La nueva historia de Marcelo Birmajer: el duelo



Don Cosme me invitó a su campo con la siguiente recomendación: te vas a poder relajar para escribir, mirando las vacas, la llanura y los espejos de agua. Ni mi energía ni mi imaginación dependían de la calma o el paisaje, pero agradecí: galoparía y haría un cordero al asador.

Llegué al mediodía; al atardecer monté, salí del campo y rumbeé para el pueblo. A paso manso caí en la pulpería de Mateo. Até el caballo al palenque, pedí caña y rechacé la torta frita. Mateo me contó el duelo.

En los años ‘60, dos adolescentes se habían marchado desde sus respectivas estancias -casi no pisaban el pueblo- a la Capital Federal. Uno era el hijo de un hermano de Cosme; el otro, de un hermano de Mateo. Tiburcio llamemos a uno, Raco al otro. Como a menudo ocurre con los lugareños cuando se abren al mundo, permanecieron juntos y trabaron amistad. Viajaron a la Sorbona, financiados por sus padres, y regresaron a sus respectivas estancias con sendos títulos, uno algo similar a Sociología, el otro a Ciencias Políticas. El mayo parisino del ‘68 los había soliviantado. Esperaban encontrar, en sus pagos, un ejército de campesinos dispuestos a tomar el poder. Pero para cuando finalmente se habían comprometido con organizaciones políticas existentes, y tenían capacidad de acción, ya era el año ‘74 y solo conocían a un peón: Zenofrio. Luego de la muerte de su padre, Zenofrio trabajaba medio tiempo en la estancia de Tiburcio y otro medio en la estancia de Raco.

El primer plan fue conjunto: secuestrar a Cosme, el tío de Tiburcio, y pedir un rescate millonario. Pero Zenofrio se malició algo y abortaron. La frustración de este plan separó a los amigos: Tiburcio rompió con el comunismo stalinista y se pasó al maoísmo. Raco se mantuvo en un comunismo sincrético que incluía el castrismo, el guevarismo, la Pachamama y el peronismo. Pero de la separación pasaron a la directa rivalidad: quién afiliaría a Zenofrio a su ejército nacional y revolucionario para la guerra popular prolongada, en la que ambos creían.

Aunque no los necesitaba, Tiburcio recibía fondos de sus amigos maoístas de Francia, y a veces se allegaba a un pueblo un poco más grande, a recibir en exclusiva la visita de un señor chino. Lo que le importaba eran las instrucciones. Raco estaba en permanente contacto con el aparato de inteligencia cubano y una organización secreta representante del Comité central de Vietnam del Norte. Tiburcio le acercaba a Zenofrio materiales de su partido: el libro rojo de Mao, los poemas completos del Gran Timonel, y una casette de la Ópera Revolucionaria de Pekín, precedida de unas palabras de JIan Quing, la esposa del ídolo. El audio estaba en chino mandarín.

Raco tenía la ventaja de no necesitar traducciones: le contaba en persona -así se lo habían sugerido sus ocultos dirigentes- el manual de la guerra de guerrillas del Che, y el diario del Che en Bolivia, excluyendo el final, para no desalentar al peón. La verdad era revolucionaria, pero en grageas: lo primero era el optimismo leninista. La idea era que, una vez afiliado Zenofrio, convocara a campesinos y también obreros, para ser dirigidos, según quién triunfara en la guerra ideológica, por Tiburcio o Raco, y pasar entonces a expropiar las estancias de sus padres, fusilándolos si se resistieran.

Pero Zenofrio, igual que los había desalentado en el plan del secuestro, se negaba a adscribir a alguno de los dos movimientos. Ya casado, paradójicamente, con la China, no le molestaba, en el tiempo libre, que los dos jóvenes le acercaran el material de lectura o los chismes, porque invariablemente incluían la botella de grapa, o una media res, o kilos de yerba. Pero de ahí a hacerles caso había un tramo tan largo como el campo que se desplegaba frente a sus ojos desde la madrugada.

A la muerte de Perón, las autoridades partidarias de ambos rivales recomendaron liquidar al otro: si no era posible conquistar a Zenofrio por las buenas, a Tiburcio le proporcionaron un veneno para sacar de la ecuación a Raco; y a Raco le propusieron degollar a Tiburcio, pero hacerlo parecer un accidente. No por convicción sino por demostración de poder, Zenofrio se entregaría políticamente al sobreviviente. Pero los ex amigos aún conservaban un residuo de lealtad: se confesaron sus mutuas instrucciones, y decidieron ponerlas en práctica a cielo abierto, un duelo a pistolas. Le pidieron a Zenofrio que fuera el veedor, como un padrino compartido. La siguiente madrugada, con dos armas incautadas a sus respectivos padres, dieron los doce pasos- extraídos de una película del “imperialismo” norteamericano- y gatillaron. La pistola de Tiburcio disparó, la otra no funcionó.

Ambos estudiantes de la Sorbona -ninguno de los dos se había graduado, ambos títulos eran fraguados, supo luego Mateo-, resultaron ilesos. Se palpaban el pecho, las piernas, miraban al cielo, como buscando la bala perdida. Zenofrio yacía a la vera de la línea de fuego, la cabeza descerrajada por el balazo, irreconocible. Se pusieron de acuerdo, como no ocurría desde hacía más de un año, para enterrarlo sin señas y, dejando pasar un tiempo prudencial, darle a entender a la China, y su pequeño hijo, que la había desertado por otra.

Mejor hubiera sido la aceptación de su muerte en pos de la revolución, quizás el primer militante de la zona muerto por la patria; pero el triunfo popular reclamaba, en ese momento específico, silencio. Durante el ‘75 Tiburcio apoyó convencido a López Rega, y en el ‘76 Raco defendía enfáticamente a Videla. Pero en el ‘78 festejaron juntos el triunfo argentino en el Mundial. Las circunstancias habían cambiado radicalmente: el padre de Tiburcio había fallecido de un paro cardíaco -en parte motivado por intuir algo raro en la ausencia de una de las personas que más había querido en su vida, el peón Zenofrio-, y el padre de Raco legó todo al hijo único y se marchó a vivir un retiro de lujo en Madrid. Ahora los dos adultos eran dueños de una inconmensurable fortuna y se abocaron con ganas a sus tierras.

Con el paso de los años, Raco medio condicionó a la China a ser su esposa, o la echaba. Pero la descubrió con Tiburcio. Ahora sí la antigua pistola de Raco funcionó y dejó insensible, de la cintura para abajo, a Tiburcio. Pasaron el resto de sus vidas recorriendo los campos juntos, empujándolo en un carro especialmente construido, reconciliándose finalmente. Le agradecí a Mateo y desaté mi caballo. Ya era de noche y por suerte el matungo sabía cómo volver.

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