue el arquero del ’78).

¿Quién habría sido el guionista de aquel particular episodio de Las aventuras de El gordo Porcel? El editor de la revista, ¿le habría cuestionado su ocurrencia?

Ahora simplemente me llegaba, desde las brumas del tiempo, una dieta muy similar a la de su inspiración. Decidí practicarla moderadamente: si me encontraba un carrito de pochoclo, probaría con higos acaramelados. Ragonero me mandó un whatsapp posterior aconsejando agregar 10 minutos de ejercicio diarios: hacer la vertical. Lo cambié por cuarenta minutos de caminata.

En los días siguientes me entusiasmé cada vez más con la dieta Omnomérica. No me crucé con ningún carrito del centrifugador para hacer algodón de nieve, pero me estoqueé por Mercado Libre: garrapiñada, chuenga, maní japonés y manzana acaramelada (no había higos). Pronto pesaba veinte kilos más que desde mi encuentro con Ragone, apenas en dos semanas.

Una de las comprobaciones más difíciles de asimilar era que en cada caminata de cuarenta minutos engordaba un par de gramos. Pero si no caminaba, también engordaba. Recurrí a diversos ejercicios: pasamanos, cajón y colchoneta, patear una medicine ball. Nada funcionaba. No podía dejar de pensar en aquella historieta del gordo Porcel, esencialmente en quién habría sido el guionista.

Como parte de mis ejercicios -que ya podían llamarse de engordamiento-, enfilé mis pasos hacia Parque Rivadavia.

La antigua rotonda aún guardaba tesoros de mi infancia, como un kiosko de revistas imperecedero. Por la avenida más larga del mundo, caminando inmerso en mis recuerdos, cavilé acerca de que la modalidad virtual había reemplazado funcionalmente muchas de mis lecturas en papel, pero no las historietas: solo podía leerlas en su versión analógica.

Y precisamente allí estaba, como aguardándome, el formato vertical de Las aventuras del Gordo Porcel -que yo erróneamente evocaba apaisada- debajo de una Locuras de Isidoro, apenas detrás de un pilón interminable de Hijitus.

Le pregunté al anciano vendedor, probablemente aún más remoto en el tiempo que la rotonda, cuya cara me resultó inesperadamente familiar, si él sabía quién había sido el guionista de Las aventuras del gordo Porcel, o al menos del episodio de las bombas humanas. Creo que la vanidad lo vendió – como a casi todos nosotros-:

– Un tal Ragón -musitó-.

No acababa de revelarme este inquietante detalle, cuando percibí que estaba siendo seguido (afortunadamente, en una de las Lupín de los años ’70, había tomado por correspondencia el curso para detectives). ¿Quién sino Ragonero y dos secuaces, también de mi colegio primario?

Los ojos del vendedor de la rotonda se iluminaron con una malicia vil. Las aspas de un helicóptero rajaron el cielo. Corrí como pude (no mucho, dado mi sobrepeso). ¡Me usarían para conquistar el mundo! No obstante, en la persecución, ambos fingimos que no había rivalidad entre nosotros, y agitado le cuestioné:

– Ragonero, la dieta Omnomérica no me hizo adelgazar ni un gramo. Por el contrario…

– ¡No es Omnomérica!- farfulló Ragonero-. Es sin acento: Omnomerica. Entendiste mal.

La persecución continuó su curso, con pésimas perspectivas por mi parte.

Bajé las escaleras hacia la estación de subte Acoyte y un agente del orden me detuvo por no portar barbijo. Cuán poco sabía, este noble servidor, que al apercibirme había salvado a la Tierra de una amenaza imprevisible. Señalé a mis perseguidores. Una vez expuestos, ya no lo volverían a intentar: igual que en la historieta, era un plan que requería de un absoluto secreto.

Regresé al apio, no sin cierto desencanto. Cuando menos lo esperaba, la vida me había permitido vivir una de las aventuras de mis personajes pretéritos. Continué engordando, pero ya sin el temor de alzar los ojos al cielo y encontrar un medio de locomoción dispuesto a utilizarme como arma para dominar a la humanidad.

WD

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