La nueva historia de Marcelo Birmajer: El compañero espléndido



Quiero comentarte mi gran descubrimiento -me dijo mi amigo Teo-. Bernardo, el criado de Diego de la Vega, se hacía pasar por sordomudo para toda California, salvo para don Diego. Sólo don Diego sabía que Bernardo podía escuchar. Pero en verdad, le ocultaba algo a don Diego también: Bernardo podía hablar. No era sordo ni mudo.

-¿Cómo lo averiguaste? -pregunté intrigado.

En lugar de responderme, Teo siguió con otro tema: -¿Leíste Pastoral americana, de Philip Roth?

-Por supuesto -exclamé-. De entre los libros de Roth, es mi favorito. El segundo que más me gusta es Némesis, muy adecuado para los tiempos que corren. Pastoral americana es su obra maestra. Némesis, su canto de cisne.

-Coincido -dijo Teo-. Pero quería contarte algo relacionado con el sueco Levov, el protagonista de Pastoral. Recordarás que era el compañero espléndido del aula: el de mejor aspecto, perfectamente posicionado, descollante en el béisbol y el fútbol americano, el más afortunado con las chicas.

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-Claro que sí -recapitulé-. De hecho, si no recuerdo mal, con la descripción del sueco comienza la novela. Pero cuando se reencuentran, ya dos adultos pasada la cincuentena, el sueco está deteriorado.

-Es la diferencia con Rulo -explicó Teo-. Rulo era nuestro sueco Levov. El que mejor jugaba al fútbol, el mejor plantado; por supuesto el que primero conoció mujer, y tuvo novias varios años mayores apena terminamos el secundario, y varios años menores a lo largo de su vida. Apostura y porte anatómico. Pero, a diferencia del sueco, en cada reunión de ex alumnos, pasados los cuarenta, estaba cada vez más espléndido. ¿Cómo hacés, le preguntaba yo? Gimnasio, respondía Rulo. Buena alimentación. Y por sobre todas las cosas: buenas relaciones. Existen las relaciones peligrosas, pero también existen las relaciones beneficiosas. El secreto de la vida, me detalló Rulo, es trabar relaciones beneficiosas. En cualquier caso, Rulo parecía haber hallado la fuente de juvencia. Mantenía el mismo volumen y cantidad de cabello de entonces, y ni siquiera teñido, porque sus pocas canas no le quedaban mal. No tenía panza, caminaba como un atleta. Perdoname que incluso entre en este detalle: una dentadura perfecta. A mí ya la mera idea del reencuentro me resultaba patética, pero encontrarme con Rulo me deprimía aún más.

-¿Y por qué no desistías? -inquirí.

-Porque a la vez me provocaba una curiosidad malsana. Yo comencé mi decrepitud a los cincuenta. No hace falta mirar mi raleada cabellera, ni te voy a exhibir mi barriga. Pero es algo que noto en mi expresión: cada vez me cuesta más encontrar en el espejo la persona que recuerdo que yo era. No quería dejar de asistir a las reuniones hasta que no viera en Rulo el signo del paso del tiempo. Me parecía injusto. Necesitaba el consuelo de saber que todos somos iguales, por lo menos en algún momento.

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-Pocas veces he encontrado una mejor definición de curiosidad malsana -reconocí.

-Lo singular es la curiosidad -apuntó Teo-. Malsanos somos todos.

En cualquier caso, la reunión anual era este pasado domingo: por el asunto del coronavirus, decidimos suspenderla y retomar en el 2021. Pero yo no podía dejar pasar un año sin chequear el aspecto de Rulo. ¿Y si este año era el comienzo de su decadencia? De modo que seleccioné los contactos pertinentes del grupo de whatsapp, y en discretas comunicaciones privadas logré hacerme del domicilio de Rulo. Me aposté en un punto estratégico con vista a la puerta de su edificio e hice guardia esperando que bajara.

-¿Y si estaba en cuarentena?

-Eso también lo averigüé discretamente: ni había viajado ni tenía síntomas. En algún momento bajaría para hacer algo. Y efectivamente: finalmente lo vi zambullirse en el minimercado de media cuadra para comprar fideos y legumbres. Te describo objetivamente su apariencia: una barriga desbordante, una calva semicircular y cana, un andar desgarbado y patizambo, con algo de encorvado y lento, excepto por la ansiedad del comprador compulsivo. Ah… y, perdón, pero esos dientes no estaban del todo bien.

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-¿Estás seguro de que era Rulo? -dudé.

-Ciento por ciento -ratificó Teo.

-¿Y en menos de un año sufrió esa metamorfosis?

-No -replicó Teo-. La fue padeciendo en etapas, como todos nosotros. Progresivamente.

-¿Y entonces? ¿Cómo se preparaba para los reencuentros anuales de ex compañeros?.

-No se preparaba-reveló Teo-. Me llevó 48 horas resolver el dilema.

Rulo enviaba a los reencuentros a un sustituto. En algún momento de su madurez, descubrió a un sujeto, un joven de treinta años, con una cara muy parecida a la suya, y lo preparó y acicaló para que se pareciera a él a los cuarenta. Lo avejentó. Lo cierto es que con mucha dificultad cada uno reconocía al otro; de manera que, paradójicamente, Rulo era de los más reconocibles. Su porra te permitía identificarlo ipso facto; se parecía más a sí mismo que cada uno respectivamente. Pero no era él. Y el impostor conservaba sin dificultades un aspecto siempre juvenil: porque en su primera aparición se había agregado años; luego apenas necesitaba mantenerse tal cual, o avejentarse levemente. Rulo simplemente carecía del valor de presentarse: no resistía a contrastar con su apariencia en qué se había convertido el compañero espléndido.

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-¿Desde que año lo venía reemplazando? -me interesé.

-Eso no logré averiguarlo a ciencia cierta-meditó Teo-. Pero sospecho que a partir de los cuarenta. Habrá descubierto a su sosías casualmente, o lo buscó, no lo sé. Quizás se regaló a sí mismo la farsa al cumplir cuarenta y cinco; un número, aunque impar, redondo.

Una de las pocas ventajas de los hábitos de estos días es que no debo saludar a nadie con gestos de contacto. Pero antes de despedirnos con un alzado de cejas, recordé: -Lo de Bernardo… ¿quién te lo contó?.

– Lo deduje -se marchó enigmáticamente Teo.

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WD

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