La nueva historia de Marcelo Birmajer: En un crucero

Casi por descarte me habían encomendado cubrir aquel viaje en crucero. Era una nota promocional, y la mayoría de los redactores relevantes del diario se hallaban de vacaciones. El jefe de redacción no encontraba una ocupación específica relativa a mis habilidades, y yo tampoco. Cuando me preguntaba quién me había contratado y para qué, yo me alzaba de hombros.

Había pasado por cultura, por la sección de historietas, pronósticos del tiempo, horóscopo, cotización del dólar y horarios de vuelos. También por Política e incluso Finanzas.

Pero cuando durante una mínima participación en Internacionales me atreví a burlarme del sub comediante Marcos -auto percibido Sub comandante Marcos-, el payaso guerrillero mexicano (de hecho, usaba la máscara de los luchadores del catch azteca, como El Santo), me relegaron a un escritorio remoto e inútil.

Ahora me hacían zarpar hacia algún tipo de utilidad: el diario de izquierda estaba relacionado con un banco, que a la vez emitía una tarjeta de crédito, con su respectiva revista para un target de alto consumo. Probablemente yo fuera el único de aquella redacción que no llamaría despectivamente “la alta burguesía” a sus compañeros de viaje (en el sentido literal del término).

Me dieron dinero para jugar en el casino de a bordo. Pero yo desconocía el Póker, el Bakarat, el Black Jack, y el resto de los juegos de azar. Ni en la ruleta tenía experiencia. La casita robada, el único juego de cartas en el que podía fungir como participante con cierto decoro, no formaba parte de los divertimentos.

Pasaba los días en cubierta, mirando el mar. Pronto comencé a aburrirme. La gastronomía era prosaica y adocenada. Había llevado varios libros, pero no podía concentrarme. Las películas nocturnas eran bastante malas. Una noche me quedé totalmente solo, en cubierta, mientras el resto de los pasajeros aprovechaba alguna de las múltiples atracciones del trasatlántico.

Además de las luces del generador, la noche era estrellada y el mar la espejaba. Repentinamente apareció junto a la baranda un hombre de unos setenta años, parecido a De Gaulle, a quien yo había divisado durante el día, las anteriores jornadas. Tiró a las olas una suerte de red atada a un palo.

– Se supone que acá en el Caribe debería poder pescar una langosta -me dijo-. Ya apalabré a un auxiliar de cocina que me permitirá asarla a la plancha. No aguanto más el menú.

– Me pasa lo mismo. Pero no sé pescar -reconocí.

– ¿Y usted por qué está tan solo, tan joven? -me preguntó.

– Vine a escribir una nota -expliqué.

– Eso no es excusa -respondió, con razón.

– Es que no se trata solo de mi nota sobre este crucero. En rigor, vine al mundo para escribir un reporte, pero todavía no sé para quién.

– ¡Mon dieu! -gritó el hombre, pero no por mi humorada.

Había pescado una langosta.

No sé dónde la cocinó, pero me invitó a compartirla en una esquina, bajo una sombrilla, en el sector que durante las mañanas se usaba de solárium.

Ese crustáceo me supo a gloria, lo regamos con whisky single malt. Fue la primera, y creo que la única, vez que acompañé una cena con whisky. Yo lo había visto jugar al bridge, junto a su esposa, fuera del casino flotante, contra otra pareja, y ganar esa botella.

– La soledad es una adicción sin placer -reflexionó.

Permanecí en silencio.

– Este es el segundo crucero que hago en mi vida -detalló-. El primero, fue un viaje de divorcio. Tras 10 años de casados, con mi esposa decidimos que no éramos el uno para el otro. No teníamos hijos y los dos estábamos en buena posición económica: ambos abogados.

Primero habíamos creído que nuestra dificultad para procrear había sido uno de los motivos de la crisis matrimonial, pero a nuestro alrededor varias parejas con hijos fracasaron también. Sencillamente no nos queríamos. O yo la quería más que ella a mí.

Ya habíamos planificado aquel crucero antes de decidir divorciarnos; y cuando llegó el momento, preferimos hacer el viaje juntos y divorciarnos al regresar. Hubiéramos pensado que ese último viaje como matrimonio sería naturalmente agradable, despojados de la responsabilidad de salvar una relación en ruinas. Pero no ocurrió: nos peleamos durante buena parte de la travesía; nos celamos y maltratamos.

Queríamos terminar cuanto antes con todo aquello. Nos bajamos del crucero, con un marino pagado ex profeso, en una chalupa: llegaríamos al primer puerto, en Santo Domingo, y cada cuál por su lado. En avión a Buenos Aires y el divorcio.

Permanecí expectante, raspando con el tenedor los últimos restos de langosta. Bebí un trago de single malt.

– Pero la chalupa naufragó -declaró De Gaulle, con su acento francés, en perfecto español.

Tosí, medio atragantado por haber apurado el trago.

– El marino, respecto al cual yo había celado a mi esposa apenas lo contratamos, desapareció en el mar. Mi esposa y yo quedamos varados en una isla, solos. El uno con el otro, en realidad. 25 años. Nos la tuvimos que arreglar como pudimos.

Aprendimos a llevarnos, a sobrevivir el uno con el otro, el uno del otro, y cada uno de sí mismo. Sobrevivir a ella y sobrevivir a mí mismo, y viceversa. Tuvimos dos hijos.

– ¿Es la misma señora que vi en cubierta? -pregunté.

De Gaulle asintió.

– Esa sí es una historia para contar -exclamé.

De Gaulle articuló un gesto inexpresivo, con su solemnidad habitual, apenas interrumpida por la ingesta de langosta. Aunque sus ojos parecían haber adquirido una melancolía inusual, por la casi media botella que habíamos liquidado.

– No le agregué el inciso -comentó-.

No tuve más remedio que dejar menos de media botella.

– Tiene que prometer que no revelará esta historia hasta que hayan pasado otros 25 años -me conminó.

– Lo más probable es que crean que la inventé -intenté tranquilizarlo-. Pero de todos modos, cuente conmigo.

-El marino -reveló De Gaulle- reapareció.

– Mon dieu -lo imité-. ¿Cuándo, dónde?

– En la misma isla -me informó De Gaulle-, 15 años después del naufragio. Es decir: a los 15 años de estar solos en la isla, apareció.

Mi silencio fue tan intenso que creo que llegamos a escuchar el sonido de algunos peces bajo el mar.

– Es la pareja con la que jugamos al bridge -aclaró De Gaulle.

– Finalmente permanecieron juntos -dije al boleo.

– Este es nuestro último viaje -me desmintió de algún modo De Gaulle-. Si Dios quiere, ni bien pisemos tierra firme nos divorciaremos.

WD

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