La nueva historia de Marcelo Birmajer: El inquilino



Nisan por fin había encontrado el departamento que buscaba: en Almagro, cerca de la avenida Corrientes, pero sobre una calle silenciosa, con algunos árboles. Un ambiente, con baño y cocina. El agente inmobiliario, alto, delgado y de rostro anguloso, lo había conminado: no tenés un sueldo fijo, y esa garantía no te la van a tomar en ningún lado. Este departamento tiene una particularidad, por la cual te lo podría dejar a cambio de un depósito de seis meses.

– Dígame -alzó las cejas Nisan.

– Cada tanto, quiero poder usarlo. No más que una vez por bimestre.

– No entiendo -dijo Nisan, entendiendo más de lo que reconocía.

– Si alguna vez llegás, y estoy en el baño; o preparándome un mate, o tirado en la cama: simplemente haces de cuenta que no estoy. Te podés quedar, no hay problema. O irte. No serán más que un par de horas.

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Nisan palideció, y lo miró como esperando otra aclaración.

– ¿Te sirve? -preguntó el individuo.

La convivencia con Larisa había terminado abruptamente, y no tenía dónde caerse muerto. Necesitaba cómo mínimo dos meses de tregua. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Aguantar seis meses una situación insólita. Llevaba 23 años de vida siendo él mismo: podía soportar incluso más. De hecho, estaba sobrellevando aquella semana sin llamar a Larisa. No podía dejar de pensar en ella. Sólo lo preocupaba verdaderamente que aquel ser estrafalario tuviera alguna pretensión sexual. En ese caso, bastaría con rechazarlo. Darle seis meses de depósito podía llegar a ponerlo en problemas si era un loco. Pero, después de todo, el lugar era una inmobiliaria, y el sujeto parecía un empleado. Algún otro agente, o el propio jefe, lo llamarían al orden o aclararían el asunto. Mientras, lo mejor era aceptar aquel departamento.

Los primeros dos meses, logró olvidarlo. Recordaba un lóbulo de la oreja de Larisa: la pequeña hendidura de un aro faltante. Ese relieve o accidente del terreno, como lo subtitulaba en silencio, era una muesca también en su memoria. Quería avanzar en su novela, pero que el personaje no fuera un escritor. ¿Por qué no podía insuflar de vida a arquitectos, físicos, dentistas? Lo máximo a lo que podía llegar era a un profesor de gimnasia, y no le servía para esa trama. Sólo en las noches de insomnio, o cuando despertaba repentinamente en la oscuridad, recordaba la condición del loco: la posibilidad de que de pronto apareciera, en cualquier momento del día o de la noche. Ya había Nisan calculado la estación de servicio 24 hs a la que huiría si lo sorprendía de madrugada.

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Llegó el otoño. Los árboles de Almagro parecían distintos de los del resto de Buenos Aires. Uno de los pocos fenómenos de la naturaleza que Nisan había logrado comprobar era el de la caída de las hojas en otoño. El resto de los acontecimientos, tanto de los elementos como de las personas, le resultaban aleatorios, imprevisibles e inexplicables. Pero las hojas cambiaban de color, y caían, en un mes determinado del año; no sabía bien qué mes, pero se daba cuenta de que era siempre el mismo. En eso se podía confiar. Quizás era lo único en que se podía confiar. Entonces llegó el intruso, quizás el verdadero inquilino, en el peor momento: Nisan salió de bañarse y lo encontró durmiendo en su cama. Nisan se vistió a toda velocidad en la cocina, que endiabladamente no tenía puerta, y salió corriendo a la calle. Anduvo dando vueltas como un perseguido durante cuatro horas, y regresó porque tenía que terminar un folleto de venta de una casa de pianos. También debía escribir la carta de amor de la señora del cuarto, y traducir del inglés el documento del señor Carote. La novela yacía esperando un personaje que no fuera escritor. El inquilino ya no estaba.

Sonó el teléfono: Nisan lo buscó por toda la casa. ¿Cómo podía ser que en esa ratonera no encontrara algo? Pero como si un fantasma le tocara el hombro, recordó que no tenía teléfono. Sonaba como el de la casa de sus padres, de ahí la confusión. Aparentemente venía de otro departamento, que hasta ese día nunca había dejado la ventana abierta. Se tiró en la cama con temor a sentir la reciente presencia del extraño. Pero no ocurrió. De todos modos, solo consideraría exorcizada la cama cuando llegara una visita femenina.

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Los días se sucedieron con mucha menor acechanza: ya había vivido el momento tan temido, y no lo había descuajeringado. Bastaba con salir corriendo, como en la mayoría de las situaciones de la existencia. Huir, escapar, cambiar de lugar. Aunque el ser humano quisiera permanecer, el tiempo y la materia lo trasladaban: el tiempo era la degradación de la materia. En el caso de las mujeres, el embellecimiento. Pero en el de los hombres como Nisan, solo degradación, desde el principio hasta el final. Así que ya le había pasado lo peor que le podía pasar al respecto, cuando encontró el aro. A diferencia del llamado telefónico y, mucho más absurdo, el aro era comprobable y cierto: apareció junto a la bacha de la cocina. ¿Cómo podía haber llegado ahí? Por algún motivo, estaba seguro de que era el aro de Larisa. Pero ella no tenía llave de su recientemente alquilado departamento. Meditó largamente sobre esa incidencia. ¿Quizás el inquilino había traído una mujer, o él mismo usaba un aro?¿Pero cómo había podido pasar tanto tiempo sin divisarlo? Hacía ya por lo menos tres meses del suceso de la invasión de su cama; pronto se cumplirían los seis.

Finalmente tuvo que concurrir a la inmobiliaria a renovar el alquiler. Mientras recorría a pie las treinta cuadras desde el departamento, se preguntaba si renovaría el convenio. Lo más probable era que no. La señora del cuarto le había ofrecido su propio dos ambientes por un año, ya que ella se juntaría con su enamorado en Belgrano. Las cartas habían funcionado, y el dinero era apenas un poco más del que estaba pagando. Mudarse no entrañaría un gran problema; pero no obstante, tampoco era agradable cambiar, y debería advertir a todos los que le enviaban cartas, que no eran pocos. En fin, había cosas peores. Lo recibió el dueño de la inmobiliaria. Decidió renovar con el pago de otros seis meses. El señor Forevanti, luego de recibir el dinero, le preguntó con quién había arreglado en primer lugar.

– No recuerdo el nombre -dijo Nisan, y lo describió.

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Forevanti lo detuvo con una mano: – Por eso le preguntaba -explicó-. Ferrari falleció. No creo que deba importarle, pero me parece que, si somos un poco personas, usted tenía que saberlo.

– Sí, claro -mintió Nisan-. ¿Cuándo?

– Hará cuatro meses -detalló el señor Forevanti-. Quizás cinco.

– ¿Alguna enfermedad en particular? -se escuchó preguntar Nisan.

– Se suicidó -detalló Forevanti-. Y como Nisan lo requiriera con una mirada intensa, el hombre cerró, respondiendo y levantándose, dando por terminado el trámite: – Creo que un problema sentimental.

En el camino de regreso, pisando hojas secas y viéndolas caer, en un Buenos Aires fantasmal y fresco, Nisan se dijo que el misterio del aro sería resuelto por el tiempo, y el del amor no se resolvería nunca. Su personaje sería un agente inmobiliario.

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WD

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