La nueva historia de Marcelo Birmajer: El Oso indiscreto



Hace ya muchos años en cierta librería de saldos compré un libro chino para niños, traducido al español, titulado: El pequeño oso reconoce sus errores. Me impulsaba la ilusión de que fuera una historia editada durante la Revolución Cultural maoísta de los años ‘60, y que se tratara de una versión infantil de la así llamada “autocrítica” del comunismo del Reino Medio: una suerte de autoflagelación intelectual, delante de miles de testigos hostiles, que en muchos casos había llevado a sus víctimas al suicidio.

Las autocríticas generalmente seguían un mismo guión: un profesor, un comerciante, un funcionario, reconocían su pasado burgués, y pedían perdón al pueblo chino y a Mao por una vida de errores; acto seguido, sino se suicidaban, o no eran golpeados o arrojados por una ventana, se los condenaba a trabajos forzados en alguna de las zonas más ingratas del país. Seguro existieron panfletos para niños con estas coordenadas. Pero Mi pequeño oso… no era uno de ellos: al abrirlo, hace un par de semanas, descubrí que se había publicado en 1988; es decir, veinte años después de la Revolución Cultural, doce años después de la muerte de Mao y diez años después de comenzadas las reformas de Deng Xiao Ping. No era más que otro libro para niños. Quizás, de una manera que ya no alcanzaba a descifrar, incluso anti maoísta.

¿Por qué tarde tanto en abrirlo? Muchos de los libros que compro los considero como vinos: dejo macerar hasta que llegue el momento. ¿Por qué lo compré originalmente? Porque me interesan las historias de la locura criminal de los maoístas, entre otras tantas similares del siglo XX, como las de Pol Pot, Trotsky o Stalin. Ese sofisticado cruce entre los intelectuales de buena conciencia y los peores asesinos y represores de nuestra era. Pero la historia que tramé a partir de su lectura ocurría en un lejano reino asiático, en un tiempo sin numerar. Un emperador logra someter a los cientos de millones de habitantes del extenso territorio. Hablan diversos idiomas, y el amarillo de la piel y el sesgo de sus ojos varía según las regiones: pero el Emperador se ha impuesto por la fuerza de las armas y ahora es el dueño de las almas de sus súbditos.

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Durante la sangrienta batalla previa a la toma del poder, distintos individuos han hecho saber que no convalidaban un futuro régimen del Emperador. Al triunfar, el Emperador los hace colgar a todos: ata cada uno de los cuellos de los disidentes a un globo aerostático, de modo que al elevarse lo ahogue, y miles de cadáveres sobrevuelan el reino, como un escarmiento.

Alguno que otro ni siquiera advirtió contra el Emperador, pero no le cantó loas en un volumen lo suficientemente alto: se lo cuelga del cielo, como se llama a ese tipo particular de ejecución. Finalmente, no queda un solo sujeto que no manifieste una obediencia ciega al Emperador.

La mayoría de los niños del reino, desde hace siglos, leen los cuentos de un mismo personaje: El Oso indiscreto. Y su autor, el Escritor, ha sido asesinado por el Emperador, colgado de un globo aerostático. El Oso indiscreto, en cada una de sus historias, similares a fábulas pero con un tono muy distinto al de Esopo o Lafontaine, revela errores de ciertos animales del bosque o de la selva; en todos los casos, por algún motivo, más fuertes o poderosos que los otros integrantes de la trama. A menudo el Oso corre peligro por revelar los vicios de los predadores. Pero siempre termina salvándose, aunque no necesariamente en buena posición.

Por más que el Emperador ha logrado una calma inaudita en sus interminables dominios, los niños les requieren a sus padres una nueva historia de El Oso indiscreto: les resulta imposible dormirse. Pero el Emperador no solo mandó matar al Escritor, sino incautar todos los ejemplares de El Oso indiscreto. No queda ni uno en ninguna de las casas de los habitantes del reino.

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El Emperador sí ha conservado una colección completa de las aventuras de El Oso indiscreto para leer por las noches a los tres pequeños hijos que ha concebido con sus tres jóvenes concubinas.

Cuando el llanto de los millones de niños del reino impide dormir a la población, el Emperador toma una determinación: reeditar las aventuras de El Oso indiscreto. Las cientos de aventuras del Oso previamente editadas nunca llevaron firma. Se leían como leyendas populares. Pero para evitar cualquier referencia a un posible autor, la nueva edición será firmada por el Emperador.

La reedición desata un fenómeno inesperado: a la luz de esta nueva lectura, las fábulas parecen críticas del Emperador. En rigor, hay quienes incluso piensan que el Emperador se está autocriticando. En cada casa, al leer las historias a los niños, los adultos, por muy sumisos que sean, no pueden dejar de pensar que esas moralejas son un desafío al Emperador. En cualquier caso, tampoco pueden dejar de leerlas, porque la crueldad del Emperador no les da más miedo que la amenaza de millones de niños llorando al mismo tiempo. Pasan los años, sin que el reino sufra más convulsiones que esta inocua e involuntaria impugnación literaria al poder del Emperador. Sin embargo, cuando el mayor de los tres hijos de las tres concubinas alcanza la edad de los 21 años, educado durante toda su infancia con cientos de historias de El Oso indiscreto, encuentra uno de los ejemplares originales: en una de las páginas, el Oso indiscreto revela que su autor es el Escritor. El Hijo Mayor no recuerda haber leído nunca ese párrafo, ni figura en ninguna de las reediciones posteriores. Pero el remate del Oso indiscreto es inequívoco.

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¡Su padre no es el autor de esas historias, ni son autocríticas! El Hijo Mayor llama a una rebelión, y su padre lo manda matar. Pero el Hijo Mayor logra huir al Gran Monte, y desde allí convoca a facciones militares, a poderosos terratenientes y a imprenteros: se reeditan todas las historias de El Oso indiscreto firmadas por el Escritor. Supongo que el régimen finalmente se desmorona, y que alguien, cien años después, encuentra en una librería de saldos un ejemplar traducido al español de El Oso indiscreto, firmado por el Escritor, en un tiempo y un lugar que le sugieren aún otra vuelta de tuerca.

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WD

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