La nueva historia de Marcelo Birmajer: El celestino incorrecto

De regreso de Amsterdam, donde había gestionado exitosamente la importación de bulbos de crocos, Max compartió asiento con otro argentino. La nacionalidad los unió e intercambiaron contactos. Ya de regreso en la patria, un par de meses después, coincidieron en una fiesta de productores.

Una semana más tarde, Armando le escribió preguntándole si conocía a Suteli. Claro que sí, replicó Max, distribuye mis flores en Escobar y otras localidades. Te cuento, siguió Armando el chat, resulta que hay una amiga de mi esposa, soltera, que lo quiere conocer.

– ¿A Suteli? -respondió Max, que no sabía cómo continuar esa conversación.

– Sí -confirmó Armando.

– ¿Para?

– Busca novio, estable -aclaró Armando.

La palabra “soltera” era lo suficientemente significativa sobre el sentido de la pregunta. Pero Max no lo podía creer: ¿le estaba pidiendo que pusiera en contacto a una mujer con otro hombre? ¿Por qué?

– Yo también soy soltero -intentó bromear Max, ocultando su indignación.

– Sí, lo sé -reconoció Armando-. Pero tanto la amiga, como mi esposa, consideran que haber llegado soltero a los cincuenta es un demérito. Ja, ja, ja.

“Ja, ja, ja”, remedó Max, “pero qué pedazo de pelotudo. Se ríe solo, de una pelotudez que ni siquiera es un chiste”.

-Le resulta raro que seas soltero -insistió Armando-. Pero aparte, ella quería el contacto de Suteli.

– ¿Cómo se llama ella?

– Linda Aristeba.

– Veré qué puedo hacer -mintió Max.

– Lo que se te ocurra para ponerlos en contacto, estará bien -cerró Armando.

La googleó. Era hermosa. Productora también, con varios locales a su nombre. Tenía algo de Linda Cardelini, y algo más de Linda Fiorentino. Al segundo vistazo, lo volvió totalmente loco. Tenía que acercarse a esa mujer, aunque le costara su carrera. ¿Pero cómo le pedían a él que contactara a esa belleza con Suteli, que le llevaba no sabía cuántos años?

¿Lo consideraban un eunuco, un mamarracho, un tirifilo? Suteli era divorciado, con dos hijos. La ruptura con su ex se había rodeado de un escándalo que ahora Max no terminaba de recordar. Pero sí recordó que había visto a Linda de cuerpo entero: ¡en la fiesta de los productores floricultores! Claro, qué pedazo de jamona. Y esa voz. No la podría sacar de su cabeza ni con un extractor de personas.

“Cada vida es un precipicio al borde de sí misma”, anotó Max en su celular. Pronto las circunstancias laborales lo llevaron al encuentro con Suteli. Ahora traía flores nuevas de no sabía qué califato, pero continuaba distribuyendo la mercadería de Max.

– Me llegó el rumor de que me querías presentar a alguien -comentó Suteli.

Max estaba firmando un remito, y preparando una factura A, de modo que pudo hacerse el desentendido al mentir: – No sé de qué me hablas.

– Cuando quieras -insinuó Suteli, y su voz adoptó cierto tono melifluo-, podemos resolverlo vos y yo, a solas, en el embarcadero.

Max por fin evocó la separación de Suteli, unos momentos después, cuando se alejó del hibernadero, sin replicarle: Suteli aparentemente había dejado a su esposa por un hombre.

En la siguiente conversación con Armando, Max le reprochó: – ¿Le dijiste a Suteli que yo le iba a presentar a alguien?

– No fue exactamente así -relativizó Armando-. Pero algo le hicimos llegar. No se la puedo presentar yo, que no tengo contacto con él. Pero vos, ¿por qué no dijiste nada?

– Estaba esperando el momento oportuno -postergó Max- ¿Y si primero la entrevisto?

Armando hizo que no con la cabeza.

Max no quería mandar directamente al carajo a Armando, porque la fantochada de pedirle que vinculara a Linda con Suteli, de algún modo lo acercaba a la propia Linda, que le gustaba cada vez más, in absentia.

Los hechos se desencadenaron. El matrimonio Valladares -Armando y su esposa-, encontró el modo de conciliar una cena con Linda y Suteli. De aquella reunión salió humo blanco. Linda y Suteli iniciaron un acercamiento progresivo: cine, visitas a barrios de floricultores, incluso viajaron juntos al Uruguay. Pero aún no eran una pareja: ni siquiera habían traspasado el umbral de cada uno.

Max interpuso un recurso ante Armando: – Tengo que confesarte que Linda me gusta. No sé cómo fue, ni sé qué pasó: pero no puedo dejar de pensar en ella. A Suteli no le gustan las mujeres. De hecho, se me propuso. ¿Por qué no terminamos con esta farsa y conciertan una cita entre Linda y yo?

– En primer lugar -advirtió Armando-. A Linda no le interesás en absoluto: que nunca te hayas casado ni tengas hijos, le resulta sospechoso, lo siento. Por otra parte, la previa con Suteli marcha viento en popa. Hasta donde me puede contar mi esposa, ya están hablando de subrogar un vientre. La cosa va en serio.

Efectivamente, sin procedimientos legales, Linda se mudó a la residencia de Suteli, en el barrio privado Las Diademas.

– El apellido parecen las siglas de un sindicato -se quejó inútilmente Max a Armando-. Te repito, a él no le gustan las mujeres.

– Linda está relacionada con mi esposa, no conmigo -se excusó Armando-, Es una movida de ella. Más que eso, no te puedo decir.

En un diálogo casual con Suteli, Max descubrió que el vientre subrogado no era por algún posible problema de fertilidad. En el marco de esa misma conversación, Suteli le sugirió nuevamente pasar un mediodía los dos solos, a modo de “despedida de soltero”. Max no se escandalizó, pero se negó amablemente en estos términos: – No. Pero sí puedo pasar un tiempo con Linda, si no te parece mal.

El rostro de Suteli se crispó en una mueca de odio, giró sobre sí mismo y se retiró sin otra palabra, pero con movimientos enérgicos, agresivos.

Los Valladares dejaron de hablarle a Max. A Linda nunca más la volvió a ver. Desde su “exilio sentimental” en Amsterdam, Max rehízo su vida en soledad. Siguió soltero, sin hijos. Supo que Linda y Suteli ya eran felices padres. Mientras vadeaba los canales pensaba que, si no lo hubieran puesto en la patética situación de celestino, nada de todo aquello hubiera ocurrido.

Otras veces simplemente se repetía que toda vida está al borde de su propio precipicio, sin otra necesidad que el paso del tiempo. Y finalmente, que el mero azar era la fuerza ciega que movía al universo.

WD

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